La Cuarta Transformación (4T) tuvo su origen y legitimidad en la pretensión de renovar la moral pública. A partir de los esfuerzos personales de su fundador, se fue estableciendo la idea de que tanto él mismo como todo aquello que proponía o representaba, estaba dotado de una calidad inherente a la decencia, la frugalidad, la humildad y un auténtico interés por los pobres. Las imágenes del hombre que caminaba descalzo, del departamento sin pretensiones, la narrativa de sacrificio en pro de los otros o la inicial modestia en el vestir, ayudaron a consolidar las auras de rectitud de López Obrador y de ética de su movimiento.
El fundamento moral de la 4T ya está roto. No hay nada que el propio movimiento, hecho, Gobierno o partido, pueda hacer para salvarse a sí mismo
La Cuarta Transformación (4T) tuvo su origen y legitimidad en la pretensión de renovar la moral pública. A partir de los esfuerzos personales de su fundador, se fue estableciendo la idea de que tanto él mismo como todo aquello que proponía o representaba, estaba dotado de una calidad inherente a la decencia, la frugalidad, la humildad y un auténtico interés por los pobres. Las imágenes del hombre que caminaba descalzo, del departamento sin pretensiones, la narrativa de sacrificio en pro de los otros o la inicial modestia en el vestir, ayudaron a consolidar las auras de rectitud de López Obrador y de ética de su movimiento.
A diferencia de otros procesos de redención, el de López Obrador estuvo encaminado desde siempre a la obtención, ejercicio y mantenimiento del poder político —en especial, al de la presidencia de la República—. Fuera por profundas y antiguas condiciones, por un inicial afán de empatía o por más recientes heridas; la prédica moral se transformó en criterio de clasificación y diferenciación de seguidores y simpatizantes frente a críticos y adversarios. La totalidad de lo correcto, valioso y desinteresado se postuló y reservó para los propios; y lo vil, egoísta e inmoral fue adjudicado, sin más, a todos los ajenos.
A la transformación del hombre en movimiento, y del movimiento en partido, siguió la ocupación de cargos públicos y la desaparición de entidades que estorbaban. El servicio público mutó en reumático elefante, las capacidades en lealtades unipersonales y el derecho a fórmula hueca.
Las promesas de transformación quisieron hacerse descansar en la vieja dialéctica nacionalista revolucionaria. La 4T era la necesaria etapa superior de los prolongados esfuerzos del pueblo mexicano para alcanzar, ahora sí, su natural destino. De un camino que comenzó con la lucha para independizarnos de los dominadores españoles, reformar los fueros y los privilegios, así como avanzar revolucionariamente contra el poder omnímodo del dictador y sus oligarquías. López Obrador se presentó como aquel que, y por fin, podría alcanzar una cuarta etapa de transformación para que el pueblo de México arribara al destino al que, por su cultura, geografía, raíces y luchas, no solo tenía derecho, sino que estaba destinado.
El fundamento del hombre, del movimiento, del partido y del Gobierno fue la tan ansiada —y muy necesaria— decencia pública. La capacidad de mantenerse al margen de las tentaciones que los poderes políticos, capitalistas o religiosos, habían impuesto en nuestra historia nacional sobre hombres menores, más allá de los cargos públicos y privados que hubieren desempeñado.
La moral pública expresada como honestidad valiente o purificación de la vida nacional pretendió hacerse excepcionalidad mexicana. El humanismo de esta fuente fue blasón de discurso y arma contra los distintos.
Los años pasaron y el verbo se hizo cargo. La realidad de las desigualdades, los intereses, las cortesanías y todos los males endémicos al poder continuaron. En las confusiones, los errores y las omisiones, el estandarte de la moralidad seguía siendo, prácticamente, el único discurso posible. Las ineficacias, las críticas, los problemas o todo aquello que constituyera la más mínima adversidad, pretendía ser disuelta por la calidad moral de quien encabezaba a la transformación.
Hoy día brotan desde diversas fuentes, graves muestras sobre lo mal que se condujo la moral pública en esos años de pretendida transformación. Las pruebas judiciales tardarán en llegar tanto como los correspondientes procesos. Sin embargo, los señalamientos fundados —y de un modo distinto probados—, muestran que, bajo la honestidad llamada en su momento valiente, bajo las declaraciones de pureza o las apelaciones a un humanismo propio, se desarrolló un complejo, profundo y extendido sistema de corrupción de la vida nacional. Que mientras el transformador se decía a sí mismo y nos espetaba a todos los demás cuán profunda era su convicción ética, cuán extendido era su control sobre la República, así como cuán limpio y purificado era todo aquello que él decía, tocaba o investía, la realidad se estaba pudriendo desde distintos puntos y por diversas causas.
El fundamento moral de la 4T ya está roto. No hay nada que el propio movimiento, hecho, Gobierno o partido, pueda hacer para salvarse a sí mismo —menos para dotar al país no ya de una necesaria moral pública, sino siquiera de las condiciones para iniciar el establecimiento de esta—.
Por la manera en la que la 4T se hizo régimen, la superación de los males administrativos, políticos, judiciales, delictivos y culturales que ha generado no puede pasar por la mera renovación de los titulares de los cargos públicos. La pretensión totalizante de su creador, sumada a las implementaciones logradas por sus muchas correas de transmisión, han alcanzado niveles de incorporación que no pueden revertirse con la mera sustitución de senadores, diputados o, inclusive, de la presidencia de la República. Hay que plantearse el problema en términos de una nueva transformación, en la cronología nacional, como la quinta etapa de nuestro devenir.
Este momento no puede limitarse, una vez más, a la asignación de atributos cuasi mágicos a una sola persona. Tampoco puede pretender que todo deba ser como antes ni desconocer lo mucho que de indebido existía antes del inicio de la Cuarta Transformación. Pensar en la Quinta Transformación debe ser un ejercicio de generosidad e integración. No es posible pensar que todo lo que estamos viviendo debe reducirse a contradecir a la 4T. Una cosa es estar en contra de los excesos que a nombre de ese autodenominado proceso de transformación se cometieron y, otra muy distinta, es suponer que la sola superación de estos y el eventual castigo a sus perpetradores será suficiente para reconstituir a nuestra muy golpeada nación. Tenemos que hablar de la Quinta Transformación.
EL PAÍS
