En el estadio de la democracia, donde se decide la libertad de los pueblos, lo más grave es desconocer el resultado de los partidos, vale decir, de las elecciones. Los ganadores saben qué tienen que hacer y los perdedores no se preparan para perder y se equivocan. Para los perdedores no hay asesores. Petro estaba convencido de que iba a ganar, pero por si acaso se guardó una carta entre el bolsillo, la del fraude, y cuando fue a mostrar las pruebas, no las encontró por ninguna parte. Ese penalti le costó la final.
El mandato político es considerado como una especie de última oportunidad que ha de aprovechar quien gobierna. La democracia necesita gobernantes competentes y gobernados críticos, pero también requiere perdedores a la altura de la situación
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
El mandato político es considerado como una especie de última oportunidad que ha de aprovechar quien gobierna. La democracia necesita gobernantes competentes y gobernados críticos, pero también requiere perdedores a la altura de la situación

En el estadio de la democracia, donde se decide la libertad de los pueblos, lo más grave es desconocer el resultado de los partidos, vale decir, de las elecciones. Los ganadores saben qué tienen que hacer y los perdedores no se preparan para perder y se equivocan. Para los perdedores no hay asesores. Petro estaba convencido de que iba a ganar, pero por si acaso se guardó una carta entre el bolsillo, la del fraude, y cuando fue a mostrar las pruebas, no las encontró por ninguna parte. Ese penalti le costó la final.
La legitimidad de los ganadores depende de las autoridades electorales y los perdedores pueden demandar lo que deseen, pero es posible que no acepten su derrota y declaren ilegítimo el gobierno que surge del resultado electoral. Ya recordamos en este espacio que el no reconocimiento de las elecciones en Colombia en 1946 costó la revolución de 1948 (el 9 de abril), que produjo muchos muertos y motines destructivos de monumentos arquitectónicos valiosos. También podríamos recordar el asalto al Capitolio de Washington en 2021 y las instituciones de Brasilia en 2023.
Como dice el profesor Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política y titular de la cátedra Inteligencia Artificial: vivimos en una cultura de la urgencia, de la satisfacción inmediata y las recompensas en el corto plazo que está abreviando despiadadamente la vida política; antes, con ritmos políticos más lentos, quien perdía unas elecciones sabía que gozaría de nuevas oportunidades en el futuro. Hoy hemos tensado tanto nuestras demandas de éxito que partidos y electores apenas conceden nuevas oportunidades y, al primer fracaso, se declara agotado el liderazgo y se le reemplaza. El mandato político es considerado como una especie de última oportunidad que ha de aprovechar quien gobierna. La democracia necesita gobernantes competentes y gobernados críticos, pero también requiere perdedores a la altura de la situación.
Que los perdedores no reconozcan la victoria justa dice mucho de la gravedad de la fractura social, algo peor que la polarización. Ya sabíamos gobernar polarizados, con dificultades, pero respetando las instituciones. El desconocimiento de la legitimidad del nuevo Ejecutivo; el riesgo de nuevas complicaciones es muy probable.
Si hubieran ganado los que con un año de antelación proclamaron el fraude, hubiesen insistido en las sospechas. Los que cantan el fraude no mantienen sus caprichos; solo valen si se pierden. La imposibilidad de haber podido hacer un empalme administrativo entre el gobierno saliente y entrante hace parte de los descalabros que nos esperan cuando el árbitro manifieste que este partido “ya es historia”. La tribuna sigue muy agitada y muy dividida.
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