Cuando falta una semana para las urnas, cada movimiento de un candidato presidencial tiene un peso específico. El que hizo la senadora Paloma Valencia este viernes no fue la excepción. La candidata de la derecha tradicional convocó públicamente al aspirante centrista Sergio Fajardo a tomarse un café. Fajardo aceptó, aunque puso una condición: que el encuentro fuera público. Y fue más lejos: propuso que ocurriera este sábado a las ocho de la mañana en un hotel de Barranquilla. Y así lo hicieron a inicios de la mañana de este sábado en un encuentro que ya cumplió su primer objetivo: volver a poner a Valencia como protagonista de la campaña, justo un día después de que dos encuestas golpearan duramente a sus filas. Pero la invitación al café dice más de lo que parece.
La candidata presidencial del uribismo invita a tomarse un café al aspirante centrista Sergio Fajardo, en una jugada que apunta menos a él que a sus votantes
Cuando falta una semana para las urnas, cada movimiento de un candidato presidencial tiene un peso específico. El que hizo la senadora Paloma Valencia este viernes no fue la excepción. La candidata de la derecha tradicional convocó públicamente al aspirante centrista Sergio Fajardo a tomarse un café. Fajardo aceptó, aunque puso una condición: que el encuentro fuera público. Y fue más lejos: propuso que ocurriera este sábado a las ocho de la mañana en un hotel de Barranquilla. Y así lo hicieron a inicios de la mañana de este sábado en un encuentro que ya cumplió su primer objetivo: volver a poner a Valencia como protagonista de la campaña, justo un día después de que dos encuestas golpearan duramente a sus filas. Pero la invitación al café dice más de lo que parece.
La propuesta específica de tomarse un café tiene un eco deliberado. En 2018, siendo candidato presidencial por primera vez, Fajardo recibió una propuesta similar, hecha por el entonces aspirante liberal Humberto de la Calle. El café se dio, pero la alianza nunca ocurrió. A la postre, a Fajardo le faltaron 253.000 votos para pasar a segunda vuelta, y De la Calle obtuvo 396.000. Quien recuerda esa historia entiende el guiño: Valencia no está buscando tanto a Fajardo. Está buscando al tipo de votante que lo apoyó entonces y al que está hoy con él.
Ese electorado —moderado, urbano, incómodo tanto con la izquierda de Petro y Cepeda como con la derecha más dura— está hoy disperso. Según las encuestas más recientes, Fajardo ronda el 4% de intención de voto, una fracción de lo que fue. Sus antiguos votantes están probablemente repartidos entre Cepeda, la propia Valencia, el voto en blanco y candidatos menores. Pero una porción significativa parece no haber tomado todavía una decisión definitiva.
Eso no es un detalle menor. La encuesta de Invamer publicada el jueves incluye un dato que en la campaña de Valencia leen con ilusión: un dieciséis por ciento de quienes dicen haber definido su voto mantiene posibilidades reales de cambiar de opción. Ese margen de movilidad le abre espacio para sumar, no solo entre los fajardistas, sino también entre votantes de Cepeda, del voto en blanco y de candidatos pequeños. Apostar por los indecisos como gran objetivo de la recta final no es una improvisación. Hace una semana, el estratega de Valencia, Luis David Duque, lo decía sin rodeos en una emisión de Hora 20 y EL PAÍS: “¿Cuál es la apuesta de estas dos semanas? Conquistar al indeciso”, afirmó entonces. “A estas alturas hay que ir por los indecisos porque las bases de cada quien ya están muy consolidadas“.
El problema es que esa apuesta hacia el centro tiene un costo en el otro flanco. Es un riesgo que Valencia conoce desde marzo, cuando eligió como fórmula vicepresidencial al centrista Juan Daniel Oviedo, exdirector del DANE. La decisión fue una señal de apertura hacia el electorado moderado, pero encendió las alarmas entre los votantes más férreos de la derecha, algunos de los cuales no la han perdonado. Invamer lo mostró con números crudos: mientras Valencia cae del 19% al 14% en intención de voto entre abril y mayo, el ultraderechista Abelardo de la Espriella crece del 21,5% al 31,6%. La disputa por el segundo lugar, que hace semanas parecía abierta, empieza a inclinarse por la derecha.
En ese flanco, sin embargo, Valencia cuenta con un activo cuya fortaleza real aún está por medirse: es la candidata de Álvaro Uribe, el hombre que ha liderado la derecha colombiana desde 2002 y que sigue siendo una fuerza gravitacional en ese universo político. Lo que ocurrió este viernes, en las mismas horas en que Valencia invitaba a Fajardo al café y el exalcalde le respondía, lo recordó de manera inesperada.
Alejandro Bermeo, influencer de derecha convertido en senador electo del partido Salvación Nacional —el mismo que avala a De la Espriella— lanzó en Twitter un ataque violento contra Uribe, al señalarlo incluso de querer asesinar a otro activista de la ultraderecha: “Gravísimo que el viejo patriarca del uribismo quiera matar a Santiago Girado. Hoy que ve su tumba política, en su desespero activa una última vez la motosierra contra el pueblo libre”, escribió en X. Bermeo, conocido por sus palabras destempladas, cruzó una línea nueva.
La respuesta del uribismo fue inmediata y contundente. El Centro Democrático publicó un comunicado en el que lo señaló de “alimentar un ambiente de odio” y aclaró que está detrás de Valencia. “El uribismo no se deja intimidar ni dividir”, señaló. Sus figuras salieron inmediatamente a rodearlo. El representante electo Daniel Briceño, el más votado de Colombia, se solidarizó públicamente con Uribe y reiteró su compromiso con la campaña de Valencia: “La siguiente semana seguiremos en la calle”. Y la propia Valencia habló en Caracol Radio para refrendar su relación con el expresidente, a quien ha llamado “papá”: “Que no se vayan a equivocar, que las banderas del uribismo las represento yo”, dijo al aire. “No nos equivoquemos, para que después no tengamos que lamentar una nueva traición”, reiteró en X, recordando el viejo temor uribista de elegir un presidente para luego terminar en la oposición, como ocurrió con Juan Manuel Santos.
La reacción tuvo tal fuerza que Bermeo hizo algo inusual en la política de las redes y en su labor como influenciador político: echó reversa, pidió disculpas, y borró el trino. “El único enemigo es Cepeda. Lamento que en el hervor de la contienda del cupo a segunda vuelta, mis opiniones hayan sido injustas y desproporcionadas. Por ello borré la publicación anterior. Excusas al señor Uribe y sus seguidores que se sintieron aludidos”, escribió, aunque más adelante difundió mensajes que atacan a Valencia por, entre otras, haber invitado a Fajardo al café.
Más allá del ruido, el choque con Bermeo deja una imagen útil para Valencia: cuando el uribismo se moviliza en torno a su líder histórico, lo hace con una cohesión que no siempre es visible en las encuestas, pero que puede serlo en las urnas. Uribe, que ha reiterado en los últimos días que él está jugado con Valencia, es un activo de peso aún incierto en la batalla por el paso a segunda vuelta, que es también una batalla por el liderazgo y tipo de derecha que tendrá Colombia.
Faltan ocho días. El café con Fajardo, transmitido por redes sociales, ha mostrado dos candidatos que no se alían, pero sí pueden conversar y encontrar puntos en común. Pero Valencia ya demostró que está dispuesta a asumir riesgos y darle giros a su campaña con tal de seguir viva en ella. La pregunta es si los indecisos que busca están dispuestos a escucharla, y si los convencidos que necesita retener decidirán quedarse.
Nota del editor: esta pieza se actualizó a las 9 de la mañana del sábado, luego del café entre Valencia y Fajardo.
EL PAÍS
