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Casi 800 especies de animales están en algún grado de riesgo, y definirlo exige el trabajo de más de 2.000 investigadores
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Ningún país en el mundo tiene una naturaleza tan diversa: en Brasil conviven casi 125.000 especies de fauna y 45.000 de flora, el 15% de la biodiversidad del planeta se concentra en su territorio. Proteger ese tesoro exige elaborar, cada cierto tiempo, una lista con las especies en peligro de extinción, una tarea titánica que moviliza a más de 2.000 investigadores de todo el país.
La última edición de este inventario fue publicada hace pocas semanas: en estos momentos hay 798 especies de mamíferos, aves, reptiles, anfibios e invertebrados terrestres con algún nivel de riesgo (los peces tienen una lista aparte). Siempre hay una mezcla de buenas y malas noticias: el águila harpía (Harpia harpyja), la mayor águila de América, ya no peligra, pero en cambio, ha vuelto a este triste ranking el guacamayo azul (Anodorhynchus hyacinthinus), debido a los incendios de los últimos años en el Pantanal, su bioma favorito.
Las especies se clasifican en cinco categorías: extintas en la naturaleza, posiblemente extintas, críticamente en peligro, en peligro y vulnerables. Decidir dónde va cada una requiere un trabajo discreto, minucioso y a veces frustrante: pueden pasar años hasta encontrar de nuevo a aquella especie que se creía extinta.

Al frente de esa tarea está Arthur Pereira, coordinador de evaluación de riesgo de extinción en el Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad (ICMBio), el órgano del Gobierno brasileño encargado de la protección del medio ambiente. Pereira explica a América Futura que lo primero que hay que hacer es resignarse y asumir que el desafío es inabarcable: de las más de 100.000 especies de fauna que hay en Brasil se estudian unas 15.000, que incluyen a todos los vertebrados y algunos invertebrados específicos: “Si nos pusiéramos a analizar todos los invertebrados pasaríamos 300 años y no lo conseguiríamos”. La biodiversidad de Brasil es tan grande que cada día, de media, los científicos describen cinco especies nuevas, por lo que se cree que muchas especies se extinguen antes de que se hayan descubierto.
Para optimizar esfuerzos, se vigila especialmente a las especies que ya estaban en riesgo anteriormente y las endémicas o que están asociadas a ambientes muy específicos. La lista de este año ha sumado 24 nombres más, algo que Pereira atribuye a una mezcla de factores, sobre todo la destrucción del hábitat natural (a pesar de que la deforestación en Brasil ha caído con fuerza en los últimos años), pero también a un aumento de la información disponible. El estudio se hace siguiendo la metodología de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), un brazo de la ONU, y se tienen en cuenta tanto la población como la distribución geográfica y las amenazas en curso.
Cuando Pereira tiene que responder si hay alguna especie que le preocupe especialmente, se resiste. Dice que elegir una supondría discriminar a las demás. Después de insistir, se confiesa: está muy angustiado por el entufado-baiano (Merulaxis stresemanni), un pajarito similar al ruiseñor que sólo vive (o vivía) en pequeños fragmentos de bosque entre los estados de Bahía y Minas Gerais. Hace poco tiempo un incendio arrasó la zona donde se concentraban los pocos ejemplares conocidos. “Llevábamos un tiempo siguiendo a los ocho últimos individuos, pero después del incendio, hace dos o tres años que no avistamos ninguno. Puede que hayan volado a otra área, pero no se sabe”. Las expediciones que se han hecho en su búsqueda han sido en vano.
¿Qué hacer cuándo eso ocurre? ¿Cuándo se declara extinta una especie? Antiguamente, los protocolos más habituales exigían 50 años sin avistamientos antes de la declaración fatal. A día de hoy ese criterio ha cambiado, porque hay más herramientas y se puede verificar antes, pero se usa con mucha prudencia. La esperanza es lo último que se pierde.
Pasó hace poco con un pequeño ratón, endémico del Cerrado, la sabana tropical que rodea Brasilia. Fue descubierto a principios de los 60, durante las obras de construcción de la nueva capital brasileña y fue bautizado como Juscelinomys candango en homenaje al entonces presidente, Juscelino Kubitschek, el ideólogo de la ciudad. Paradójicamente, es muy posible que fueran esas obras las que lo sentenciaron. Nunca se le ha vuelto a ver. Está clasificado como extinto desde hace décadas, pero hace poco los biólogos brasileños dieron un respingo: había aparecido un ejemplar durante la construcción de un edificio. El entusiasmo duró poco: se trataba de un ratón muy parecido.
En la lista participan investigadores de universidades y centros de todo el país, especialistas en cada especie que poco a poco van aportando sus datos a la central del ICMbio, donde se verifica la información, se contrasta y se da por consolidada. Después pasa por una comisión con representantes de la sociedad civil. Es la prueba de fuego, el momento de las presiones.
A diferencia de países en que esta lista la elaboran entidades científicas, ONGs u otras organizaciones, aquí, por ser el Estado quien lidera el proceso, el documento final tiene peso de ley y guía políticas públicas, como la creación de programas de cría y reintroducción o el blindaje de territorios especialmente sensibles. Por eso, las presiones para que una determinada especie no entre en la lista son habituales. Un nombre en ese documento puede impedir la caza en una región o bloquear la construcción de una carretera.
En Brasil, un país más grande que toda Europa, el desafío extra es hacer entender a una comunidad de pescadores, por ejemplo, que por mucho que en un río esté repleto de una determinada especie de pez, hay que protegerlo porque escasea en el resto del país. A finales de 2014, una protesta con más de 200 barcos cerró el puerto de Itajaí, en el sur del país, en protesta por una norma que vetaba la pesca de varias especies de tiburones, cangrejos o estrellas de mar. “Hubo hasta tiros al aire, mucha tensión, pero nosotros lidiamos con esas presiones con mucha tranquilidad. Sólo incorporamos sus demandas si están basadas en información”, dice Pereira.
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