Hay un talento particular en cierta política, y es el de bautizar. Quien nombra, encuadra; y quien encuadra casi ha ganado el debate antes de comenzar. El proyecto de ley Escucha su Corazón, patrocinado por seis diputados de derecha, es una pequeña obra maestra de la rotulación. Antes de discutir una coma de su articulado, el título ya instala la escena completa. Un niño con corazón, una madre que se resiste a oírlo y un Estado que, magnánimo, la invita a escuchar. El texto, que modifica el Código Sanitario, establece como deber del médico ofrecer a la mujer la posibilidad de escuchar “la actividad cardíaca del embrión o feto cuando esta sea detectable”. Hasta ahí, sus defensores hablarán de entregar más información antes de una decisión irreversible. El problema aparece en la frase siguiente. El proyecto reconoce, generoso, que la mujer “podrá declinar libremente” el ofrecimiento, pero dispone que, si lo hace, “el médico deberá negarse a practicar la interrupción del embarazo”. Usted es libre de no escuchar, al precio de perder el acceso a la prestación que la ley ya le reconoce. El mecanismo se parece menos a un consentimiento informado que a una ceremonia de degradación, en la que la mujer, antes de que el Estado reconozca su decisión, debe rendir un examen emocional cuya reprobación la deja fuera del sistema.
La mujer que el proyecto ‘Escucha tu corazón’ imagina no es una ciudadana capaz de decidir, sino una sospechosa a la que hay que examinar antes de confiarle su propio cuerpo
Hay un talento particular en cierta política, y es el de bautizar. Quien nombra, encuadra; y quien encuadra casi ha ganado el debate antes de comenzar. El proyecto de ley Escucha su Corazón, patrocinado por seis diputados de derecha, es una pequeña obra maestra de la rotulación. Antes de discutir una coma de su articulado, el título ya instala la escena completa. Un niño con corazón, una madre que se resiste a oírlo y un Estado que, magnánimo, la invita a escuchar. El texto, que modifica el Código Sanitario, establece como deber del médico ofrecer a la mujer la posibilidad de escuchar “la actividad cardíaca del embrión o feto cuando esta sea detectable”. Hasta ahí, sus defensores hablarán de entregar más información antes de una decisión irreversible. El problema aparece en la frase siguiente. El proyecto reconoce, generoso, que la mujer “podrá declinar libremente” el ofrecimiento, pero dispone que, si lo hace, “el médico deberá negarse a practicar la interrupción del embarazo”. Usted es libre de no escuchar, al precio de perder el acceso a la prestación que la ley ya le reconoce. El mecanismo se parece menos a un consentimiento informado que a una ceremonia de degradación, en la que la mujer, antes de que el Estado reconozca su decisión, debe rendir un examen emocional cuya reprobación la deja fuera del sistema.
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