La irrupción masiva de la inteligencia artificial generativa en la vida académica y educacional ha desatado una respuesta institucional predecible. Reglamentos de uso, declaraciones de integridad, sistemas de detección automatizada de plagio, comités de ética digital. Las universidades han desplegado un enorme esfuerzo regulatorio cuyos resultados son dudosos: los sistemas no cumplen su cometido y, de paso, aumentan las sospechas mutuas dentro de las comunidades educativas. No porque las normas y los controles estén mal en sí mismos. Sino porque son cualitativamente insuficientes. No tocan las condiciones que producen el problema.
El hambre de la máquina (la presión sistémica de producir más, más rápido, con menos) nos mueve a delegar en dispositivos lo que no queremos hacer nosotros: pensar despacio, equivocarnos, corregir, perder el tiempo productivamente
La irrupción masiva de la inteligencia artificial generativa en la vida académica y educacional ha desatado una respuesta institucional predecible. Reglamentos de uso, declaraciones de integridad, sistemas de detección automatizada de plagio, comités de ética digital. Las universidades han desplegado un enorme esfuerzo regulatorio cuyos resultados son dudosos: los sistemas no cumplen su cometido y, de paso, aumentan las sospechas mutuas dentro de las comunidades educativas. No porque las normas y los controles estén mal en sí mismos. Sino porque son cualitativamente insuficientes. No tocan las condiciones que producen el problema.
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