El célebre verso de Gertrud Stein sobre la rosa que es una rosa que es una rosa aspiraba a convocar en la imaginación del lector no solo la imagen de la flor nombrada sino su esencia misma; su ser completo y perfecto sin adjetivos, desnudo y con el olor profundo que ya no tienen ni las rosas ni el pan. Se diría que con el cine de Hong Sang-soo sucede algo parecido. Hong Sang-soo vuelve y uno tiene la sensación de que, en verdad, sigue ahí. Nunca se fue. Sang-soo es Sang-soo es Sang-soo. Como siempre sucede con el director coreano, su cine es tan idéntico a sí mismo, tan claro y reconocible, que no admite ni sorpresa ni recriminación. Pocos cineastas viven en el entusiasmo sostenido en el que levitan él y su gente. Y así, su última película es él y es todo su cine en su más íntima substancia, sin un calificativo que entorpezca su aroma limpio, puro y, admitámoslo, algo alcohólico.
El director coreano alcanza un raro momento de plenitud sostenida entre la ironía, la poesía y la simple evidencia
El célebre verso de Gertrud Stein sobre la rosa que es una rosa que es una rosa aspiraba a convocar en la imaginación del lector no solo la imagen de la flor nombrada sino su esencia misma; su ser completo y perfecto sin adjetivos, desnudo y con el olor profundo que ya no tienen ni las rosas ni el pan. Se diría que con el cine de Hong Sang-soo sucede algo parecido. Hong Sang-soo vuelve y uno tiene la sensación de que, en verdad, sigue ahí. Nunca se fue. Sang-soo es Sang-soo es Sang-soo. Como siempre sucede con el director coreano, su cine es tan idéntico a sí mismo, tan claro y reconocible, que no admite ni sorpresa ni recriminación. Pocos cineastas viven en el entusiasmo sostenido en el que levitan él y su gente. Y así, su última película es él y es todo su cine en su más íntima substancia, sin un calificativo que entorpezca su aroma limpio, puro y, admitámoslo, algo alcohólico.
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