El terremoto que golpeó gravemente a Colombia ha puesto en dudas las prioridades del Gobierno de Abelardo de la Espriella, precisamente a la hora de atender la actual emergencia. Los momentos de mayor angustia suelen ser aquellos en los que cada hora cuenta para organizar el avance de los equipos de respuesta, lo que obliga a priorizar las tareas de rescate que permitan socorrer a los sobrevivientes entre los escombros.
La decisión de solo aceptar equipos de rescate de Estados Unidos, Israel, Ecuador y El Salvador puede ser vista como una evidencia de que hay un sesgo ideológico en la respuesta del Gobierno de De la Espriella al terremoto
El terremoto que golpeó gravemente a Colombia ha puesto en dudas las prioridades del Gobierno de Abelardo de la Espriella, precisamente a la hora de atender la actual emergencia. Los momentos de mayor angustia suelen ser aquellos en los que cada hora cuenta para organizar el avance de los equipos de respuesta, lo que obliga a priorizar las tareas de rescate que permitan socorrer a los sobrevivientes entre los escombros.
Salvar todas las vidas posibles no es algo que se pueda debatir en medio de una tragedia. De ahí que, si se politizara la ayuda humanitaria a fin de que se ajuste a intereses ideológicos y geopolíticos se incurriría en una falta de gravedad. Si se procediera en respuesta a una agenda diferente a la de atender de manera urgente a quienes han sufrido de manera directa el golpe de un fenómeno natural, se rompería con los principios humanitarios de neutralidad, imparcialidad e independencia que se han acordado históricamente. Esos mismos principios impiden que puedan anteponerse los intereses políticos y militares a la prioridad de salvar vidas.
En este momento rechazar equipos de apoyo internacional de rescate que se han sumado a la respuesta humanitaria por afinidad política, aceptando a equipos de asistencia de Estados Unidos, Israel, Ecuador y El Salvador, puede ser visto como una evidencia de que hay un sesgo ideológico en acción en medio de la crisis. Al contrario, las acciones del alto gobierno deben garantizar que están siendo orientadas por una estricta normatividad técnica.
Las preguntas que despiertan las restricciones del Gobierno de De la Espriella al apoyo internacional se suman a las que surgen en torno a una tendencia global que se ha instalado en diferentes países. Se trata de la tendencia a suspender líneas de financiación a programas de apoyo humanitario y desarrollo, a la vez que se incrementan los presupuestos de defensa. Así, por ejemplo, el Reino Unido anunció que destinará el 0,3% de su renta nacional en 2027 para estos programas de apoyo y desarrollo. Alemania recortó en alrededor de 1.000 millones de dólares el presupuesto del Ministerio de Cooperación Económica y Desarrollo. El Gobierno del presidente Donald Trump logró que se les prohibiera a las organizaciones sin ánimo de lucro cuestionar la eliminación de la ayuda gubernamental. Países que históricamente aportaban al desarrollo y apoyaban las inversiones en infraestructura para que pudieran, de esa manera, fortalecer su presencia en países del Sur Global, ahora optan por privilegiar el gasto en seguridad y defensa.
Vale la pena reconocer, sin embargo, que desde sus inicios la ayuda humanitaria ha buscado el alcance de objetivos políticos. Algunas de las agencias estadounidenses de ayuda se desarrollaron al son de los conflictos ideológicos de la Guerra Fría. Con todo, era explícitamente clara la intención de impulsar el desarrollo del compromiso humanitario global como instrumento para ampliar los nexos de Estados Unidos con países “subdesarrollados”. Las vías preferenciales para perseguir esos fines eran las del impulso a las transformaciones económicas y políticas para frenar la influencia del comunismo. Varios programas de ayuda funcionaban paralelamente con los objetivos del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Se pretendía la creación de proyectos políticos y financieros que fortalecieran un modelo de democracia vinculada al capitalismo de libre mercado.
Después del período de la Guerra Fría llegaron los Programas de Ajuste Estructural, que aparentemente podían llevar los países del Sur Global a un mayor desarrollo. No obstante, los resultados, con el paso del tiempo, han mostrado un incremento de la pobreza, un limitado crecimiento económico y una cada vez mayor dependencia de Estados Unidos.
En momentos de un considerable giro a la derecha, con la fórmula del populismo conservadurista, el apoyo económico está claramente ligado a la utilidad política y no responde ya a un compromiso altruista. Por el contrario, la así llamada ayuda económica se limita a servir de estrategia de política exterior construida con el fin de promover los intereses geopolíticos estadounidenses con sus énfasis en seguridad y control de drogas. De ahí que sus inversiones hagan hincapié en el fortalecimiento de la fuerza pública en los países amigos, control migratorio fronterizo, estabilidad regional de los países aliados para limitar la influencia de otras potencias como China y alineación ideológica para acceder a los recursos condicionados a esas prioridades.
La competencia para acceder a esos recursos económicos es cada vez mayor entre los países que los solicitan. Los fondos son cada vez más reducidos y limitados a países socios que promueven sus intereses políticos, militares y financieros de la Casa Blanca. Si un gobierno llegare a implementar medidas contrarias a estos intereses de Estados Unidos en la región, puede ser castigado con recorte presupuestal y con una evaluación que determine si se mantiene la alineación política delineada.
El músculo financiero de Estados Unidos viene acompañado del israelí. Organizaciones como Médicos Sin Fronteras y otros cientos de organizaciones humanitarias han denunciado que los bloqueos israelíes manipulan las entregas de la ayuda humanitaria para que los refugiados palestinos tomen el riesgo de ir a los lugares del conflicto activo para recibirlos. Por esta vía, la ayuda humanitaria se usa como arma para perpetuar la violencia política.
La principal ONG creada por Israel y Estados Unidos para distribuir ayuda al pueblo palestino, la Fundación Humanitaria de Gaza, ha sido fuertemente cuestionada por promover el desplazamiento de los palestinos, mientras las fuerzas armadas israelíes disparan a la población civil en forma indiscriminada. También se ha generalizado la forma en que se instrumentaliza la ayuda humanitaria, como alimentos y agua, mediante la censura a las organizaciones que han criticado a esos gobiernos. Israel ha bloqueado la entrada de millones de dólares en ayuda humanitaria que estaban destinados al pueblo palestino que sufre una de las peores hambrunas. Se impone una lealtad total al Gobierno israelí para recibir la ayuda humanitaria, lo que se traduce en un control ideológico que limita el ingreso de organizaciones que pueden salvar vidas en Gaza.
No obstante la opción preferencial por la presencia de Estados Unidos e Israel en el alivio de la tragedia colombiana, la población sigue cultivando la esperanza y no está cruzada de brazos. Por iniciativas locales, y sin esperar la presencia del Gobierno central, las comunidades en los sitos más afectados se ha movilizado para ayudar a los heridos, buscar los desaparecidos y honrar la vida de sus muertos.
EL PAÍS
