Los demócratas aún surfean eufóricos la ola azul que recorrió el martes Estados Unidos. Una fuerza que permitió al partido recuperar el control total del Congreso y propinar una derrota histórica al presidente Donald Trump en las elecciones de medio mandato. Pero tras la dulce victoria, muchos se preguntan: ¿y ahora qué? ¿Y cómo contraatacará la Administración republicana?
Trump coquetea con vetar las medidas de sus rivales; la nueva mayoría, con investigaciones a los miembros del gobierno
Los demócratas aún surfean eufóricos la ola azul que recorrió el martes Estados Unidos. Una fuerza que permitió al partido recuperar el control total del Congreso y propinar una derrota histórica al presidente Donald Trump en las elecciones de medio mandato. Pero tras la dulce victoria, muchos se preguntan: ¿y ahora qué? ¿Y cómo contraatacará la Administración republicana?
La primera reacción de algunos demócratas fue exigir una rendición de cuentas al presidente Donald Trump, miembros de su familia y de su gabinete por los negocios con criptomonedas, con potencias extranjeras y los desmanes cometidos durante los dos primeros años de su segundo mandato.
Así que pocos se extrañaron cuando el congresista en representación de California, Robert García, publicó a través de sus redes sociales un escueto mensaje que decía: “Contraten abogados”. García se ha posicionado para presidir el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes y su mensaje es toda una declaración de intenciones. “Citaciones judiciales”, escribió también en X, el senador demócrata Ron Wyden (Oregón), que presidirá el influyente Comité de Finanzas.
Las ansias de revancha entre las filas demócratas chocan con la prudencia de sus líderes. Aún recuerdan cómo terminaron los dos intentos de impeachment a Trump en 2020 y 2021. Los juicios políticos fracasaron al no lograr la mayoría necesaria y el republicano se aprovechó de la atención recibida durante el proceso para alimentar su imagen de víctima. Una táctica que posteriormente le brindaría la energía para regresar a la competición electoral en 2024.
“El pueblo estadounidense no quiere que nos venguemos. Quieren que hagamos las cosas por ellos porque la vida es demasiado cara”, aseguró Hakeen Jeffries, el líder de los demócratas en la Cámara Baja, quien se convertirá en el nuevo presidente de la Cámara de Representantes. Jeffries insistió, durante una entrevista en Fox News, en que destituir a Trump no es una prioridad. “Desde el principio he dejado claro que nuestra máxima prioridad será reducir el alto costo de vida”, remarcó el líder de la minoría de la Cámara de Representantes en Fox News.
El veterano senador demócrata Chuck Schumer (Nueva York), que previsiblemente presidirá el Senado, valoró los resultados como una reacción de rechazo contra las políticas de Trump. “Nos ha dado a los demócratas la fuerza para contrarrestar a un aspirante a rey”, advirtió. Uno de los argumentos de los demócratas desde hace meses es que el presidente estadounidense tiene tics autocráticos. Han aprovechado el 250 aniversario de independencia de Estados Unidos para compararlo con un rey y jugar con el significado que tuvo el valor de los estadounidenses para separarse del régimen monárquico británico.
“Vamos a trabajar duro. Vamos a trabajar duro para reducir los costos, con el presidente o sin él. Punto”, afirmó Schumer, quien no quiso precisar si iniciarán un proceso de destitución contra Trump o investigaciones sobre sus colaboradores. “Estas son unas elecciones de cambio, y como demócratas de la Cámara de Representantes entendemos que debemos lograr un cambio radical”, declaró Jeffries, quien priorizó sobre todo acabar con la guerra contra Irán y combatir la crisis de la asequibilidad.
Los analistas, sin embargo, creen que en algún momento, el Congreso, dominado por los demócratas, iniciará una investigación sobre los turbios negocios de criptomonedas de la familia Trump, sus vínculos comerciales con países extranjeros, algunos casos que salpican a su gobierno o sobre su obsesión por dejar su impronta en los monumentos de la capital, a pesar de que algunos exceden sus competencias.
El mandatario ejerce de arquitecto jefe de Washington con algunos proyectos que traspasan sus competencias, como la construcción de un salón de baile en la Casa Blanca, la reforma del Kennedy Center, la instalación de un gigantesco arco del triunfo junto al cementerio de Arlington o un campo de golf junto al río Potomac, entre otros.
Hay dos personajes que tienen serias posibilidades de tener que pasar por el mal trago de someterse al escrutinio público de la Cámara: es el secretario de Defensa, Pete Hegseth, sobre el que ya hay una petición de impeachment para destituirlo, registrada por un compañero de partido, el republicano Thomas Massie, un libertario enfrentado a Trump y su gabinete. También hay registradas solicitudes de destitución contra el secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., y la secretaria de Educación, Linda McMahon, aunque, a diferencia de la de Hegseth, estas no prosperaron ante el bloque de la bancada republicana, que ahora ha perdido apoyos.
Otro de los personajes que podrían verse sometidos a una investigación es Elon Musk. El fundador de Tesla participó activamente en el gobierno de Trump durante los primeros meses. Se hizo cargo de la Oficina de Eficiencia Gubernamental (DOGE) a través de la que intentó recortar grandes capítulos de gasto público, pero cuya gestión apenas sirvió para despedir a miles de funcionarios de agencias federales esenciales para los derechos humanos, la protección del medio ambiente, la salud, etc., que no forman parte de la agenda MAGA de Trump. Así que es probable que Musk también sea objeto de escrutinio. Los demócratas también le piden explicaciones por el apagón de su red de satélites Starlink al ejército ucranio para dejarlos en desventaja y presionarlos a que acepten las condiciones del alto el fuego impuestas por Rusia.
El veto del pato cojo
El presidente estadounidense, Donald Trump, es, desde anoche, un gran pato cojo, como se conoce en la jerga política del país a los mandatarios que ya no pueden optar a la reelección y para quienes el reloj que marca su hora de salida ha empezado a correr. Pero aunque su capital político ha quedado drásticamente disminuido tras la avalancha demócrata del martes por la noche, aún cuenta con una serie de herramientas nada desdeñables para imponer su voluntad y su agenda. La primera de ellas, el derecho de veto.
El mandatario ha amenazado en varias ocasiones en las postrimerías de la campaña, y durante la noche electoral, con usarlo. La pasada noche, mientras casi cada recuento clave caía del lado demócrata, colgaba en su red social una imagen de su icónica gorra roja en la que la palabra “veto” sustituía a las iniciales “MAGA” (Make America Great Again, o Hacer Estados Unidos Grande De Nuevo).
El artículo 1, sección 7 de la Constitución, estipula que el presidente puede vetar los proyectos de ley aprobados por el Congreso antes de que lleguen a convertirse en ley. El Legislativo puede anular el veto, pero para eso necesita una supermayoría en el Senado, de sesenta votos, y de dos tercios en la Cámara de Representantes, de un total de 435 escaños.
El derecho de veto no permite al presidente modificar el contenido de la legislación. Pero, mediante la amenaza de usarlo, puede intentar forzar cambios en el proyecto de ley antes de que se redacte y se vote en ambas cámaras. Trump ha prometido vetar propuestas a diestra y siniestra durante un par de meses una vez que la nueva legislatura de mayoría demócrata llegue al Capitolio en enero. Después —calcula—, negociará con los rivales y “llegaremos a acuerdos”.
Una variante del veto que podría resultar especialmente dañina para los demócratas es el llamado “veto de bolsillo”. Esta modalidad se aplica si el presidente no firma un proyecto de ley en un plazo de diez días una vez que el Congreso se lo presenta. Si el Congreso concluye sus sesiones antes de ese periodo (porque inicie sus vacaciones de verano o por algún tipo de festivo en el calendario, por ejemplo) y el presidente no ha promulgado el proyecto de ley, esa medida muere. Este tipo de veto es particularmente efectivo: como los legisladores se encuentran ausentes, no pueden votar para anularlo.
Además del veto, Trump cuenta también con otras opciones para ejercer su poder sin necesidad de que el Congreso le dé su visto bueno. Por ejemplo, puede tomar decisiones de política exterior de manera unilateral. Negociar directamente con líderes extranjeros. O imponer aranceles, una de sus actividades favoritas durante su primer año de mandato.
Lo que no podría hacer en esos casos es declarar una guerra, una competencia que la Constitución estadounidense otorga al Congreso. O firmar y aplicar un tratado internacional, un paso en el que también necesita que los legisladores voten a favor para ratificarlo.
Lo más fácil para ambos poderes estadounidenses (el Ejecutivo de la Casa Blanca y el Legislativo en el Congreso) sería encontrar algún tipo de entendimiento y colaborar para aprobar medidas con el visto bueno de ambos. Algo que se ha hecho en el pasado -el presidente demócrata Bill Clinton tuvo que negociar con un Congreso republicano en 1995 para sacar adelante los presupuestos federales- aunque la polarización creciente ha ido convirtiendo lo que solía ser casi rutina en una excepción cada vez más infrecuente.
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