Nunca tantos colombianos se habían santiguado tanto, y nunca todos a la vez. Este viernes, mientras Abelardo de la Espriella pronunciaba su primer discurso como presidente, sus fieles vibraban y rezaban al mismo tiempo. En el centro de prensa habilitado en Cali, varios de los presentes —colaboradores de medios cristianos, canales afines al nuevo Gobierno o activistas provida, más que periodistas— prefirieron santiguarse ante la pantalla antes que tomar notas. “Amén”, “esto es un milagro”, “ay, pero mírale qué lindo”, susurraban, mientras el mandatario prometía una nueva era de “orden, libertad y autoridad”.
Nunca tantos colombianos se habían santiguado tanto, y nunca todos a la vez. Este viernes, mientras Abelardo de la Espriella pronunciaba su primer discurso como presidente, sus fieles vibraban y rezaban al mismo tiempo. En el centro de prensa habilitado en Cali, varios de los presentes —colaboradores de medios cristianos, canales afines al nuevo Gobierno o activistas provida, más que periodistas— prefirieron santiguarse ante la pantalla antes que tomar notas. “Amén”, “esto es un milagro”, “ay, pero mírale qué lindo”, susurraban, mientras el mandatario prometía una nueva era de “orden, libertad y autoridad”. Seguir leyendo
Nunca tantos colombianos se habían santiguado tanto, y nunca todos a la vez. Este viernes, mientras Abelardo de la Espriella pronunciaba su primer discurso como presidente, sus fieles vibraban y rezaban al mismo tiempo. En el centro de prensa habilitado en Cali, varios de los presentes —colaboradores de medios cristianos, canales afines al nuevo Gobierno o activistas provida, más que periodistas— prefirieron santiguarse ante la pantalla antes que tomar notas. “Amén”, “esto es un milagro”, “ay, pero mírale qué lindo”, susurraban, mientras el mandatario prometía una nueva era de “orden, libertad y autoridad”.
Colombia se adentra desde el viernes en un experimento político que promete un resultado nuevo con ingredientes más que conocidos. De la Espriella dejó clara, desde la primera frase, cuál será la brújula de su Gobierno: Dios. Y quién ejecutará sus decisiones: los militares. También quién le inspirará: Estados Unidos. Sus simpatizantes, la nueva y vieja derecha, amplifican las enormes expectativas generadas, mientras la izquierda se lleva las manos a la cabeza ante lo que interpretan como un regreso al pasado. Unos ven progreso, otros retroceso.
El nuevo mandatario, que ganó las elecciones presentándose como un outsider, promete imprimir el trumpismo en el país, cambiar las negociaciones de paz por disparos y acabar con otro mal endémico en la región: la corrupción. “La Patria Milagro” lo llama.
En solo unas horas como presidente, De la Espriella reconoció la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, trasladó presos involucrados en los diálogos con el gobierno, anunció la declaración como “terroristas” de varias organizaciones para dar más margen de acción militar, prometió eliminar el impuesto al patrimonio que pagan los más ricos, dar espacio a la iniciativa privada, acabar con el supuesto adoctrinamiento en las aulas y congelar inmediatamente el gasto público. “Debemos poner la casa en orden”, dijo.
La posesión se dividió en dos actos sin un solo renglón torcido. Todo estaba pensado para escenificar mensajes. En el auditorio, entre 2.500 personas y diez jefes de Estado, De la Espriella apenas pronunció cuatro palabras —“Firmes por la Patria”— antes de ceder el atril a un rabino, un pastor evangélico, un sacerdote y un obispo católico, uno detrás de otro.
La segunda ceremonia, la que de verdad le importaba, se desplazó a un batallón militar: ahí llegó el mensaje sobre la lucha contra el crimen, la promesa de un país nuevo como si fuese el primero en intentarlo y el de trabar la misma batalla que lleva años en ciernes en todo el mundo: disputarle a la izquierda su discurso.“Mi Gobierno librará la batalla cultural para recuperar el valor de la familia, el mérito, la disciplina, el respeto por la ley, el amor por la patria, la creencia en Dios y la responsabilidad individual”, dijo, antes de recorrer las tropas a bordo de un vehículo militar.
El presidente llegó al poder por menos de un punto porcentual, lejos de la victoria arrolladora a la que aspiraba, y ha insistido en que gobernará para todos los colombianos. “Nadie será perseguido por pensar distinto, ni privilegiado por respaldar al Gobierno”, dijo, mientras la izquierda replegaba las manifestaciones convocadas contra él en varias ciudades con muy poca repercusión. Está aún por ver cómo De la Espriella maniobra en un país dividido casi por la mitad. Y cómo gobierna no solo para los que nunca le votarían sino para esos “nunca” históricamente despreciados por la élite del país.
Las trincheras ya han comenzado a levantarse. Salvación Nacional, el partido que avaló su candidatura y que debuta con una bancada de cuatro congresistas, eligió como uno de sus primeros gestos respaldar un proyecto para modificar la Constitución y proteger la vida “desde la fecundación”, con la mira puesta en revertir la despenalización del aborto que la Corte Constitucional consolidó en 2022. Es el mismo guion que gobiernos de derecha —Brasil, El Salvador, Argentina, Estados Unidos— han resucitado en otros países.
Su gabinete también deja ya algunas pistas. Hay paridad entre hombres y mujeres, pero ninguna voz afrocolombiana, indígena o campesina, las que Gustavo Petro sí visibilizó. Y sus ministros destacados son parte de los de siempre, cuadros que varios analistas describen como un regreso al Gobierno de Iván Duque pero con un envoltorio más actual. Hacienda, por ejemplo, quedó en manos de la familia Gómez, descendencia directa de Laureano Gómez, símbolo histórico de la derecha conservadora. “Cuando en ese gabinete no hay una sola voz afrocolombiana, indígena o campesina, lo que interpretan millones de colombianos es que vuelven a ser invisibles”, advirtió Luis Gilberto Murillo, el primer y único excanciller afrodescendiente del país. “Se vuelve a aplicar la fórmula de lo que no ha funcionado”, criticó.
A pesar de las promesas luminosas de un nuevo destino, hay mucho de pasado en el nuevo Gobierno. En su discurso, al menos, los referentes fueron viejos conocidos de la derecha colombiana de los últimos 50 años, la que ha gobernado el país la mayor parte de su historia. El presidenteque prometió romper con el establishment alabó a Álvaro Uribe, por su gestión de la seguridad —la misma que dejó al menos 7.837 civiles asesinados por el Ejército y presentados como guerrilleros muertos en combate para inflar resultados—, y a Álvaro Gómez Hurtado, el histórico dirigente conservador asesinado en 1995, un crimen reconocido por las FARC.
Meticuloso y astuto, todo parece apuntar que De la Espriella controlará el mensaje, como ya hizo durante su campaña electoral. “El márketing es tan importante como los resultados”, repitió hace unos días su estratega y amigo Carlos Suárez.
De momento su relación con los medios será al estilo de Donald Trump y muy distinta al modelo Petro, en el que el presidente marcaba los temas compulsivamente desde su cuenta de X, pero todos sus ministros eran bastante accesibles a los periodistas.
El Gobierno De la Espriella tendrá una portavoz oficial y limitará las apariciones públicas de sus subordinados. “Nuestra meta es que se pueda lograr todo lo que queremos para la Patria Milagro y los periodistas no tendrán tanto acceso”, adelantó la jefa de comunicaciones del presidente María Fernanda Sandoval. “Pero nosotros todo el tiempo estaremos mandando comunicados, imágenes y videos de todo lo que está pasando”. De momento le funciona. Mientras Petro salió de forma fulminante de la agenda, el nuevo presidente y todos sus mensajes, símbolos y promesas ya monopolizan la conversación.
Pocas horas después de que la imagen de De la Espriella con su barba perfectamente recortada y la banda presidencial sobre su hombro derecho diese la vuelta al mundo, Estados Unidos hacía un anuncio importante. El Departamento de Estado ofrecía un paquete de 1.000 millones de dólares para respaldar la nueva estrategia de seguridad: erradicación de coca, guerra contra las drogas y el narco y la adhesión de Colombia al Escudo de las Américas. Un encaje perfecto para ocupar el lugar que Washington ya le tenía reservado.
EL PAÍS
