Una tensión sin precedentes marcó los 47 días de transición entre Gustavo Petro y Abelardo de la Espriella en la Presidencia de Colombia. La tradicional foto entre el mandatario saliente y el electo nunca estuvo siquiera bajo consideración. El mayor acercamiento fue una reunión de media hora entre el ministro de Hacienda, Germán Ávila, y el vicepresidente electo, José Manuel Restrepo. Dieron inicio a un empalme oficial que se rompió tras apenas cinco días. “No podemos estar sentados a la mesa con una banda de golpistas y corruptos”, dictaminó De la Espriella, mientras Petro insistía en que no reconocía su victoria. Más recientemente, el presidente electo ha argumentado que la “desobediencia civil” a la que llama la izquierda es un “eufemismo para intentar desestabilizar la democracia”. El empalme real entre dos lados que no se hablan fue, entonces, atípico: cientos de contrataciones a último minuto por el Gobierno saliente; una lluvia de denuncias por parte del entrante; varios enfrentamientos públicos entre ministros que salen y que entran.
El presidente saliente insiste en desconocer los resultados electorales, y el mandatario electo rechazada el llamado a la “desobediencia civil” de la oposición
Una tensión sin precedentes marcó los 47 días de transición entre Gustavo Petro y Abelardo de la Espriella en la Presidencia de Colombia. La tradicional foto entre el mandatario saliente y el electo nunca estuvo siquiera bajo consideración. El mayor acercamiento fue una reunión de media hora entre el ministro de Hacienda, Germán Ávila, y el vicepresidente electo, José Manuel Restrepo. Dieron inicio a un empalme oficial que se rompió tras apenas cinco días. “No podemos estar sentados a la mesa con una banda de golpistas y corruptos”, dictaminó De la Espriella, mientras Petro insistía en que no reconocía su victoria. Más recientemente, el presidente electo ha argumentado que la “desobediencia civil” a la que llama la izquierda es un “eufemismo para intentar desestabilizar la democracia”. El empalme real entre dos lados que no se hablan fue, entonces, atípico: cientos de contrataciones a último minuto por el Gobierno saliente; una lluvia de denuncias por parte del entrante; varios enfrentamientos públicos entre ministros que salen y que entran.
EL PAÍS
