Cuando el Gobierno comenzó, y todavía tenía una vocera, muchos analistas cuestionamos el diseño comunicacional del Ejecutivo. Con el tiempo, sin embargo, nos dimos cuenta de que ese aspecto comunicacional era solo el síntoma de un problema de diseño estructural, un problema que estaba dentro de la estrategia de gestión y que iba mucho más allá de lo comunicacional, que no era más que la punta del iceberg.
Cuando el Gobierno comenzó, y todavía tenía una vocera, muchos analistas cuestionamos el diseño comunicacional del Ejecutivo. Con el tiempo, sin embargo, nos dimos cuenta de que ese aspecto comunicacional era solo el síntoma de un problema de diseño estructural, un problema que estaba dentro de la estrategia de gestión y que iba mucho más allá de lo comunicacional, que no era más que la punta del iceberg. Seguir leyendo
Cuando el Gobierno comenzó, y todavía tenía una vocera, muchos analistas cuestionamos el diseño comunicacional del Ejecutivo. Con el tiempo, sin embargo, nos dimos cuenta de que ese aspecto comunicacional era solo el síntoma de un problema de diseño estructural, un problema que estaba dentro de la estrategia de gestión y que iba mucho más allá de lo comunicacional, que no era más que la punta del iceberg.
La historia reciente de Chile enseña que cuando un gobierno cae en picada en las encuestas, o cuando un hito concreto marca ese quiebre, la respuesta institucional casi siempre es la misma: cambiar el equipo o reordenar prioridades. Ocurrió con el presidente Sebastián Piñera en 2011, cuando se “desplomaba” al 47% en las encuestas; ocurrió en septiembre de 2022 cuando el triunfo del Rechazo sepultó la capacidad de gestión “transformadora” del presidente Gabriel Boric.
Hoy, el Gobierno del presidente José Antonio Kast se enfrenta una situación a lo menos desafiante: por una parte una caída sostenida en las encuestas, con Pulso Ciudadano marcando su peor aprobación (25,6%) en lo que va de su gobierno; y por la otra una serie de episodios de fuego amigo, que desde marzo, culminaron con el “hoy salgo a destruirte” con que Mara Sedini quebró públicamente con su sector hace unas pocas semanas. Cinco meses, varias crisis, un mismo diagnóstico pendiente: a diferencia de 2011 o 2022, esta vez la caída en las encuestas no vino acompañada de una recomposición real del poder dentro de la coalición.
Lo curioso es que esta acumulación de crisis ocurre justo en el momento en que el gobierno podría exhibir su mayor éxito legislativo: la megarreforma. Pero si bien en los pasillos oficialistas del Congreso el triunfo es real y se celebra como tal, en la conversación pública el relato es otro: la tendencia dominante en las principales encuestadoras es de rechazo. La brecha no es un matiz, es la evidencia misma del problema: el gobierno ganó la votación sin ganar el argumento, y ni el Ejecutivo ni sus bancadas han logrado explicarle al país por qué esta reforma le conviene.
Esa incapacidad de instalar el relato ha terminado por convertirse, casi inevitablemente, en una crítica a la ausencia de vocero. Y lo notable es que esa crítica no viene principalmente de la oposición, sino del propio oficialismo: está instalada dentro de la coalición, y expone, sin proponérselo, la división de fondo, porque mientras algunos sectores piden un comunicador, otros piden disciplina, y ninguno de los dos discute qué es exactamente lo que el gobierno debiera estar comunicando.
El error de diagnóstico consiste, precisamente, en confundir el síntoma con la enfermedad. La responsabilidad de definir el tono y el estilo de la vocería es del propio presidente, no de quien ocupe el cargo. Lo mismo vale respecto del diseño político: su ausencia no es un problema de megáfono, es el problema de fondo. Cambiar de vocero, dividir la pega (trabajo) entre Claudio Alvarado y Máximo Pavez, o insistir en que hable cada ministro sectorial podría reordenar el ruido, pero no toca la causa. El problema nunca fue que faltara un director de orquesta, como pedía el diputado Diego Schalper. Es que la orquesta no tiene partitura (o que la que les dio el presidente, no les hace sentido).
La pregunta que sigue, entonces, es cuál es la partitura que falta, y la respuesta está a la vista: el gobierno no tiene claro cuál es su prioridad. En las últimas semanas, el presidente de Republicanos, Arturo Squella, instaló la idea de privatizar Codelco; en paralelo, Republicanos y el Partido Nacional Libertario impulsaron el proyecto “Escucha su corazón”; acto seguido, dos ministros de gobierno salieron a responderle al embajador estadounidense por el alza de un 12,5% de impuestos a las exportaciones nacionales. La situación llegó a un punto en que el Presidente debió salir a corregir a su propia coalición, insistiendo en que “la agenda de los chilenos es la agenda del Gobierno”.
Hoy ese problema de diseño estructural persiste, y el síntoma comunicacional, que es la hebra más visible, orienta la mirada hacia la ausencia de una vocería. Pero, ¿podría una vocería ordenar un poco las cosas? Sí, probablemente. Pero sería una solución de maquillaje: eliminaría el síntoma, no la enfermedad. Porque una vocería no solo necesita ser buena (dominar los temas, construir narrativa, gestionar crisis comunicacionales); necesita, sobre todo, respaldo político dentro del propio gabinete y alineamiento de su sector, en términos legislativos, todo lo cual hoy no está garantizado.
Un atisbo de respuesta llegó hace unos días, con la cadena nacional del presidente Kast. En ella celebró la megarreforma, presentó una nueva Agenda en materia de Seguridad y reiteró (a su propia coalición) los tres ejes del Gobierno. Sin embargo, dicha intervención sonó como una respuesta tardía al ruido de Codelco y la agenda valórica, más un reciclaje conceptual fruto de la coyuntura, que como una verdadera reorientación política.
Por lo mismo, conviene no confundir esto con el giro estratégico que el diagnóstico exige. La seguridad es, muy probablemente, el tema de mayor sensibilidad ciudadana, y reactivarlo funciona como un anestésico político antes que como una cura. Más aún cuando, citando a Johannes Kaiser, el anuncio es tan genérico y declarativo, que termina siendo “campañero”. Por lo demás, treinta proyectos de ley y una reforma constitucional son una batería considerable que, para convertirla en ley antes de Navidad, exigirá más coordinación estratégica dentro de la coalición. La fiebre bajó, por ahora. La enfermedad, no. La pregunta pendiente para Kast es si va a leer esa señal a tiempo, o si seguirá (a punta de cadenas nacionales) bajando la fiebre sin tratar la infección.
EL PAÍS
