Nada más terminar la entrevista, se coloca su boina negra, unas gafas de sol oscuras y una sudadera también negra con un cuello alto que le cubre hasta la boca. Más que una leyenda de la salsa, Rubén Blades parece un ninja en una misión: llegar a pie hasta su restaurante favorito. Son apenas cuatro calles, pero caminar con él por el casco antiguo de Ciudad de Panamá es casi una carrera de obstáculos. Lo sabe bien y a sus 78 años marca un paso de vértigo, dejando atrás a su manager y al periodista que le acompañan. Pese a la ropa de camuflaje y el paso acelerado, no puede evitar que todo el mundo con el que se cruza acabe reconociéndole. Saluda amablemente a los policías, firma autógrafos y hasta se hace una foto que le piden desde un taxi que se ha frenado en seco al verle en la acera. Cuando por fin llegamos al local, no le hace falta mirar el menú. Pide directamente un ron y el plato estrella de la carta. Rubén Blades quiere El bistec de Rubén Blades.
Nada más terminar la entrevista, se coloca su boina negra, unas gafas de sol oscuras y una sudadera también negra con un cuello alto que le cubre hasta la boca. Más que una leyenda de la salsa, Rubén Blades parece un ninja en una misión: llegar a pie hasta su restaurante favorito. Son apenas cuatro calles, pero caminar con él por el casco antiguo de Ciudad de Panamá es casi una carrera de obstáculos. Lo sabe bien y a sus 78 años marca un paso de vértigo, dejando atrás a su manager y al periodista que le acompañan. Pese a la ropa de camuflaje y el paso acelerado, no puede evitar que todo el mundo con el que se cruza acabe reconociéndole. Saluda amablemente a los policías, firma autógrafos y hasta se hace una foto que le piden desde un taxi que se ha frenado en seco al verle en la acera. Cuando por fin llegamos al local, no le hace falta mirar el menú. Pide directamente un ron y el plato estrella de la carta. Rubén Blades quiere El bistec de Rubén Blades. Seguir leyendo
Nada más terminar la entrevista, se coloca su boina negra, unas gafas de sol oscuras y una sudadera también negra con un cuello alto que le cubre hasta la boca. Más que una leyenda de la salsa, Rubén Blades parece un ninja en una misión: llegar a pie hasta su restaurante favorito. Son apenas cuatro calles, pero caminar con él por el casco antiguo de Ciudad de Panamá es casi una carrera de obstáculos. Lo sabe bien y a sus 78 años marca un paso de vértigo, dejando atrás a su manager y al periodista que le acompañan. Pese a la ropa de camuflaje y el paso acelerado, no puede evitar que todo el mundo con el que se cruza acabe reconociéndole. Saluda amablemente a los policías, firma autógrafos y hasta se hace una foto que le piden desde un taxi que se ha frenado en seco al verle en la acera. Cuando por fin llegamos al local, no le hace falta mirar el menú. Pide directamente un ron y el plato estrella de la carta. Rubén Blades quiere El bistec de Rubén Blades.
Siendotodavía un joven abogado que escribía y cantaba canciones, abandonó Ciudad de Panamá hace más de 50 años rumbo a Nueva York, donde se convertiría en un gigante. Primero, abanderando la segunda generación del sello Fania, la cuna de la salsa, para luego trascender los géneros y llevar la música latinoamericana a las cotas más altas de popularidad y reconocimiento, abriendo camino para el bum actual. Siempre a lomos de las mejores orquestas del momento y con una mezcla de costumbrismo, crónica política y poesía narrativa. Capaz incluso de citar a Kafka en su himno callejero Pedro Navaja. De ahí sus apodos: el poeta de la salsa o el intelectual de la salsa. Todo sin romper nunca los lazos con su país. Mantiene un departamento en el centro, muy cerca de donde se crió de niño. Ha sido ministro de Turismo entre 2004 y 2009, después de presentarse a presidente una década antes. Y lleva un tiempo apoyando una iniciativa para impulsar diputados independientes.
Sentado en una sala de hotel en el casco antiguo, dice antes de salir a la carrera por el almuerzo que en todos estos años, por una razón u otra, no ha dejado de venir a su país —esta vez ha sido por invitación del festival Centroamérica Cuenta—, pero que desde que murió su padre hace un par de años ya no lo hace con tanta frecuencia. Y se ha dado cuenta de que ahora, al final del camino, siente algo parecido a los remordimientos. “Yo he sido negligente en el trato con mi familia y mis amigos. No les he dedicado el tiempo que quisiera. Pienso en mi gente, pero no se lo comunico y eso no puede ser. Mis amigos históricos, gente que conozco hace 60 años o más, se van muriendo. Quiero tener esa conversación pendiente a ver si me devuelven el dólar que le presté cuando tenía 17 años, quiero darles un abrazo y darles las gracias”. Tras la confesión, hace una pausa y remata: “Si Dios quiere, en dos años estaré acá por más tiempo”.
Rubén Blades se fue de Panamá en 1974, en plena dictadura militar del general Omar Torrijos, porque a su padre lo acusaron de “traidor a la patria”. El dedo acusador fue de otro siniestro militar, Manuel Antonio Noriega, por entonces jefe del aparato de represión e inteligencia y futuro dictador. Noriega acabaría derrocado una década más tarde por Estados Unidos acusado, entre otras cosas, de narcotráfico, pero antes había sido un informante de la CIA. Al padre de Blades, lo acusaron de formar parte de un complot de la DEA para asesinar a la cúpula militar.

—Su padre fue entonces un activista político.
—No, mi papá era detective.
—Entonces, ¿por qué le acusa Noriega?
—Porque mi papá era el enlace de la DEA aquí en Panamá.
En medio de los intereses cruzados estadounidenses que marcaron en gran medida el destino de Latinoamérica en el siglo XX —y cuyo fantasma parece resucitar ahora con Trump-, su familia tuvo que salir huyendo a Florida, donde su madre, de origen cubano, tenía algún contacto. Blades se quedó un año más en Panamá terminando su tesis de grado en Derecho. “Terminé y me marché antes de mi graduación. Por eso fui luego a Harvard —donde tiene una maestría en Derecho Internacional—, no porque mi familia viniera de dinero”. Durante la entrevista, insiste varias veces en desmontar las versiones interesadas sobre su vida, con la cuestión de clase ocupando un lugar central desde su adolescencia en Panamá hasta su relación con los gangsters salseros de la Fania en Nueva York. De hecho, está escribiendo su biografía por recomendación de su amigo Gabriel García Márquez. “Un día le dije que yo andaba queriendo escribir mis vainas. Y él me dijo: “Escríbelas tú, porque si no lo haces, otro las va a escribir por ti”.
Recuerda que las conversaciones con el Nobel colombiano eran como “una máquina de pinball; de repente la bola iba pa allá, luego pega acá”. Algo parecido es charlar hoy con Blades, un intercambio frenético pero estructurado con la cadencia y los punch lines de las letras de sus canciones. Así cuenta cómo escribió en 1964 la primera de todas, inspirada en unas protestas pacíficas sucedidas ese mismo año por unos estudiantes en la Zona del Canal, el corazón de los intereses de La Casa Blanca en el país desde principios de siglo pasado, que acabarían en una masacre a manos del ejército estadounidense:
“Primero la cuestión fue de ‘qué hacen estos muchachos revoltosos’, a luego: ’pero qué carajo es lo que están haciendo los gringos’. Porque fueron 21 muertos. 500 heridos civiles. Desarmaos. Hasta ahí nosotros veíamos a Estados Unidos con gran admiración. Habían ganado a los nazis. Pero el ejército que acabó con Hitler ahora nos está disparando a nosotros. Fue una patada en el culo. Como si tu abuela te metiera una patada en el culo sin razón y tú lo sientes como una traición”.
Esa canción, 9 de enero, acabaría siendo un símbolo panameño interpretado por la orquesta de Marcos Barraza, la más popular del país en aquella época. Blades tenía apenas 16 años cuando la compuso y dice que ya con ocho escribía cuentos cortos. ¿De dónde viene esa precocidad por el arte y la política? “Todo esto es mi abuela, la mamá de mi papá, que era una hippie. Fue a la universidad, se graduó como maestra, peleó por el voto de la mujer. Era pintora, poeta y dramaturga. Practicaba yoga, era librepensadora”. Ella fue una especie de tutora para el pequeño Rubén, la que le enseñó a leer cuando tenía cinco años con un libro de Rilke, el poeta de la angustia. “Yo me leí eso y me deprimió, ¡coño! Esa vaina con cuervos toda fría. Pero así era mi abuela: “Lee”, “edúcate”.
Con todo ese bagaje llegó Blades a Florida con su familia. Tenía 25 años y “un diploma de Derecho que en Estados Unidos no servía ni para limpiarse el culo” mientras veía a su familia “pasar hambre” porque el padre no conseguía trabajo. Llevaba unos años sin componer porque en la universidad le obligaron a elegir —“usted va a ser abogado o músico”—, pero ya había escrito alguna canción para estrellas de la salsa como Richie Ray y Bobby Cruz. Así que decidió llamar a la sede neoyorquina de Fania y preguntar si podían darle trabajo como compositor. Le dijeron que no y que si quería un trabajo, se pusiera a poner sellos al correo de la discográfica. “Pagaban 125 dólares a la semana, así que lo cogí y fui pa allá”. Hasta que a los pocos meses Ray Barreto, otro puntal de Fania, lo rescató para su orquesta y el resto es historia. Discos como Siembra (1978), junto a Willie Colón, pertenecen a las joyas de la corona de la música latinoamericana.

Pero llegaron los roces, algo habitual en el sello por cuestiones de dinero. Incluida la ruptura con Colón, que ya en los sesenta había grabado con Héctor Lavoe clásicos como Hustler o Cosa Nuestra, donde jugaban conla estética de las películas de mafiosos para reivindicar la vida cruda de los inmigrantes latinos, sobre todo puertorriqueños como ellos, en barrios como el Bronx o Spanish Harlem. Durante los últimos años de enemistad, Colón llegó a decir en los corrillos musicales que aquel chico panameño, blanco y educado con el que había revolucionado la salsa no era más que “un turista del gueto”. Blades reconoce que cierta tensión existió siempre al no encajar del todo en los moldes y que es complicada de resolver: “¿Qué vas a hacer? ¿Estar siempre explicando que no es así?”.
A Blades no le gustan las etiquetas en las que le han intentado encasillar. Como cuando Sting dijo aquello de que la suya era salsa para inteligentes. “No siempre nos expresamos de la manera correcta, yo también he dicho estupideces, pero bueno, todo ese tema viene de que la salsa tenía unos temas recurrentes: el amigo que te traicionó, la mujer que te engañó. Y yo escribo de más cosas”. Algo parecido le está pasando ahora a Bad Bunny al estirar los límites del reguetón y llevarlo hasta audiencias masivas.
Blades reconoce el linaje, desde Tego Calderón hasta René de Calle 13, y concede que “la música latina está en un gran momento en cuanto a atención”. Lo que implica un riesgo: “Si solo se queda en una moda, será pasajero. A Bad Bunny le puede pasar como el Cha cha cha”. Es decir, la música latina se mantendrá o crecerá si es capaz de generar interés cuando baje el suflé. Es decir, “¿Estará cantando alguien reguetón en 40 años? Yo no sé, lo que sí sé es que Pedro Navaja sigue sonando y es de 1978”.
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