¿Por qué la educación es tan importante para todos y tan pocas veces una prioridad real? ¿Hemos romantizado tanto la educación que ya no sabemos valorarla? ¿Hay una diferencia entre decir que algo es importante y saber para qué sirve?
Lo importante se valora en abstracto. Lo útil transforma algo concreto en la vida de alguien. La educación es las dos cosas, pero hemos insistido tanto en la primera que casi olvidamos la segunda
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
Lo importante se valora en abstracto. Lo útil transforma algo concreto en la vida de alguien. La educación es las dos cosas, pero hemos insistido tanto en la primera que casi olvidamos la segunda

¿Por qué la educación es tan importante para todos y tan pocas veces una prioridad real? ¿Hemos romantizado tanto la educación que ya no sabemos valorarla? ¿Hay una diferencia entre decir que algo es importante y saber para qué sirve?
Escribo estas preguntas desde una conversación reciente en la que participé con expertos en educación, y donde alguien lanzó una pregunta que pareció simple y resultó incómoda: si en Colombia hablamos tanto de educación, ¿por qué no parece ser la gran prioridad del país? Esta inquietud no me ha abandonado, y sigue presente cuando estamos a punto de iniciar un nuevo gobierno en Colombia que llega con una proximidad a la educación, con personas que la conocen desde adentro y han trabajado por ella. Eso es poco frecuente. Y precisamente por eso es una oportunidad para pasar de las declaraciones a las acciones, de decir que la educación es importante a saber explicar para qué sirve.
Martha Nussbaum advirtió hace años que estábamos en riesgo de perder el argumento más poderoso a favor de la educación. Para ella, educar es ante todo desarrollar capacidades, aquello que una persona puede ser y hacer con su propia vida. Cuando ese argumento se abandona y la educación se defiende solo como un valor cultural o democrático abstracto, pierde frente a cualquier argumento que ofrezca resultados medibles a corto plazo. La importancia no alcanza. Hace falta saber qué capacidades estamos desarrollando y para qué.
Hay una confusión que hemos alimentado por mucho tiempo entre lo que es importante y lo que es útil. Lo importante se valora en abstracto. Lo útil transforma algo concreto en la vida de alguien. La educación es las dos cosas, pero hemos insistido tanto en la primera que casi olvidamos la segunda.
Los jóvenes parecen tener mayor claridad. Cuando se les pregunta por qué quieren estudiar, muy pocos hablan del valor intrínseco de educarse. En cambio, hablan de moverse, de llegar a lugares donde sus padres no llegaron, de tener opciones que hoy no tienen. Es una comprensión honesta de la función más transformadora de la educación. Ella mueve a las personas de un lugar social a otro, y esa movilidad no es un efecto secundario, sino uno de sus propósitos centrales.
Lo que hace más urgente esta conversación es que esa promesa encuentra un sistema que la frustra. Colombia tiene hasta 2035 para no perder una generación de talento. Los estudios demográficos nos dicen que en ese momento la población joven habrá caído drásticamente y la oportunidad de formarla habrá pasado. Mientras tanto, el sistema expulsa silenciosamente a quienes más necesita retener. El que trabaja mientras estudia, el que viene de la periferia, el que llegó tarde. Ese joven no cabe en el molde y empieza de cero o no empieza. Las trayectorias se rompen, la cobertura se estanca, los programas se regulan por su diseño y no por la flexibilidad que la vida de los estudiantes exige. Todo eso va más allá de una falla técnica. Es la consecuencia histórica de no haber respondido con suficiente convicción a la pregunta más básica sobre para qué sirve lo que hacemos.
Cuando perdemos esto de vista, la educación deja de competir en la agenda pública porque no sabemos decir, con claridad, qué gana un país cuando invierte en ella. Lo que gana es su talento. No hay recurso más valioso para una sociedad que las capacidades de su gente. La educación es el proceso más poderoso que hemos construido colectivamente para desarrollar ese talento de manera deliberada. Y ese talento se nos va. No porque los jóvenes no quieran aprender, sino porque el sistema que construimos para recibirlos no garantiza su acceso ni reconoce el valor de lo que aprenden en cada trayectoria.
Responder a eso implica compromisos. Priorizar la lectoescritura y el razonamiento matemático en el currículo de la educación básica, porque sin esa base todo lo que venga después se construye sobre arena. Diseñar rutas diversas de acceso a la educación terciaria que reconozcan las trayectorias reales de los jóvenes y no los obliguen a empezar de cero en cada etapa. Y construir un sistema de calidad que ofrezca a las instituciones la flexibilidad y la agilidad para responder a las exigencias del futuro del trabajo y de las tecnologías que ya están transformando el mundo que los jóvenes van a habitar.
¿Habrá un mejor momento que este para decidir que el talento de Colombia no puede seguir esperando?
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