El fantasma de la inteligencia artificial recorre el mundo, coloniza cada vez más espacios, se cuela en nuestras interacciones cotidianas, guía nuestras decisiones. En pocos segundos, podemos tener respuestas a preguntas difíciles, explicaciones sobre temas elaborados, orientaciones para comprar, estudiar o escribir. Se habla de una profunda revolución cultural, económica y laboral. El tema es de tal relevancia que la primera encíclica del Papa León XIV la tiene como objeto de reflexión. A diferencia de muchos insignes opinantes de la plaza, todavía no termino de leerla. La encíclica, en todo caso, mira sobre todo la dignidad de la persona y el trabajo. Lo que aquí me interesa es otro desafío: qué le hace la IA a la política misma, a la deliberación y la representación.
La buena deliberación política no se limita a negociar ni a un “yo te doy, tú me das”. Bien llevada, puede hacer aparecer cosas nuevas que ningún participante consideraba posibles en un inicio. Reforzar la búsqueda de ese espacio debiera ser la tarea de nuestros legisladores
El fantasma de la inteligencia artificial recorre el mundo, coloniza cada vez más espacios, se cuela en nuestras interacciones cotidianas, guía nuestras decisiones. En pocos segundos, podemos tener respuestas a preguntas difíciles, explicaciones sobre temas elaborados, orientaciones para comprar, estudiar o escribir. Se habla de una profunda revolución cultural, económica y laboral. El tema es de tal relevancia que la primera encíclica del Papa León XIV la tiene como objeto de reflexión. A diferencia de muchos insignes opinantes de la plaza, todavía no termino de leerla. La encíclica, en todo caso, mira sobre todo la dignidad de la persona y el trabajo. Lo que aquí me interesa es otro desafío: qué le hace la IA a la política misma, a la deliberación y la representación.
La IA, junto con la masificación de las redes sociales, remueve los fundamentos de la actividad política y de toda mediación. Si tengo todo el conocimiento del mundo a mi alcance y no necesito de otros para expresar mis intereses, ¿qué sentido tiene contar con representantes que lo hagan lejos de mí, teniendo el poder entre mis dedos?
Frente a estos cuestionamientos y al cambio cultural que trae consigo, la actividad política no puede seguir siendo la misma. La tentación es inyectar IA a la deliberación como sea, ser más tecnológicos, más pantallas, más ruido, rendirse a la desintermediación. Quizás la salida esté en otro lugar: en los orígenes mismos de la política. Antes de las estructuras de gobierno, antes del Estado moderno, antes incluso de la escritura y la ley publicada, había política. Y la había por la necesidad humana de coordinar la acción colectiva, de conducir a la comunidad hacia algún lugar por determinar.
Útil como es, la IA no puede reemplazar ese núcleo fundante de la política. Puede procesar cantidades de datos que escapan a nuestra capacidad, e incluso relacionar temas que no habríamos imaginado. Pero no puede reemplazar la deliberación pública, porque la deliberación no se reduce a sumar voluntades o votos. La IA puede adjudicar entre opciones dadas, pero la política no trabaja con opciones dadas. Su trabajo comienza por definir cuáles opciones merecen estar sobre la mesa. El mismo reparo que tenemos frente a los jueces con demasiado poder vale aquí. Alguien termina decidiendo sin que la comunidad haya definido el problema.
La buena deliberación política no se limita a negociar ni a un “yo te doy, tú me das”. Bien llevada, puede hacer aparecer cosas nuevas que ningún participante consideraba posibles en un inicio. Reforzar la búsqueda de ese espacio debiera ser la tarea de nuestros legisladores, incluso en tiempos en que la democracia está en crisis, o justamente por eso. Eso exige también pensar en mecanismos que permitan que esa deliberación ocurra, que los conflictos se expresen dentro de las instituciones y que de ahí salgan resultados eficaces. Esa fue la oportunidad desperdiciada en los fracasos constituyentes chilenos. Con ellos, se fue la oportunidad de diseñar instituciones capaces de procesar este tipo de conflictos.
Hay algo ineludible en la relación primordial que tenemos con la IA, y lo es aún más para la política. Frente a la interfaz de nuestro LLM (agentes de grandes modelos de lenguaje) favorito aparece un recuadro blanco en el que tenemos que escribir una pregunta, decir algo, pedir algo. En la vida y en la política, ese espacio en blanco todavía reclama una acción, individual o colectiva, un acto de creatividad que no ha sido ni será reemplazado. Cuando se trata de la vida en común, no podemos olvidar quién escribe el prompt, con la aspiración de que sea un nosotros; una voz multívoca, atravesada por el conflicto, pero común al final.
Hace más de medio siglo, Martin Heidegger cerró su ensayo sobre la técnica con una línea que se puede leer como advertencia: el preguntar es la devoción del pensar. Sirve igual para la convivencia. Mientras la técnica nos inunda de soluciones inmediatas, nos interpela el gesto que ninguna máquina cumple por su cuenta, el de interrogarnos qué nos ocurre, qué tememos, qué nos debemos unos a otros. Esa interrogación abierta, dicha en voz alta y con otros, es lo primero que hacemos al gobernarnos, y lo más difícil de delegar. Mientras haya quienes insistan en preguntar, habrá alguna luz para nuestros pueblos.
EL PAÍS
