A comienzos de mayo una amiga me contó que el candidato presidencial de ultraderecha Abelardo de la Espriella estaría en Manizales. Mi ciudad está en el centro de Colombia, tiene 450 mil habitantes y en campaña los aspirantes van, si acaso, una vez. Por curiosidad periodística fuimos a oírlo. Las encuestas lo ubicaban en el segundo lugar, lejos del puntero de izquierda Iván Cepeda y cerca de Paloma Valencia, quien en marzo ganó una consulta entre nueve candidatos de derecha.
‘El Tigre’ montó una campaña millonaria a la medida de las pantallas de los teléfonos, que reemplazaron a la plaza pública
A comienzos de mayo una amiga me contó que el candidato presidencial de ultraderecha Abelardo de la Espriella estaría en Manizales. Mi ciudad está en el centro de Colombia, tiene 450 mil habitantes y en campaña los aspirantes van, si acaso, una vez. Por curiosidad periodística fuimos a oírlo. Las encuestas lo ubicaban en el segundo lugar, lejos del puntero de izquierda Iván Cepeda y cerca de Paloma Valencia, quien en marzo ganó una consulta entre nueve candidatos de derecha.
La izquierda estaba convencida de que obtendría más del 50% de los votos y ganaría por nocaut. En consecuencia, la atención recaía sobre el presidente Gustavo Petro, más locuaz que su candidato Cepeda. Llovieron críticas sobre su propuesta de convocar una asamblea constituyente, su política de paz total y los escándalos de corrupción. El lodazal recayó en Cepeda, quien decidió no desmarcarse de Petro ni debatir con otros candidatos, pues creía asegurada su victoria. Cepeda y De la Espriella criticaban a Paloma Valencia, quien dijo que su ministro de Defensa sería el expresidente Álvaro Uribe Vélez, un personaje que despierta amores enceguecidos y resistencias informadas en todas las familias.
Hasta entonces Abelardo se veía como un outsider con ideas tan radicales como su estética. “Gente bien de tierra caliente” es una expresión despectiva que devela el clasismo de las élites de la fría Bogotá, que se refieren al resto del país como “los territorios”. Para ingresar a esa élite no basta tener plata o apellidos: se necesita “clase”. Paloma Valencia la tiene y Abelardo de la Espriella no. Abelardo es un italo-gringo-colombiano de Montería, en el Caribe, y habla con acento marcado. Grabó dos discos en los que canta “‘O sole mio” y “Volare” y usa mocasines sin medias. Ha sido abogado de narcos, paramilitares y figuras oscuras como Alex Saab. A diferencia de los millonarios de siempre, discretos con su dinero, incluso por razones de seguridad, a Abelardo le fascina alardear de su avión privado, sus relojes y sus lujos.
Parecía imposible que alguien tan estrafalario pudiera ser presidente, pero si eligieron a Trump y a Milei, todo es factible. Fui a oír a Abelardo y salí asustada por su inminente triunfo. Tres semanas después, el 31 de mayo, ganó la primera vuelta y lo que ocurrió hasta el 15 de junio fue una radicalización de posiciones: el país político tradicional que hace cuatro años se alineó con Rodolfo Hernández para derrotar a la izquierda esta vez repitió. El progresismo entendió tarde que tenía que desmontarse de la propuesta constituyente y cuando Cepeda por fin hizo campaña, su tiempo ya era corto. Abelardo ganó por menos del 1% de los votos, pero ganó.
Montó una campaña millonaria a la medida de las pantallas de los teléfonos, que reemplazaron a la plaza pública. Lo suyo fue un show de reguetón creado con IA, juegos pirotécnicos, baile, religión y frases cortas e incendiarias, como trinos de Twitter, con videos breves que funcionan como shorts virales en Youtube, TikTok e Instagram.

Cuando fui a oírlo recibí un volante con un código QR que me llevó a un grupo de WhatsApp de Manizales. Crearon cientos de grupos así, por municipios, que alimentaron a diario con videos de Abelardo, memes contra Petro y mensajes religiosos. Ingresé y descubrí una comunidad de 300 personas, con cientos de números desconocidos, pero varios que ya hacían parte de mis contactos.
El historiador y filósofo Yuval Noah Harari dijo hace poco en El País: “la IA descubrió que nada atrapa tanto como la rabia, el miedo o el odio. Si alguien te hace sentir rabia, tú no eres capaz de mirar para otro lado. Así que las redes sociales se dedicaron a expandir el miedo, la rabia y el odio. Y esto ha roto esa conversación que es la democracia”.
De la Espriella vendió rabia contra Petro y miedo al comunismo. Paloma Valencia también lo hizo, pero eligió como fórmula vicepresidencial a Juan Daniel Oviedo, un homosexual con el que buscó atraer al centro y terminó espantando a la derecha que habla del comunismo como “el coco”, “la patasola”, “el mohán” y esas leyendas de tradición oral que se cuentan por las noches para asustar a los niños: si llega el comunismo nos van a expropiar la finca (aunque no tengamos), van a quebrar las empresas, los niños sufrirán el rayo homosexualizador, tendremos una dictadura, no habrá más elecciones y seremos como Cuba o Venezuela.
Cuando amenazan con los males de la izquierda no mencionan a Dinamarca o España, así como cuando venden las ventajas del capitalismo omiten a Haití, porque el miedo que inocula la ultraderecha es el temor a la pobreza. Ahí es donde cala la ostentación de Abelardo sobre su riqueza: su modelo es aspiracional. Se muestra como un hombre hecho a pulso (como Trump) que apoyará a emprendedores y pequeños empresarios. Le habla a la clase media.
El gobierno de Petro redujo la pobreza monetaria y sacó de la pobreza extrema a casi cuatro millones de personas, pero este logro no entusiasma a las clases medias que padecieron la reforma tributaria aprobada en el primer año de mandato. En un país lleno de pymes, Petro se refirió varias veces a los empresarios como esclavistas. Ese lenguaje, sumado al deterioro en servicios de salud, como la entrega de medicamentos que funcionaba bien en las ciudades y se volvió tortuosa, hizo que el entusiasmo que Abelardo despertó en las clases altas sumara votantes de clases medias urbanas abandonadas por Petro y afines a sus alcaldes de derecha.
Otro miedo que capitalizó De la Espriella fue el orden público. A diez años del proceso de paz con las FARC, Colombia sigue teniendo ejércitos ilegales que viven del narcotráfico y que ejercen dominio territorial en varias zonas. El gobierno Petro planteó un proyecto de paz total que fracasó y la izquierda fue incapaz de armonizar su discurso de respeto a los derechos humanos con la urgencia de garantizar autoridad y seguridad. Ante ese vacío, la promesa de importar el modelo Bukele, construir megacárceles y permitir el libre porte de armas conecta con la mitad del país que hace diez años votó “no” en el plebiscito sobre el acuerdo de paz.
El volante que recibí el día que escuché a De la Espriella promete defender a “la familia tradicional”. Y también: “el enemigo más grande que tiene el cristianismo es el comunismo y yo soy el enemigo más grande que tiene el comunismo”. “Sacaremos la ideología de género de los colegios y devolveremos la cátedra de valores cristianos. Que nuestros niños aprendan a amar a Dios y no a cuestionar su naturaleza”. “Nos comprometemos a luchar por revertir las sentencias que despenalizaron el aborto”.

Asistentes al mitin político me dijeron que se enteraron de ese encuentro por las redes sociales o en el culto religioso. De la Espriella narró que fue ateo y hace seis años se convirtió, aunque no dijo a qué, y en campaña invitó a una “oración ecuménica” lo suficientemente ambigua para atraer a todo el espectro religioso, desde el Opus Dei hasta los neopentecostales. Colombia tiene mayoría católica, pero los cultos protestantes están creciendo, tienen gran disciplina política, votan contra la izquierda y eligen congresistas y concejales. El nuevo gabinete incluye ministros cristianos como Viviane Morales, de Educación, quien en 2016 promovió un referendo, por fortuna fallido, para prohibir que las parejas del mismo sexo pudieran adoptar.
“La patria milagro” de De la Espriella luce como una franquicia del Make America Great Again, de Donald Trump, tal y como la adaptaron Milei en Argentina, Kast en Chile, Noboa en Ecuador, el clan Bolsonaro en Brasil y Keiko Fujimori en Perú. Esta ultraderecha emerge luego de gobiernos de izquierda y se presenta como una opción frente a partidos políticos debilitados que la gente asocia con corrupción y burocracia.
Los partidos son “la casta” de la que habla Milei y por eso Abelardo de la Espriella recibe su apoyo, pero los esconde. Para la primera vuelta presidencial los jefes del Centro Democrático, el Partido Conservador, el Partido de la U, el Partido Liberal y Cambio Radical dieron instrucciones ignoradas o desobedecidas en “los territorios”. Los partidos son la suma de microempresas electorales regionales, sin representación ni convocatoria nacional, con jefes políticos locales que ejercen dominio territorial. De la Espriella prometió gobernar “con los nunca y contra los de siempre” y hoy tiene un gabinete lleno de políticos tradicionales que no se presentan como cuotas partidistas, aunque para lograr mayorías en el Congreso necesitará contratos o burocracia.
En Colombia perdió la izquierda, pero también volvieron a perder los partidos derrotados en la primera vuelta presidencial de 2022. Salvo el Pacto Histórico, el partido de izquierda, las demás colectividades dependen de clanes familiares y maquinarias que operan en torno a caciques regionales. Lo reflejan las últimas dos elecciones presidenciales y lo ratifican los anuncios burocráticos del nuevo gobierno.
EL PAÍS
