Mi abuela sólo enfermó para morirse. El resto de sus 110 años nada la doblegó. Con ella compartí una vida que sucedió desde principios del siglo pasado. Aunque ocurrió todo dos generaciones antes de que yo existiera. Al escuchar sus aventuras biográficas yo me convertía en el personaje de Noches Blancas de Dostoievski. Ese hombre cuya vida era tan rigurosamente imaginaria, que celebraba el aniversario de los eventos que le habían sucedido en sus propias fantasías. Así me invadían a mí los años viejos de mi abuela. Todo era tan mío. Yo había estado ahí, yo participaba en las escenas. No podía contener la traza de su memoria en la mía. Ella lo contaba todo, y los sucesos aparecían en mi recuerdo. Ahí, sin más. Como si hubieran permanecido floridos, quietos desde hace un siglo.
Mi abuela no estaba libre de todo prejuicio o blindada al error humano, pero fue autora de su propia crónica
Mi abuela sólo enfermó para morirse. El resto de sus 110 años nada la doblegó. Con ella compartí una vida que sucedió desde principios del siglo pasado. Aunque ocurrió todo dos generaciones antes de que yo existiera. Al escuchar sus aventuras biográficas yo me convertía en el personaje de Noches Blancas de Dostoievski. Ese hombre cuya vida era tan rigurosamente imaginaria, que celebraba el aniversario de los eventos que le habían sucedido en sus propias fantasías. Así me invadían a mí los años viejos de mi abuela. Todo era tan mío. Yo había estado ahí, yo participaba en las escenas. No podía contener la traza de su memoria en la mía. Ella lo contaba todo, y los sucesos aparecían en mi recuerdo. Ahí, sin más. Como si hubieran permanecido floridos, quietos desde hace un siglo.
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