Las últimas semanas han estado marcadas por la tensión interna en la derecha. Johannes Kaiser y sus libertarios pusieron en aprietos al Gobierno con el proyecto “Escucha su corazón”, con el cual buscarían dificultar el aborto y combatir la baja natalidad, para luego decir que el Gobierno bailaba la música que ellos ponían. Provocativo, sí, pero lo que llamó la atención fue que Arturo Squella, mandamás del Partido Republicano, el mismo del presidente José Antonio Kast, salió a doblar la apuesta con la propuesta de privatizar Codelco. Aunque en general había sido poco dado a los errores, los primeros meses de Gobierno han puesto a Squella en un lugar complejo: el de liderar a un partido que no termina de entender que ya no es oposición y que tiene que dejar de lado el lenguaje de la guerra cultural, la provocación y el exceso de adjetivos. Su bancada, es cierto, ayuda poco y le pone palos en el camino a un Gobierno que busca abordar sus agendas de emergencia (seguridad, economía y empleo).
El poder, el verdadero poder, está en lugares más escondidos, que exigen más trabajo para llegar, no solo ‘reels’ o tuits afilados
Las últimas semanas han estado marcadas por la tensión interna en la derecha. Johannes Kaiser y sus libertarios pusieron en aprietos al Gobierno con el proyecto “Escucha su corazón”, con el cual buscarían dificultar el aborto y combatir la baja natalidad, para luego decir que el Gobierno bailaba la música que ellos ponían. Provocativo, sí, pero lo que llamó la atención fue que Arturo Squella, mandamás del Partido Republicano, el mismo del presidente José Antonio Kast, salió a doblar la apuesta con la propuesta de privatizar Codelco. Aunque en general había sido poco dado a los errores, los primeros meses de Gobierno han puesto a Squella en un lugar complejo: el de liderar a un partido que no termina de entender que ya no es oposición y que tiene que dejar de lado el lenguaje de la guerra cultural, la provocación y el exceso de adjetivos. Su bancada, es cierto, ayuda poco y le pone palos en el camino a un Gobierno que busca abordar sus agendas de emergencia (seguridad, economía y empleo).
Aunque, en realidad, todo indica que la retórica de la batalla cultural llegó a un estado de agotamiento, de saturación por el exceso de ruido. Quizás hace 15 años se podía comprender su uso, pues las derechas carecían por completo de un aparataje para enfrentar las agendas progresistas y romper ciertos consensos sin sentido. En ese mundo, las derechas no terminaban de hacer pie. Pero hoy esa misma lógica de guerra cultural se ha vuelto contra sí misma, se autofagocita y genera más daño del que pretende evitar, a pesar de seguir generando visualizaciones y esparciéndose por las redes.
Sus insultos dejaron de ser interesantes, provocativos, aunque sigan llamando la atención. La guerra cultural hoy es sinónimo de chabacanería, grito e insulto, cuando no de cahuín (es cosa de seguir la lamentable pelea entre Porcel TV y Sin Filtros) o de polémica de baja estofa. Hablar de esta batalla, en buena medida ficticia, sirve para tener cinco minutos de atención, que sirven tanto para viejas estrellas que buscan relanzar su carrera, como para aspirantes a influencers; todos interesados en monetizar sus canales de redes sociales. Esa desesperación carente de contenido aburre, como aburrieron los realities en los 2000 o los pokémones. Esta manera de actuar se ha vuelto una excusa para desviar el debate razonado, la confrontación real de ideas y la discusión propia de la democracia, para llevarla al barro, a la guerra de declaraciones altisonantes, a la pelea de escupitajos. La guerra cultural es a la política lo que la comida rápida es a la cocina: en algún momento puede sentirse bien, pero quien vive de ella va a terminar como Morgan Spurlock, protagonista de Super Size Me, tan intoxicado que podía comer a duras penas.
Es que los impulsores de la guerra cultural no entienden que se avanza más en la propia agenda al promover cambios en áreas menos vistosas, esas que no dan para un video en YouTube con un título llamativo ni para llenarse de likes y comentarios. El poder, el verdadero poder, está en lugares más escondidos, que exigen más trabajo para llegar, no solo reels o tuits afilados. Por ejemplo, en la discusión sobre el tamaño del Estado, los generalillos de la guerra cultural querrán pasar una motosierra (o algún instrumento similar, ojalá rápido y sangriento), mientras que el verdadero trabajo para hacerlo más eficiente pasa por entender bien las áreas donde falla, donde se malgastan recursos, donde hay cuellos de botella, qué trámites vuelven imposible que ciertos proyectos avancen. Ambos caminos requieren decisión, pero solo uno es capaz de traducirla en cambios concretos.
Las izquierdas en Chile y el mundo necesitan —desean con ansias, en rigor— que exista una ultraderecha que calce con sus descripciones. Es el enemigo que más les acomoda, al cual pueden cargarle todos los males habidos y por haber, todos los retrocesos civilizatorios que se les ocurran. Y temo que, en este esfuerzo por mostrar quién es el más duro, un grupo no menor de republicanos y libertarios termine dándoles en el gusto, alimentando la espiral agotadora de ultrones de un lado y otro, azuzando el pesimismo y volviendo a la política cada vez más impotente.
EL PAÍS
