Es sábado 17 de agosto de 2024. Cerca de las ocho de la noche. Un grupo de artistas se prepara para el show de la noche de Andrés Carne de Res de Chía, la sede principal de este mítico restaurante colombiano. Reciben muy pocas instrucciones sobre lo que se hará en escena en esta actuación con fuego, pero están acostumbrados. No es la primera vez que improvisan los sketches. Pero esta vez sale mal. Pocos minutos después de encender las antorchas, las llamas lo inundan todo. La falda de fique de Laura Daniela Villamil arde en pocos segundos y se le pega a la piel. Todo pasó rápido: los gritos de la gente, el extintor que nadie sabía usar, los comensales exclamando que se tire al suelo y ruede… Han pasado dos años y el recuerdo es aún insoportable. La artista sobrevivió casi de milagro, con más del 80% de su cuerpo quemado. Un mes en coma, una traqueotomía, varias bacterias y casi medio centenar de cirugías después, se propuso sanar “mental y psicológicamente”. “Soy mucho más que la chica que se quemó en aquel restaurante”, dice.
Tras dos años del fatal incidente, un mes en coma y más de 40 operaciones, la bogotana busca sanar mental y psicológicamente de la noche en que se quemó el 80% de su cuerpo
Es sábado 17 de agosto de 2024. Cerca de las ocho de la noche. Un grupo de artistas se prepara para el show de la noche de Andrés Carne de Res de Chía, la sede principal de este mítico restaurante colombiano. Reciben muy pocas instrucciones sobre lo que se hará en escena en esta actuación con fuego, pero están acostumbrados. No es la primera vez que improvisan los sketches. Pero esta vez sale mal. Pocos minutos después de encender las antorchas, las llamas lo inundan todo. La falda de fique de Laura Daniela Villamil arde en pocos segundos y se le pega a la piel. Todo pasó rápido: los gritos de la gente, el extintor que nadie sabía usar, los comensales exclamando que se tire al suelo y ruede… Han pasado dos años y el recuerdo es aún insoportable. La artista sobrevivió casi de milagro, con más del 80% de su cuerpo quemado. Un mes en coma, una traqueotomía, varias bacterias y casi medio centenar de cirugías después, se propuso sanar “mental y psicológicamente”. “Soy mucho más que la chica que se quemó en aquel restaurante”, dice.
Habla del “restaurante” porque es demasiado doloroso incluso nombrarlo. Tambien es una recomendación del equipo de psicología y psiquiatría, con los que ha venido trabajando en sí misma desde que despertó del coma y aprendió a hacerlo todo por segunda vez: tragar, andar, sentarse, ir al baño, vestirse… “Me he dado cuenta de lo muy por sentadas que damos las cosas del día a día. La vida te puede cambiar en apenas un segundo”, reflexiona.
Así le sucedió a ella. Minutos después del incendio, se la llevaron en una camilla a una clínica en Chía y luego al hospital Santa Fé de Bogotá, especializado en quemaduras. Villamil recuerda que le extrañó no sentir dolor. Pensó que era la propia adrenalina del cuerpo, pero las enfermeras le explicaron que cuando se pierde la epidermis y la quemadura llega a tejidos más profundos, deja de doler por la pérdida también de las terminaciones nerviosas. Le colocaron la mascarilla de oxígeno y le hicieron una promesa: te vamos a cuidar. “Yo alcancé a pedirles que me cuidaran bien”, dice tímida. “Pero sólo me preguntaba: ¿por qué a mí? ¿Por qué a mí?”. Un mes después despertó del coma y vio a su padre aún borroso. “Lo mejor del mundo”.

Con el 20% de piel que no se dañó, han ido realizándole más de 40 injertos y otras cirugías, para recuperar movilidad. En otros casos, fueron de zonas donantes. Del cuello cabelludo a los muslos, las manos o el rostro. “No era muy chévere porque sentías cómo te apretaban las heridas mucho. En el camino nunca estuve sola, eso hizo toda la diferencia”, explica. “Ahora yo siento muy diferente a los demás. Si hace mucho frío, me atrofia y el calor me da piquiña”.
Villamil celebra todo lo positivo que ha llegado a su vida a raíz de aquel fatídico sábado. Lo primero, cuenta, es haber encontrado la fe. Ahora es misionera de la Virgen de Schoenstatt y un hombro sobre el que se apoyan decenas de personas en Colombia que vivieron episodios igual de traumáticos. “Es muy diferente que te lo cuenten y acompañes con amor que el que te lo cuenten y sepas perfectamente a lo que se refieren”, cuenta. Los desgarros en la piel al intentar pararse o las primeras comidas de compota azul -para realizar pruebas posteriores y ver que la comida no llegó a los pulmones-, los comentarios desafortunados de la gente… “Aunque parezca mentira, eso es a veces incluso lo más doloroso”. Esta colombiana, de mirada y sonrisa dulce, responde bajo un paraguas que la cubre del sol y envuelta en una camisa de mangas largas que apenas dejan ver las cicatrices.
“Me reconocen por la calle y muchos quieren saber el chisme con el restaurante o ver cómo quedó mi piel. Hay mucho voyerismo después de algo como lo que me pasó a mí. Aceptar mi cuerpo es algo muy complejo. Pero yo no es que no salga en manga corta por mi, lo hago por ellos. La gente no está preparada para ver un cuerpo distinto, lleno de cicatrices”, lamenta. La tristeza en el rostro de Villamil dura apenas unos segundos. Enseguida, cambia el foco y se pregunta: “¿Es mejor esto o que te hubieran amputado un brazo o una pierna como le ha pasado a otros?“. Y añade: ”No celebro lo que me pasó, pero sé que pasó por algo. No quiero sonar vanidosa, pero soy el referente de muchos jóvenes. Y si puedo servir para acompañarlos, ya es mucho».
El incendio fue un antes y después en su vida. Pero se niega a que eso la defina. Hace poco más de dos años, vivía del arte. Era maestra en artes escénicas con énfasis en actuación en un colegio de Chía en las mañanas y en las noches trabajaba en el restaurante. Llevaba una vida llena de movimiento y actividad. “Como artista estamos acostumbrados a ir y venir. A no parar”, cuenta desde un parque al sur de la ciudad, donde vive con su hermano. Se acomoda en un banco con un cojín acolchado que le alivia el escozor del contacto con la piel y la piedra. “Ahora mi ‘movimiento’ es muy diferente al de antes”. Su agenda es, aún hoy, una concatenación de terapias, citas médicas y cirugías. Ella suspira y sonríe agradecida. “Aunque yo no vea tantos resultados como a mí me gustaría, sé que estoy avanzando. Nadie creería hace dos años que iba a estar así ahora”, narra. “Nadie creería que viviría”.
Aprendió a acotar las metas a logros diarios. Sigue queriendo enamorarse y formar una familia, pero también sueña con volver a montar en bicicleta, bailar o sacarse el curso de conducción. Y aunque hay días que “no me puedo ni parar de la cama”, tiene muy claro que la recuperación va a llevar un tiempo. “Mi piel no va a ser nunca más del color de la piel de Laura. Es diferente. A veces me pongo medias de compresión y me da seguridad”, explica. Pero la carrera de fondo la tiene clara. “Estoy aprendiendo a amar este nuevo cuerpo. Y a estar agradecida de que lo tengo, que aquí estoy”.
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