La imprenta reordenó el acceso al conocimiento. La máquina de vapor reordenó el control de la producción. La electricidad reordenó el tiempo del trabajo humano. Cada una de esas rupturas nubló el juicio de su época y desató promesas y temores exagerados. La inteligencia artificial reabre esa disyuntiva, justo ante la crisis climática, una transición demográfica y una disputa por la hegemonía tecnológica. El optimismo de Silicon Valley promete curar la mayoría de las enfermedades y multiplicar el crecimiento de países en desarrollo. Visiones pesimistas auguran que los oligarcas digitales se apropiarán de la inteligencia colectiva sin repartir nada a cambio. Yuval Noah Harari lo resumió al advertir que una máquina sin conciencia, pero maestra del lenguaje, puede volverse la psicópata más rica del mundo. Ambas posturas comparten el mismo vicio, la certeza de que el resultado ya está decidido. Una confía en que el mercado lo resuelva solo. La otra da por inamovible el poder concentrado en gigantes tecnológicos. Ninguna deja espacio a la política. El dilema no es usar o no IA, sino quién la controla y para qué, y esa pregunta no admite espera.
Chile arrastra cuatro décadas atrapado en una matriz extractiva que hoy usa más tecnología, sin producir una propia. Repetir ese patrón es condenar al país al estancamiento
La imprenta reordenó el acceso al conocimiento. La máquina de vapor reordenó el control de la producción. La electricidad reordenó el tiempo del trabajo humano. Cada una de esas rupturas nubló el juicio de su época y desató promesas y temores exagerados. La inteligencia artificial reabre esa disyuntiva, justo ante la crisis climática, una transición demográfica y una disputa por la hegemonía tecnológica. El optimismo de Silicon Valley promete curar la mayoría de las enfermedades y multiplicar el crecimiento de países en desarrollo. Visiones pesimistas auguran que los oligarcas digitales se apropiarán de la inteligencia colectiva sin repartir nada a cambio. Yuval Noah Harari lo resumió al advertir que una máquina sin conciencia, pero maestra del lenguaje, puede volverse la psicópata más rica del mundo. Ambas posturas comparten el mismo vicio, la certeza de que el resultado ya está decidido. Una confía en que el mercado lo resuelva solo. La otra da por inamovible el poder concentrado en gigantes tecnológicos. Ninguna deja espacio a la política. El dilema no es usar o no IA, sino quién la controla y para qué, y esa pregunta no admite espera.
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