El nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, llevaba semanas preparándose para arrancar su Gobierno con la misión de combatir la crisis de seguridad, o la crisis de salud, o la crisis fiscal. Pero la tierra tembló y, con menos de tres días en el cargo, tuvo que afrontar la gestión de un letal terremoto que ya suma casi 300 fallecidos y miles de personas sin casa. Al abogado penalista, que nunca tuvo un cargo público, le llegó muy rápido su prueba de fuego. Si le va bien, puede ser su gran oportunidad para liderar un Plan Marshall, como el de la reconstrucción de Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial. Si le va mal, el desastre natural del primer día lo perseguirá hasta el último.
El nuevo presidente arrancó con tropiezos políticos: no hizo el empalme con el Gobierno anterior, rechazó la ayuda de rescatistas internacionales y centralizó en su figura todas las comunicaciones sobre la emergencia. Aun así, movilizó a todo su gabinete a las zonas más afectadas
El nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, llevaba semanas preparándose para arrancar su Gobierno con la misión de combatir la crisis de seguridad, o la crisis de salud, o la crisis fiscal. Pero la tierra tembló y, con menos de tres días en el cargo, tuvo que afrontar la gestión de un letal terremoto que ya suma casi 300 fallecidos y miles de personas sin casa. Al abogado penalista, que nunca tuvo un cargo público, le llegó muy rápido su prueba de fuego. Si le va bien, puede ser su gran oportunidad para liderar un Plan Marshall, como el de la reconstrucción de Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial. Si le va mal, el desastre natural del primer día lo perseguirá hasta el último.
Por ahora, su fortaleza más clara fue demostrar que gobernará desde las regiones. El presidente, que ha insistido en sacar el poder de Bogotá, desplegó a parte de su gabinete por las tres regiones más afectadas. Él mismo se reunió con la gobernadora del Chocó en Quibdó, con el alcalde de Pereira en Risaralda, con el alcalde de Cali en Valle del Cauca. Llegó hasta el municipio de El Cairo, donde el 80% de la infraestructura quedó destruida. “Yo soy un hijo de la provincia, como ustedes, yo también soy del pueblo”, dijo allí.

El mensaje fue el de concentrar en estas regiones todas sus energías al cancelar la presencia de todos sus ministros en una importante cumbre de empresarios que se realizó en Cartagena entre el miércoles y el viernes.
La oposición ha criticado su gestión —sobre todo por haber rechazado la ayuda de rescatistas extranjeros—, pero no ha trascendido que la población afectada haya abucheado o rechazado la visita de De la Espriella. O que clamen contra él desde los restos de los escombros. Escenas de rabia e impotencia en desastres que sí vivió, por ejemplo, Delcy Rodríguez, en el terremoto que sacudió Venezuela en junio, o el presidente español, Pedro Sánchez, y hasta los reyes Felipe VI y Letizia en las inundaciones que arrasaron varios municipios de Valencia en 2024. De la Espriella, que habla de milagros y religión, se beneficia de momento de un acto de fe. Aun con fallas, el Estado (bomberos, policías, militares, rescatistas, alcaldes, gobernadores) se desplegó.
Pero enseguida llegaron sus primeros reveses. El primero tocó su propio proyecto de descentralización: De la Espriella quiere gobernar desde Barranquilla, pero el terremoto lo obligó a tomar un avión de urgencia a Bogotá, donde trabaja su gabinete y donde están las salas de crisis de la Unidad Nacional de Gestión de Riesgos y Desastres (UNGRD), que centralizan toda la información tras una catástrofe.
El segundo revés fue no tener a nadie de su confianza al mando de la emergencia en las primeras horas. De la Espriella se había negado a hacer el empalme con el Gobierno de Gustavo Petro, que nunca reconoció el resultado de las elecciones, y al mando de la UNGRD seguía Javier Pava, un amigo de Petro. El gestor de desastres en el que había pensado De la Espriella ni había sido nombrado ni estaba preparado para asumir el cargo. “Ellos desconfiaban de mí, y yo desconfiaba de ellos”, dijo Pava.
Y de esa desconfianza también surgieron los titubeos y la confusión —nunca aclarada— sobre el rechazo de la ayuda internacional. Pava transmitió primero que los rescatistas colombianos eran suficientes para abordar el desastre, pero después contó a los medios de comunicación que el Gobierno de derechas quería priorizar la ayuda de Israel o Estados Unidos por encima de la de México, una polémica que sigue viva. “Trabajamos con países sin ninguna consideración ideológica ni política”, aseguró luego el canciller, Omar Bula Escobar, en un corto comunicado, a pesar de que solo se ha aprobado la llegada de rescatistas de países con gobiernos aliados: Ecuador, El Salvador, Estados Unidos e Israel. Por fuera quedó México, para sorpresa de la presidenta de izquierdas, Claudia Sheinbaum.

El tercer revés llegó con un problema de comunicación. Mientras De la Espriella aterrizaba en Bogotá, Pava dio declaraciones a la prensa, igual que algunos miembros de su gabinete. El presidente tomó entonces una decisión tajante: todas las comunicaciones sobre la crisis pasarían a estar bajo su control. Las daría solo él. Una decisión conflictiva cuando un país entero busca respuestas en sus instituciones.
De la Espriella ya venía demostrando desde la campaña un manejo milimétrico de sus mensajes. Algo que reforzó incluso después de ser elegido, cuando prohibió a sus ministros dar entrevistas sin su aprobación. Cuando citó a su primera rueda de prensa esta semana, en el Palacio de San Carlos de Bogotá, para anunciar que declarará una emergencia económica, el presidente no permitió preguntas de la prensa.
La única a la que le ha dado el micrófono es a su esposa, Ana Lucía Pineda, a quien encargó el manejo de las ayudas del sector privado, desde funerarias hasta comida de McDonald’s para los rescatistas. “La primera dama mandó un carrito Polaris, que nos han donado, y tan pronto nos lo donaron, ella dijo: ‘Va para el Chocó”, dijo su esposo sobre las decisiones que toma su pareja.

Se trata de un rol que, según sus críticos, supone un retroceso a una visión tradicional en la que la responsabilidad de las mujeres es gestionar ayudas a los más desfavorecidos, en lugar de dejar que sea el Estado —a través de la UNGRD, que conoce mejor las necesidades de las víctimas— quien administre esos recursos. Presupone, además, que la gestión de las ayudas en una catástrofe es caridad y que no exige un conocimiento técnico.
La pérdida del mensaje sobre los rescatistas internacionales, fue un anticipo de lo que vendría con Pete Hegseth, secretario de Defensa de Estados Unidos, quien estaba en Panamá para un encuentro de la llamada alianza Escudo de las Américas. Allí anunció —él y no De la Espriella— que su país y Colombia harían “operaciones militares conjuntas”. Se trata de un cambio radical en la política mantenida por Petro, en la que se colaboraba con inteligencia y financiación, pero no se permitía a soldados estadounidenses operar en territorio colombiano.
Ni la Cancillería ni el Ministerio de Defensa dieron detalles sobre el anuncio. Tampoco lo hicieron sobre otras decisiones de política exterior polémicas que se tomaron en la semana durante la emergencia, como reconocer la soberanía de Israel en los Altos del Golán.
De la Espriella tuvo todo tipo de fotos clave para su Gobierno esta semana. La más antipática fue la que le muestra enviando besos al aire a sus seguidores antes de decir el número de muertos, justo cuando acababa de ocurrir el terremoto. La de mejor ángulo fue la de él junto a sus ministros en todos los departamentos afectados. Serán sobre todo los más de 400 municipios que lidian con las consecuencias del sismo los que decidirán cuál de esas fotos termina definiendo su Gobierno.
EL PAÍS
