En los últimos días han aflorado varios episodios en los que han quedado de manifiesto faltas a la verdad y mentiras presidenciales, lo que abre esa enorme pregunta por el lugar de las razones últimas, eventualmente inconfesables, con las que se gobierna en democracia. El tema no reviste ninguna novedad: en todas partes los gobiernos democráticos establecen una relación compleja con la verdad de las cosas en el ejercicio del poder. Mientras más grande es el país, mayor es la posibilidad de alterar las razones últimas de lo que se hace o se deja de hacer, por razones demográficas y poder de influencia más allá de sus fronteras. Cuando los países alcanzan el estatus de una potencia regional, y a fortiori la dimensión de una potencia mundial, entonces lo que comienza a predominar no es la verdad, sino derechamente la mentira, por razones cada vez más estratégicas… y cínicas. El presidente Trump, así como su homólogo ruso Putin, y tantos otros gobernantes iliberales (desde Orbán a Erdogan) llevan años dictando cátedra sobre cómo gobernar a punta de mentiras y medias verdades, y cómo sobrevivir a ellas. Es como si la verdad fuese un cúmulo de información inasimilable por el pueblo, porque intragable: la democracia no fue diseñada para ocultar información, ni menor para distorsionar la verdad.
Lo que no habíamos visto es que, sin mediar noticias falsas, un presidente se propusiera gobernar a partir de metáforas que reinterpretan sus propuestas de campaña
En los últimos días han aflorado varios episodios en los que han quedado de manifiesto faltas a la verdad y mentiras presidenciales, lo que abre esa enorme pregunta por el lugar de las razones últimas, eventualmente inconfesables, con las que se gobierna en democracia. El tema no reviste ninguna novedad: en todas partes los gobiernos democráticos establecen una relación compleja con la verdad de las cosas en el ejercicio del poder. Mientras más grande es el país, mayor es la posibilidad de alterar las razones últimas de lo que se hace o se deja de hacer, por razones demográficas y poder de influencia más allá de sus fronteras. Cuando los países alcanzan el estatus de una potencia regional, y a fortiori la dimensión de una potencia mundial, entonces lo que comienza a predominar no es la verdad, sino derechamente la mentira, por razones cada vez más estratégicas… y cínicas. El presidente Trump, así como su homólogo ruso Putin, y tantos otros gobernantes iliberales (desde Orbán a Erdogan) llevan años dictando cátedra sobre cómo gobernar a punta de mentiras y medias verdades, y cómo sobrevivir a ellas. Es como si la verdad fuese un cúmulo de información inasimilable por el pueblo, porque intragable: la democracia no fue diseñada para ocultar información, ni menor para distorsionar la verdad.
Es lo que está ocurriendo: la inteligencia artificial vendrá a agravar el problema.
Chile es un pequeño país y su poder de incidencia global es muy reducido, algo mayor a escala regional (en base a prestigio heredado), de modo que las faltas a la verdad por sus gobernantes de turno solo pueden incidir localmente.
Pues bien, como nunca antes, la democracia chilena está siendo sometida a un verdadero stress de veracidad, y a inquisitivos tests sobre la verdad de las cosas por parte de un periodismo que está cumpliendo su función investigativa y fiscalizadora. Antes de que asumiera el gobierno de derecha radical del presidente José Antonio Kast, muchos en la izquierda dudaban acerca del papel que cumplirían los medios de prensa (especialmente la prensa escrita, a partir de una estructura de propiedad casi monopólica en torno a dos grandes grupos, el famoso duopolio). Pues bien, esa sospecha ha sido hasta ahora defraudada, no solo por medios genuinamente independientes como CIPER o EL PAÍS Chile, sino también por los propios órganos de prensa del duopolio: las editoriales del El Mercurio o de La Tercera han sido singularmente críticas con el Gobierno, especialmente en materia de inseguridad y sobre una megarreforma económica que provoca dudas, aunque dentro de los límites de la simpatía política que los caracteriza. Son todos estos medios los que han puesto en evidencia incongruencias, inconsistencias y atentados a la coherencia: esto es evidente a propósito de la ministra vocera Mara Sedini, cuyo desempeño ha sido catastrófico, muy invisibilizada desde hace varios días. Lo original en el caso chileno es que el problema de la verdad y de la mentira en política está siendo instalado por el propio presidente de la República, con mucho desenfado, toda una novedad desde 1990.
El episodio de distorsión de la verdad más elocuente por parte del jefe de Estado tuvo lugar hace pocos días, cuando, sin mediar una pregunta de algún periodista inquisitivo, explicó que su propuesta de campaña (repetida en innumerables ocasiones) de expulsar a 300.000 inmigrantes ilegales “desde el primer día” no fue en realidad una promesa: fue una “metáfora”. Las reacciones no se dejaron esperar, y varios líderes de opinión corrigieron al presidente, sosteniendo que la palabra “metáfora” entonces estaba mal utilizada, ya que estaríamos en presencia de una “hipérbole”. A partir de ese momento, la discusión tomó un giro hacia lo ridículo (¿qué habrá querido decir el presidente?), socavando la autoridad de la palabra presidencial. La encuesta CRITERIA publicada el día de ayer mostró que el 76% de los encuestados consideró la propuesta de campaña de Kast sobre expulsiones inmediatas de inmigrantes no como una metáfora, tampoco como una hipérbole: fue “una promesa concreta y real”. El dato de encuesta es categórico, y políticamente demoledor: los hechos lo avalan, ya que las expulsiones han sido por goteo, muy bulladas, pero a años luz de deportaciones masivas. Afortunadamente: la experiencia de ICE en Estados Unidos evoca una política de depuración étnica que, en Chile, es inimaginable. Esto no sería nada si la propia ministra de Seguridad Trinidad Steinert no hubiese ingenuamente declarado que ella no se esperaba a que el Congreso le exigiera un plan formal, estructurado y por escrito en materia de seguridad: su intervención fue paupérrima y molestó incluso a diputados de derechas. Entre la metáfora del presidente Kast y la falta de plan por parte de la ministra de Seguridad, a propósito de un tema que fue central en la campaña y que orientó buena parte del voto hacia el candidato de derecha radical, es evidente que lo que predomina es la improvisación, la que es compensada por un proyecto de mega-reforma económica en el que sí se aprecia una idea acabada, un verdadero plan. Sin embargo, el Gobierno del presidente Kast será juzgado por sus propuestas rimbombantes en materia de seguridad, un problema profundamente sentido por los chilenos: desde la construcción de zanjas hasta las expulsiones masivas, pasando por que instituciones de salud que atendieron a inmigrantes irregulares (por ejemplo a niños) informen sobre sus identidades a las autoridades del Estado para fines… de expulsión.
¿Cuál es el lugar de la verdad en una democracia como la chilena? Su lugar debiese ser esencial en cualquier país del mundo. Sin embargo, en Chile, las faltas a la verdad, mediante desinformación, noticias falsas y mentiras se han tomado la escena desde hace un puñado de años. Son las noticias falsas las que predominaron durante el primer proceso de cambio constitucional: durante la campaña por aprobar o rechazar el borrador de nueva Constitución en 2022, arreciaron las noticias falsas sobre un proyecto que era efectivamente nefasto, pero sobre el cual se emitieron informaciones irracionales, absurdas y sin ningún asidero.
Lo que no habíamos visto es que, sin mediar noticias falsas, un presidente se propusiera gobernar a partir de metáforas que reinterpretan sus propuestas de campaña, induciendo a error a electores que pudieron genuinamente votar por lo que una enorme mayoría entendió como promesa y no como metáfora.
Hay algo cada vez más inquietante en el Gobierno de Kast.
EL PAÍS
