Más allá de la innegable popularidad de nuestra presidenta ―somos un país presidencialista que, por lo general, otorga altas calificaciones a los titulares del Ejecutivo; solamente el caso de Peña Nieto desentona en ese sentido―, lo cierto es que Shienbaum está librando las inagotables batallas que requiere el difícil arte de gobernar. Solamente en una mente cerril como la de López Obrador se albergaba la ocurrencia de que “gobernar no tiene mucha ciencia”. El resultado de pensar así es la herencia que tiene que administrar la primera presidenta de México: un problema tras otro y sin dinero que ayude a resolverlos.
El partido oficialista creció tan rápido y de manera tan desordenada que ahora es imposible ejercer controles
Más allá de la innegable popularidad de nuestra presidenta ―somos un país presidencialista que, por lo general, otorga altas calificaciones a los titulares del Ejecutivo; solamente el caso de Peña Nieto desentona en ese sentido―, lo cierto es que Shienbaum está librando las inagotables batallas que requiere el difícil arte de gobernar. Solamente en una mente cerril como la de López Obrador se albergaba la ocurrencia de que “gobernar no tiene mucha ciencia”. El resultado de pensar así es la herencia que tiene que administrar la primera presidenta de México: un problema tras otro y sin dinero que ayude a resolverlos.
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