Es una típica mañana de junio en Ciudad de México, medio soleada, medio nubosa, húmeda, la lluvia de la noche anterior evaporándose sobre el tráfico infernal. En el despacho de su casa, en un barrio arbolado de la zona oeste de la capital, Rodrigo Martínez-Celis contesta frenéticamente mensajes y llamadas, rampa de lanzamiento a otra jornada que terminará de madrugada. “Cada partido tiene un horario distinto, entonces no logras tener una rutina y, cuando no logras tener una rutina, pues la operación se complica un poco”, dice, todavía con una sonrisa en la cara, el director de seguridad de la FIFA en México.
El responsable del resguardo del campeonato en el país habla de los nervios antes del primer juego, en el Estadio Ciudad de México, del hospedaje de Irán en Tijuana y de los retos de los meses previos al torneo, empezando por la caída del Mencho
Es una típica mañana de junio en Ciudad de México, medio soleada, medio nubosa, húmeda, la lluvia de la noche anterior evaporándose sobre el tráfico infernal. En el despacho de su casa, en un barrio arbolado de la zona oeste de la capital, Rodrigo Martínez-Celis contesta frenéticamente mensajes y llamadas, rampa de lanzamiento a otra jornada que terminará de madrugada. “Cada partido tiene un horario distinto, entonces no logras tener una rutina y, cuando no logras tener una rutina, pues la operación se complica un poco”, dice, todavía con una sonrisa en la cara, el director de seguridad de la FIFA en México.
El día pinta difícil, la sonrisa no tarda en desaparecer. Colombia juega en la noche con Uzbekistán en el antiguo Estadio Azteca, emblema de la capital, renombrado al calor del Mundial de fútbol como Estadio Ciudad de México, apelativo paniaguado. La colonia de ciudadanos colombianos en el país ya es grande, a la que hay que sumar los que han viajado para el juego: Colombia no pisa un Mundial desde hace ocho años. “Es el partido del que más boletos se han vendido”, dice Martínez-Celis, “la gente directamente fue a comprar. Esperamos una afición importantísima… Hablé con el embajador y estima cientos de miles. Y mucha gente sin boleto”, añade.
El partido transcurrirá finalmente sin sobresaltos. Colombia ganará y él sabrá del resultado desde su despacho en el estadio, donde controla las tribunas, gracias a la colmena de pantallas instaladas en la pared. Este jueves en la mañana, de camino a Guadalajara para el segundo juego de México, Martínez-Celis contesta sucintamente sobre sus impresiones acerca de la operación del día anterior. Todo salió “superbién”, zanja. Así son sus días, ya instalado en la rutina del cambio, contradicción en la que ha aprendido a sentirse relativamente cómodo. No en vano, la incomodidad es el canal sobre el que ha construido su trayectoria.

Martínez-Celis es espía de carrera. Trabajó durante diez años en el Centro Nacional de Inteligencia, dependencia en la que llegó a los escalones de mando. De allí fue a dirigir la Secretaría de Seguridad del Estado de México, la región más poblada del país, en uno de los momentos más complicados, con el grupo criminal La Familia Michoacana empujando desde el oriente. Llegó a la FIFA hace dos años, después de 15 de servicio público. Su tarea: que la nueva Copa del Mundo, más grande, logísticamente más compleja que ninguna otra, fluyera sin problemas en el país. Vista la primera semana y, sobre todo, la inauguración en el Azteca, no tiene dudas: “El primer partido ha sido un ejercicio sumamente exitoso”.
El Gobierno de México llegaba al Mundial al borde de un ataque de nervios. El sindicato mayoritario de maestros, la CNTE, que exige mejoras salariales y cambios en el sistema de cálculo de pensiones, había instalado a cientos de sus seguidores en la capital y amenazaba con boicotear la inauguración con marchas y bloqueos. Colectivos de familiares de personas desaparecidas, que México cuenta por decenas de miles, muchas víctimas del crimen, veían en el partido inicial un escaparate ideal para que el mundo conociera su dolor. Ellos marcharían también. Había otras manifestaciones anunciadas aquel día, todas con el Azteca entre ceja y ceja. “Era un partido de riesgo triple A”, dice Martínez-Celis, el nivel más alto. Cambios y ajustes fueron hechos hasta el último momento.
La preparación había sido ardua. Las últimas dos copas del mundo habían ocurrido en países con escasa o nula protesta social, Qatar y Rusia. El último referente era Brasil, en 2014. Pero ya habían pasado 12 años… “Este es el evento más grande de la humanidad y esta es la edición más grande del evento más grande. En la inauguración había cerca de 1.300 millones de personas conectadas en tiempo real”, cuenta. “¿Por qué digo esto? Porque estamos montados en todo el conocimiento de FIFA y de las otras confederaciones, de la mano de las autoridades de México. Y aprendemos. De hecho, gente que estuvo en Brasil son parte de nuestro equipo de FIFA”, dice Martínez-Celis.

Volviendo al día de la inauguración. “Sabíamos en dónde iban a ser las manifestaciones, así que los planes de movilidad se fueron ajustando”, detalla el director. “Para cada una de las 16 ciudades sede, había un protocolo, un perímetro de última milla”, explica, en referencia al espacio bunkerizado que la FIFA reclama para cada partido alrededor del estadio. “Y siempre tenemos un plan A, uno B, uno C”, añade. Las manifestaciones orillaron a la organización al plan B esta vez. “Toda la carga se movió hacia Periférico”, dice, el gran anillo de circunvalación de la capital, una de las dos llegadas al Azteca. “Así, los aficionados podían llegar por esa zona. Mientras, la autoridad de Ciudad de México estaba negociando con los distintos grupos de manifestantes para llegar a un acuerdo y liberar esas vías, que después de un rato se liberaron”, cuenta.
La inauguración fue solo el penúltimo de los grandes retos de la FIFA en México antes del torneo. A finales de febrero, cuando la aureola mundialista apenas se acercaba a tierras norteamericanas, el Ejército lanzó un operativo cerca de Guadalajara, una de las sedes del campeonato, para capturar al líder del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), Nemesio Oseguera, alias Mencho. El operativo se saldó con la muerte del Mencho y de decenas de personas, entre autoridades y civiles, muchos parte del grupo criminal. El operativo provocó la reacción del CJNG, que quemó vehículos y bloqueó decenas de carreteras, escenario poco halagüeño para hospedar una Copa del Mundo.
“La reacción del primer incidente”, dice Martínez-Celis, en referencia a la caída del Mencho, “sí fue cortar los caminos en general y eso habría afectado si hubiera sido día de partido. Entonces, entramos en comunicación con los gobiernos federal y estatal, que nos reiteraron su compromiso de mantener la estabilidad hacia el mundial. Sin embargo, siempre tuvimos varios planes alternativos, por si alguna de todas las sedes no pudiera albergar algún partido, por la razón que fuera. Pero luego vimos que en menos de 36 horas, la situación volvió a la normalidad”, añade. “Y el fin de semana siguiente, FIFA llevó la copa [el trofeo] a Guadalajara”, zanja.

En un torneo sospechoso —por complaciente—, la estricta política migratoria de Estados Unidos ha figurado al centro de la actualidad, por lo menos hasta que empezaron a caer los goles. El caso del árbitro somalí Omar Abdulkadir, al que el Gobierno de Donald Trump denegó la entrada, ejemplifica la polémica. Los vaivenes que ha sufrido la selección iraní, cuyo país está en guerra con EE UU, país anfitrión, estiran la liga hasta el borde del surrealismo. Primero, Trump dijo que por qué no mejor la FIFA invitaba a Italia en vez de a Irán. Desechada la ocurrencia, Irán tuvo que lidiar con la extrañeza de jugar en el país enemigo. Al final, decidieron acampar en Tijuana y viajar solo los días de partido.
“De cara al torneo, FIFA hizo una selección de campos de entrenamiento para los equipos”, explica Martínez-Celis. “En la primera selección ya estaba Tijuana, y teníamos ya un primer borrador de protocolo por si alguna selección la elegía. Estaba Torreón también, Cancún, Pachuca, Ciudad de México… No fue improvisado”, añade. “La federación iraní tomó la decisión junto con FIFA de hospedarse en Tijuana, y la regla FIFA es que los equipos se pueden quedar hasta a tres horas de distancia de sus juegos. Y en Tijuana se cumplía la regla… No somos ajenos al tema geopolítico. Somos sumamente respetuosos. Te pongo un dato importante: la FIFA reconoce 211 federaciones, mientras que Naciones Unidas reconoce solo 193 países”, zanja.
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