Ni dos días después de perder la segunda vuelta frente a Luiz Inácio Lula da Silva, Flávio Bolsonaro huyó de Brasil. Lo hizo pese a que el juez Alexandre de Moraes le había ordenado entregar sus pasaportes y le había prohibido marcharse. O precisamente por eso. Viajó a Estados Unidos con su mujer, Fernanda, y sus dos hijas. Según ha confirmado este martes un portavoz del Departamento de Estado, Estados Unidos emitirá visados para los cuatro.
Washington ha servido de retaguardia al expresidente y a sus hijos. Flávio, bajo investigación y con los pasaportes cancelados, vuela hacia allí mientras Eduardo opera desde Texas el ‘lobby’ de la ultraderecha brasileña
Ni dos días después de perder la segunda vuelta frente a Luiz Inácio Lula da Silva, Flávio Bolsonaro huyó de Brasil. Lo hizo pese a que el juez Alexandre de Moraes le había ordenado entregar sus pasaportes y le había prohibido marcharse. O precisamente por eso. Viajó a Estados Unidos con su mujer, Fernanda, y sus dos hijas. Según ha confirmado este martes un portavoz del Departamento de Estado, Estados Unidos emitirá visados para los cuatro.
Lula calificó de “vergüenza” la fuga, cuya logística investiga la Policía Federal. “La familia Bolsonaro es así. Brasil es su segunda nación; EE UU es la primera”. El Supremo investiga al senador por presunto lavado de dinero junto a su amigo, el abogado Willer Tomaz, en un supuesto esquema que incluye casas de apuestas deportivas. Ambos niegan ser socios y cualquier irregularidad.
El hermano del candidato presidencial, Eduardo Bolsonaro, dejó caer esta posibilidad el pasado 23 de octubre, dos días antes de la segunda vuelta, en un podcast estadounidense: “Si mi hermano no gana, estoy a favor de que deje el país, con toda seguridad”. Pero en la víspera, en un vídeo en sus redes, Flávio Bolsonaro había asegurado que no se iría. “Nunca pensé en salir del país”, dijo. “Voy a entregar mis pasaportes y a defenderme de esta aberración, que es un claro intento de intimidarme”. Prometía además organizar y liderar la oposición a Lula él mismo.
El viaje de Flávio repite un camino que la familia conoce bien. Jair Bolsonaro voló a Orlando el 30 de diciembre de 2022 en un avión de la Fuerza Aérea, dos días antes de entregar el poder. Allí estaba cuando sus seguidores asaltaron las sedes de los tres poderes en Brasilia, el 8 de enero. Se alojó en la casa del exluchador de artes marciales José Aldo, cerca de Disney World, y los fotógrafos lo cazaron comiendo solo en un KFC. Bajo la Administración de Biden no hubo amparo, apenas tolerancia. Su visado de jefe de Estado caducaba a los 30 días de dejar el cargo, así que pidió uno de turista y 41 congresistas demócratas reclamaron que se le retirara. Volvió a Brasil en marzo de 2023 en un vuelo comercial, y lo que siguió fue su propio derrumbe. En junio de ese año, la justicia electoral lo inhabilitó hasta 2030 y, en septiembre de 2025, el Supremo lo condenó a 27 años y tres meses de cárcel por intento de golpe.
Eduardo, el tercero de los hijos del expresidente, se marchó a comienzos de 2025, cuando aún era diputado federal. Se instaló en Texas, anunció que se apartaba del escaño y se dedicó a buscar en Washington apoyo para su padre, aunque fuera a costa de medidas que perjudicaban a Brasil. Su campaña dio frutos. A mediados de 2025, Trump impuso un arancel del 50% a algunas exportaciones brasileñas y sanciones financieras contra Moraes. El republicano exigía el cese de la “caza de brujas” contra el expresidente Bolsonaro. Eduardo reconoció a Reuters que había pedido sanciones contra el juez y su familia, y que dejaba los aranceles como “último recurso”. Lula, que se plantó ante Trump, los llamó “traidores”, a él y a su padre.
A finales de 2025, tras varios contactos entre ambos presidentes, Washington rebajó los aranceles y levantó las sanciones contra Moraes, pero el canal de Eduardo siguió abierto. A comienzos de 2026, el Departamento de Estado nombró asesor sénior para Brasil a Darren Beattie, amigo del hijo de Bolsonaro y crítico declarado de Moraes. En marzo, días antes de una visita que tenía prevista a Jair Bolsonaro en prisión, Brasilia le revocó el visado porque, según el Gobierno brasileño, mintió sobre el propósito del viaje.
En junio de 2026, el Supremo condenó a Eduardo a cuatro años y dos meses de cárcel por coacción en el proceso contra su padre. El tribunal concluyó que había presionado al Gobierno de Trump para que sancionara a Brasil con el fin de influir en el juicio contra el expresidente. Un mes después, Washington le concedió la green card. Paulo Figueiredo, aliado de la familia y antiguo socio de Trump, dijo entonces a Folha de S. Paulo que Eduardo quedaba protegido por la Constitución estadounidense y que cualquier acción contra él podría acarrear nuevas sanciones.
La red de amparo alcanza también al entorno del clan. Alexandre Ramagem, que dirigió desde 2019 la Agencia Brasileña de Inteligencia (Abin) en el Gobierno de Bolsonaro, también se refugió en Florida. Había sido condenado en septiembre de 2025 en el mismo proceso que el expresidente. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) lo detuvo en Orlando el 13 de abril de 2026, con una solicitud de asilo pendiente según su entorno, y lo liberó a los pocos días. Brasil reclama su extradición.
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