En 1982, el entonces gobernador de Oaxaca, Benito Juárez, señaló ante el Congreso estatal: “Los funcionarios públicos […] no pueden improvisar fortunas ni entregarse al ocio y a la disipación”. Esta frase cobra vigencia porque en los últimos días se dio a conocer el aumento extraordinario de la riqueza del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, desde su regreso a la Casa Blanca.
Un liderazgo convive con la expansión de la riqueza privada y, en el otro, la mesura acompaña una idea de Gobierno sujeto a la austeridad y la responsabilidad pública
En 1982, el entonces gobernador de Oaxaca, Benito Juárez, señaló ante el Congreso estatal: “Los funcionarios públicos […] no pueden improvisar fortunas ni entregarse al ocio y a la disipación”. Esta frase cobra vigencia porque en los últimos días se dio a conocer el aumento extraordinario de la riqueza del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, desde su regreso a la Casa Blanca.
Esta información nos remite a reflexionar sobre la frontera entre el poder público y la riqueza privada y preguntarnos cómo el ejercicio de la autoridad transmite símbolos a la ciudadanía. Para responder, el contraste entre el mandatario estadounidense con la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, resulta especialmente pertinente.
Los orígenes de ambos explican dos formas muy distintas de llegar al poder. Trump proveniente de una familia vinculada al sector empresarial. Su formación se construyó desde el mercado; estudió Finanzas y Comercio, heredó y expandió negocios familiares, escribió best sellers y su llegada a la política fue como magnate inmobiliario y estrella de televisión.
Sheinbaum, por su parte, nació en el seno de una familia de clase media. Estudió Física y se doctoró en Ingeniería Energética. Su vida política la inició desde joven participando en movimientos estudiantiles, siempre en la izquierda, y construyó una carrera pública gradual ocupando distintos puestos técnicos en la Administración pública y fue jefa de Gobierno de la Ciudad de México.
Las distintas trayectorias también explican sus finanzas personales. Los ingresos reportados del mandatario de EE UU pasaron de 622 millones de dólares en 2024 a 2.200 millones en 2025, resultado de su salario como presidente, de negocios asociados a criptomonedas y de una combinación de inversiones, bienes raíces, clubes y otras actividades empresariales y familiares en distintas partes del mundo.
En contraste, la mandataria mexicana proyecta una presidencia asentada en la sencillez. Su declaración patrimonial reportó ingresos anuales, en 2025, por 1.791.441 pesos sin nuevas propiedades ni vehículos, con un departamento adquirido años atrás y un automóvil ordinario del año 2013.
Las diferencias entre ambos también se manifiestan en la vida privada. Para el líder estadounidense, la familia opera como extensión pública de la marca política que reúne empresas, parentesco y Estado en una misma escena. En cambio, el entorno de la mandataria mexicana muestra un ambiente familiar y de pareja mantenido en segundo plano, con una exposición limitada y sin papel institucional ni mediático dentro del Gobierno federal.
Los viajes también distinguen el símbolo de cada presidencia. En Estados Unidos el Air Force One es, sin duda, una herramienta estratégica de Estado por razones de seguridad, pero el nuevo —regalado por Qatar y reacondicionado como Air Force One—, ha generado severos cuestionamientos en torno a las leyes sobre obsequios y posibles conflictos de interés.
En México, en cambio, la mandataria asumió la responsabilidad republicana de prescindir de un avión presidencial. En abril de este año, su regreso de Barcelona fue en vuelo comercial, después de participar en la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, sin clase ejecutiva ni trato preferencial.
Queda claro entonces que los viajes presidenciales también comunican una ética del poder, porque en este renglón también importa el modo en que cada liderazgo administra los símbolos del cargo, la cercanía con la ciudadanía y la distancia frente al privilegio y la ostentación.
La imagen de ambos líderes arroja una lectura adicional. Trump ha convertido la suya en una estampa donde la indumentaria viene acompañada de escenografías con logos, productos y espacios asociados a su apellido y poder. Del otro lado aparece la doctora Sheinbaum, con una imagen pública reconocible por su cabello recogido y una vestimenta elaborada con telas mexicanas y motivos indígenas que remiten al reconocimiento cultural e identitario de la nación.
La palabra pública confirma este contraste de estilos opuestos. El líder estadounidense comunica con un lenguaje confrontativo, caracterizado por la búsqueda de un impacto inmediato en sus oyentes. Su estilo de frases cortas, superlativas y absolutas, hace que sus mensajes se viralicen en redes sociales y medios de comunicación.
En cambio, la jefa de Estado mexicana sostiene una comunicación desde Palacio Nacional que contempla mesura, exposición metódica, orden argumental y tecnocrático. Su estilo comunicativo, incluso en los momentos de mayor presión por parte de Washington, se ha traducido en responder con sobriedad y templanza en temas que atañen directamente a la relación bilateral.
Esta comparación entre estilos de gobierno, símbolos que proyectan y su impacto entre los gobernados arroja dos realidades opuestas: un liderazgo que convive con la expansión visible de la riqueza privada, y otro donde la mesura acompaña una idea de gobierno sujeto a la austeridad y concibe el poder como responsabilidad pública y no como prerrogativa personal.
EL PAÍS
