Sociedades abiertas, pero vacías. Sociedades dinámicas, pero anémicas de pensamiento y crítica. Sociedades anestesiadas de interés particular y egoísta. Democracias amenazadas por populismo indolentes, acríticos y manipuladores. Lealtad en política, lealtad política, lealtad a un país. Pero ¿debe la lealtad abrazar también el ideario de un partido en todos sus extremos? ¿Qué entendemos por lealtad? ¿Qué es, qué significa? Lealtad no significa imposición ni acriticismo. La lealtad no exige una comunión de ideas indefectible. Exige respeto, tolerancia. Principios y axiomas. El silencio no es un arma explícita de la lealtad, sí una manifestación. Lealtad y democracia pueden y deben convivir. Pero la segunda está por encima de la primera.
Hoy la democracia parece secuestrada por los partidos, ciertos lobbies y la manipulación de datos envenenados
Sociedades abiertas, pero vacías. Sociedades dinámicas, pero anémicas de pensamiento y crítica. Sociedades anestesiadas de interés particular y egoísta. Democracias amenazadas por populismo indolentes, acríticos y manipuladores. Lealtad en política, lealtad política, lealtad a un país. Pero ¿debe la lealtad abrazar también el ideario de un partido en todos sus extremos? ¿Qué entendemos por lealtad? ¿Qué es, qué significa? Lealtad no significa imposición ni acriticismo. La lealtad no exige una comunión de ideas indefectible. Exige respeto, tolerancia. Principios y axiomas. El silencio no es un arma explícita de la lealtad, sí una manifestación. Lealtad y democracia pueden y deben convivir. Pero la segunda está por encima de la primera.
Hoy la democracia parece secuestrada por los partidos y sus cúpulas pretorianas, pero también por ciertos lobbies y la manipulación de datos envenenados. Si esta premisa es válida, ¿por qué y cómo lo hemos consentido? Crisis institucional, colapso por sus entrañas morales, crisis de la democracia. Por pasividad, conformismo, por complacencia y ausencia de crítica. La democracia no es un oficio. Los partidos políticos, aquí y allende, han recortado sus alas: partidos de notables, partidos piramidales. Volvamos a las bases, a la piel, al pegamento político en la calle.
¿Dónde está el político? ¿Acaso será sustituible por la IA ante la debilidad de la democracia actual? ¿Podemos cambiar la democracia de la calle por la democracia de las urnas? Dinamicemos la vida interna de los partidos políticos -comportamientos, discursos, hechos y formas de actuar-, rompamos con inercias, con cadenas de jerarquía e imposición. Abramos la política a la sociedad, al debate, lejos de canibalizarla. No es la panacea, pero es el comienzo del cambio. Debemos ser conscientes de que hay que cambiar demasiadas cosas en múltiples sistemas políticos colapsados, abúlicos y ayunos de crítica. Menos hieratismo de las ejecutivas. Regeneración, sí, regeneración moral de la vida pública. Liderazgo, fortaleza, convicción, credibilidad y responsabilidad. Menos mercantilización de la vida política. Volvamos al civismo, a la cultura cívica, al viejo ideal republicano, res publicae, republicanismo que se ocupa de lo público. Son muchos los que se sienten profundamente decepcionados con los políticos. Y vacío este hueco, otros lo ocuparán con intereses sin duda más espurios.
Es el síntoma de la erosión de la confianza y la credibilidad. No hay líderes en estos momentos. Busquemos cada uno en nuestros países. Apenas los encontrarán. La corrupción ha hecho estragos. Su permisividad y aceptación por la sociedad es un cáncer. Propuestas, decálogos de ideas, iniciativas, diálogo. Hay que encauzar la sociedad civil al mismo plano que otros actores políticos y públicos. Despertemos como sociedad, con un latido de dinamismo, de compromiso. Nuestros jóvenes no quieren ser antisistema pese a que algunos políticos los han tachado de tales, incluso de golpistas. No hay más ciego que el que no quiere ver aun viendo.
No es hora del reproche mutuo y la indiferencia hiriente y mordaz. Tenemos que cambiar. Rompamos viejas inercias. Abramos puertas y ventanas. Cercanía, credibilidad, compromiso, confianza, coherencia, capacidad, competencia. Devolvamos la ilusión a la ciudadanía y a la política. Y por la política y lo público, no ahoguemos la vitalidad, la autocrítica, la renovación y la regeneración política (no solo de personas, también de ideas, soluciones, proyectos políticos). Euforia inane e inteligencia política no son precisamente compatibles. Y hay mucho de lo primero en todas y cada una de nuestras comunidades políticas.
Falta inteligencia, falta compromiso y, sobre todo, credibilidad. Pero estas son palabras vacías. Indiferencia, desprecio, soberbia y demagogia son, por desgracia, realidades bien tangibles y comprobables. Las mismas que han desafectado a muchos, que han desilusionado, descreído y alejado de lo público y lo político. Y lo que es peor, han caído en la polarización y fragmentación de la sociedad. Está triunfando una banal degeneración de los valores democráticos: la hojarasca que lo invade todo y no nos deja ver nítidamente, o quizá sea que nadie o pocos desean siquiera ver algo definitivamente.
Hemos petrificado sus pilares y cerrado con candado el futuro. Hemos ido más allá de las reglas de juego y sacralizado constituciones y leyes. Una vez más, hemos demostrado que somos quebradizos y al mismo tiempo huidizos del compromiso y la defensa de ideales sagrados como son la libertad, la igualdad y la justicia.
Rompamos el silencio cobarde y el cruzarnos de brazos resignadamente. Rompamos con la miopía voluntaria y la mentira tutelada. Indiferencia, el nuevo agnosticismo de la sociedad. La nueva claudicación de los tiempos posmodernos. Tiempos donde las redes sociales y la falta de pensamiento crítico domestican y domeñan cualquier discurso o posición que se salte el guardia rail de los discursos permisivos y aceptados con fórceps. Perdidos los valores, ausente la crítica, ayuna la reflexión y huérfanos de intelectuales, la indiferencia es el triunfo de un individualismo abusivo, egoísta y radical. La peor de las actitudes. Poco se puede esperar de una sociedad enferma, egoísta y hedonista.
¿Dónde está la sociedad civil? Despertemos. Limpiemos hojarasca y mentira. Es hora de que la sociedad civil se articule de verdad, que sea consciente de su fuerza moral y su ímpetu constructivo. No permitamos que la manipulen ni la amordacen con silencios. Desde el respeto, la tolerancia, la responsabilidad crítica. Es hora de que otros actores tomen también la palabra, propongan, oferten, alcen su voz. La palabra lo puede todo. Diálogo, acuerdos, compromisos. Defensa numantina y razonada de los valores democráticos, únicos constructores de la paz, la libertad y la igualdad, desde la pluralidad y la justicia.
EL PAÍS
