En la tercera y última temporada de Baron noir, una serie de Canal Plus sobre el ascenso de un barón del socialismo francés hasta convertirse en presidente de Francia, la línea recta final muestra de modo fantástico cómo, un candidato outsider que viene de la nada política pero que se origina en el mundo veloz de las redes sociales, casi gana una elección presidencial. No en cualquier parte: en un país relevante. Pues bien, la causa de este tipo de fenómenos que son muy reales, se encuentra en un defecto estructural de las democracias representativas y liberales: si las democracias tal como las conocemos garantizan más o menos libertades e igualdades formales, esto deja de ser cierto a la hora de evaluar sus resultados prácticos, su desempeño y representatividad sociológica.
La democracia de hoy, representativa y liberal, adolece de un gran problema: su inercia y lentitud
En la tercera y última temporada de Baron noir, una serie de Canal Plus sobre el ascenso de un barón del socialismo francés hasta convertirse en presidente de Francia, la línea recta final muestra de modo fantástico cómo, un candidato outsider que viene de la nada política pero que se origina en el mundo veloz de las redes sociales, casi gana una elección presidencial. No en cualquier parte: en un país relevante. Pues bien, la causa de este tipo de fenómenos que son muy reales, se encuentra en un defecto estructural de las democracias representativas y liberales: si las democracias tal como las conocemos garantizan más o menos libertades e igualdades formales, esto deja de ser cierto a la hora de evaluar sus resultados prácticos, su desempeño y representatividad sociológica.
Es así como, invariablemente, en todas las democracias, incluyendo la chilena, el lugar que ocupan los trabajadores manuales y obreros en el Congreso es paupérrimo: a duras penas se encontrará uno que otro trabajador manual, y qué decir de obreros y campesinos, lo que se traduce en la cámara alta en un guarismo cercano a cero. De existir estas excepciones, necesitan ser explicadas como si fuesen milagros políticos, ya que requirieron sortear todo tipo de barreras de entrada, partiendo por las mismas que fueron introducidas por todos los partidos, incluyendo los de izquierda. ¿Significa esto que la calidad de la democracia mejoraría si en la función de representación cumpliesen un rol los representantes de las clases sociales más desfavorecidas? No: no hay ninguna seguridad para que eso ocurra, tan solo una posibilidad de que la representación política sea algo más inclusiva.
A decir verdad, siendo un problema los sesgos sociales de la representación, la verdadera dificultad se encuentra en otra parte: en la velocidad de la representación y en la certeza de que los intereses de los distintos grupos sociales representados estén siendo satisfechos.
Las derechas radicales están tomando mucha ventaja en las luchas que las enfrentan a liberales y socialistas, las dos principales fuerzas políticas y culturales que de verdad están defendiendo por estos días la democracia representativa y liberal, con todas sus conquistas en materia de derechos sociales y libertades políticas y civiles. ¿Cómo no ver en esto una paradoja? Por décadas, las izquierdas se enfrentaron al mundo liberal sobre las formas y la profundidad de la democracia política y social. Hoy por hoy, ambas fuerzas se encuentran hostilizadas (y en algunos países sometidas) a agresivas nuevas derechas, de características radicales, extremas, nativistas y eventualmente fascistas. No incorporo en esta curiosa alianza tácita a los comunistas ya que, por ejemplo en Chile, tensionan el funcionamiento de la democracia representativa a punta de defensas de dictaduras (Cuba, Venezuela y Nicaragua) y desvaríos sobre experiencias de inseguridad física que llevan a estigmatizar a las policías (casi como si fuesen potenciales ICE estadounidenses), a fantasear sobre el “sentido profundo” del estallido social, a idealizar el primer proceso constituyente y un largo etcétera.
La democracia de hoy, representativa y liberal, adolece de un gran problema: su inercia y lentitud. El ritmo de la democracia no se condice con la velocidad de la sociedad: la lentitud y hasta el conservadurismo de la primera, colisiona gravemente con la pasión por la inmediatez de las sociedades de hoy. Las redes sociales son una excelente prueba de inmediatez. ¿Quieres conocer a alguien? Pues dilo y muéstrate en alguna plataforma y, tal vez, lo conseguirás. ¿Quieres darte un antojo? Pues pídelo a través de alguna aplicación. ¿Quieres ver una película? Vela…si es que puedes: todo depende de tu capacidad económica para acceder no a la felicidad, sino a la satisfacción de un deseo. Es tal la penetración de esta cultura de la inmediatez que no puede no tener consecuencias en la política.
Si la lentitud de la democracia es el problema, ¿qué debe ofrecer la política establecida? Una rápida satisfacción de las necesidades, o la percepción de que están siendo satisfechas: el problema se plantea a todas las fuerzas políticas. Las extremas derechas se han tomado muy en serio este problema: para abordarlo, en un rápido calculo utilitario costo-beneficio, estas derechas no ven en las leyes ni en las normas sociales un obstáculo, las que son desbordadas por ejecutivos fuertes como el de Bukele en El Salvador y, sobre todo, por Donald Trump en los Estados Unidos. La rápida tramitación de la mega-reforma económica en Chile es una pálida imitación de lo que ocurre en otras partes: sin necesitar aplastar a sus adversarios, el gobierno de José Antonio Kast alcanzó exactamente lo mismo, a punta de ritmo y vértigo, es decir de aceleración. Es un aceleracionismo político de derechas, que remece a los liberales y a todo tipo de izquierdas.
¿Qué hacer? La respuesta no tiene nada de evidente. Lo que sí me parece elemental es que las izquierdas no ganan nada, salvo congraciarse con sus propios ideales irrealizables, apelando a las bondades de la democracia directa, por ejemplo plebiscitaria, o al azar: este último dispositivo es teóricamente fascinante, pero es impracticable para adoptar decisiones a gran escala y, sobre todo, rápidamente.
Las izquierdas se encuentran agobiadas por una “parálisis del imaginario político”: el diagnóstico lo establecieron hace poco más de una década Srnicek y Williams, en su célebre “Manifiesto por una política aceleracionista” que busca “liberar las fuerzas productivas latentes”, no para desembocar en el socialismo sino en alguna forma de sociedad postcapitalista. Pues bien, ese manifiesto está siendo desbordado por otro aceleracionismo, de extrema derecha, el que confunde rapidez con aceleracionismo: para Yarvin, Land o Thiel, esta confusión no tiene ninguna importancia, ya que lo relevante es acelerar, sin preocuparse por las consecuencias. Esta despreocupación extremista por las consecuencias se ve con meridiana claridad ante los avances de la inteligencia artificial y los problemas que las regulaciones gubernamentales pueden plantear a las tech. En este debate, solo el papa León XIV tiene una opinión bien asentada en su bella encíclica Magnifica Humanitas: las izquierdas y los partidos liberales se encuentran sumidos en un silencio inquietante.
Las izquierdas necesitan ensayar un aceleracionismo realista, en el que se pueda navegar con suficiente claridad: si las extremas derechas ven en su propio aceleracionismo una fuga del presente sin preocuparse de lo que nos depara el futuro, las izquierdas necesitan acelerar sin abandonar las pocas certezas que la democracia representativa aun deja. Es en este sentido que las preciosas propuestas de gobierno que descansan en mecanismos del tipo sorteo, por ejemplo para designar a quienes debiesen adoptar decisiones específicas (o sugerirlas), deben ser tomadas seriamente en cuenta: son de las pocas que debiesen escapar al imperio de la velocidad.
En cierto sentido, el sorteo es un preciosismo que no puede ser la métrica de todas las cosas. Esto quiere entonces decir que lo que debe ser acelerado son los procedimientos que tanto lugar ocupan en el discurso público y práctico de las democracias realmente existentes: no es razonable que sentidos proyectos de ley puedan tardar diez años en ser tramitados, o que fallos judiciales tarden años en ser abordados. Toda esta lentitud produce rabia, eventualmente ira que tan bien se aprecia en estallidos sociales o promesas de “primavera” que son siempre defraudadas. En un diálogo fantástico con Adam Michnik, Jurgen Habermas respondió a la pregunta crucial ¿qué ha quedado del socialismo?: “la democracia radical”, es decir “la domesticación del capitalismo a través del Estado social hasta hacerlo irreconocible”. No hay mejor manera de definir a la socialdemocracia.
Es importante no confundir democracias de las necesidades con democracias del deseo. Las primeras son las que debiesen interesar a las izquierdas, sin perder de vista el deseo que se encuentra por detrás. Si el foco predominante fuese el deseo, entonces son las necesidades las que arriesgan con quedar rezagadas: estaríamos entonces en presencia de democracias erógenas, que no tenemos idea de cómo organizarlas, tampoco cómo pensarlas.
El populismo, suponiendo que todos entendemos lo mismo (algo así como los intereses de todos en contra de los intereses de las elites, o de lo que las elites entienden como los intereses de todos), actúa sobre el deseo. Las izquierdas representan intereses: la única manera de desactivar la centralidad del deseo es acelerando la operación de las democracias sobre los intereses. Si es el deseo el que termina imponiéndose, entonces estaremos en presencia no de democracias representativas, sino de regímenes erógenos.
¿Hay democracia en el deseo?
EL PAÍS
