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  Política  Los Cien Mil Hijos de San Donald
Política

Los Cien Mil Hijos de San Donald

12 de marzo de 2026
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Si Santiago Abascal fuese el presidente del Gobierno de España, y la cumbre Shield of the Americas fuera, no solo americana, sino iberoamericana, y Donald Trump lo hubiese invitado a acudir junto a Nayib Bukele, Javier Milei o José Antonio Kast, Abascal —no cabe duda— habría ido. Y allá habría estado cuando Marco Rubio pidió permiso a Trump para hablar en español, y cuando Trump dijo: “No voy a aprender vuestro maldito idioma”, y otros comentarios jocosos y despreciativos de emperador hablando para sus sátrapas bananeros, como cuando el secretario de Guerra, Pete Hegseth, dijo “yo solo hablo estadounidense” (“I only speak American”). Y se hubiera reído, y hubiera aplaudido, como todos los demás. Habría llegado allí impulsado por los votos de un pujante movimiento ultranacionalista que venera al almirante Blas de Lezo, que se dice que decía que meaba siempre mirando hacia Inglaterra; que pregona que el Imperio español fue generador, civilizador de indios, y el inglés, depredador, genocida; que vocea a todas horas y en todos los soportes que puede su indignación furiosa contra la leyenda negra antiespañola, anglosajonamente pergeñada. Pero habría aplaudido, sí, y se habría reído con las gracietas del Nerón de la Casa Blanca, renombrador de golfos, borrador de la herencia hispana de esos Estados Unidos que Álvar Núñez Cabeza de Vaca ya estaba explorando un siglo antes de que los puritanos del Mayflower pusieran un dedo gordo del pie en las playas de Massachusetts. Porque así de paradójicas son las cosas de la ideología, de cualquier ideología.

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13 de marzo de 2026

 Para la derecha española, la nación puede importar mucho, pero a la hora de la verdad, lo que importa no es la nación, sino la clase  

Si Santiago Abascal fuese el presidente del Gobierno de España, y la cumbre Shield of the Americas fuera, no solo americana, sino iberoamericana, y Donald Trump lo hubiese invitado a acudir junto a Nayib Bukele, Javier Milei o José Antonio Kast, Abascal —no cabe duda— habría ido. Y allá habría estado cuando Marco Rubio pidió permiso a Trump para hablar en español, y cuando Trump dijo: “No voy a aprender vuestro maldito idioma”, y otros comentarios jocosos y despreciativos de emperador hablando para sus sátrapas bananeros, como cuando el secretario de Guerra, Pete Hegseth, dijo “yo solo hablo estadounidense” (“I only speak American”). Y se hubiera reído, y hubiera aplaudido, como todos los demás. Habría llegado allí impulsado por los votos de un pujante movimiento ultranacionalista que venera al almirante Blas de Lezo, que se dice que decía que meaba siempre mirando hacia Inglaterra; que pregona que el Imperio español fue generador, civilizador de indios, y el inglés, depredador, genocida; que vocea a todas horas y en todos los soportes que puede su indignación furiosa contra la leyenda negra antiespañola, anglosajonamente pergeñada. Pero habría aplaudido, sí, y se habría reído con las gracietas del Nerón de la Casa Blanca, renombrador de golfos, borrador de la herencia hispana de esos Estados Unidos que Álvar Núñez Cabeza de Vaca ya estaba explorando un siglo antes de que los puritanos del Mayflower pusieran un dedo gordo del pie en las playas de Massachusetts. Porque así de paradójicas son las cosas de la ideología, de cualquier ideología.

Nuestras ideas, explicaba el gran Stuart Hall, no son una construcción ingenieril, un mecano que se venga abajo si hay un tornillo mal apretado. Son sueños. En su humareda onírica caben la incongruencia, la paradoja, la fusión de contrarios. Se puede ser ultranacionalista y desnacionalizador; ha sido, de hecho, lo habitual en la historia, al menos en la española. Nadie podía acusar a Francisco Franco de nacionalismo español insuficiente, pero fue él quien, en 1953, vendió la soberanía del país a los trapaceros del 98, dejándoles instalar bases en las que había logias masónicas, iglesias protestantes y pubs de moral escasamente cristiana. Había ganado una Cruzada presentada como reedición de la Reconquista; como nueva expulsión de nuevos moros. La había empezado en Marruecos, con moros, y sus propagandistas habían ensalzado la Reconquista al revés, del Rif a Covadonga. En Proa se escribía en 1940 que “nuestra hermana África” es la “nueva Covadonga en donde se inicia la moderna Reconquista”; en 1964, todavía se habla de Ketama como “la nueva Covadonga” de la que surgieron los veinticinco años de paz del régimen. El Tebib Arrumi —seudónimo de Víctor Ruiz Albéniz—, uno de los cronistas más famosos del franquismo, había alabado a “los bravos marroquíes” que conquistaron Asturias. Y todo ello era, no un excepcional momento de incoherencia, sino un episodio más de una historia que incluye a los absolutistas de 1823 pidiendo una invasión francesa, la de los Cien Mil Hijos de San Luis, que entrara en España a acabar con los liberales. O a los germanófilos de 1914-1918, que ensalzaban a un káiser luterano que nos hundía los barcos e iba del brazo del Imperio otomano.

Nunca ha sido cierto que la derecha española prefiriera un país rojo que roto. La nación puede importar mucho, pero a la hora de la verdad, lo que importa no es la nación, sino la clase. Es marxismo vulgar, pero es marxismo cierto. A veces son muy complejas las cosas, pero a veces basta con un tuit para explicarlas, y que sobren caracteres. Augusto Pinochet era la mar de chileno, pero vendía el país a Estados Unidos mientras daba esquinazo al Frente Patriótico Manuel Rodríguez, organización antipinochetista que a punto estuvo de matarlo en 1986, y que llevaba el nombre de uno de los padres de la patria chilena. Kast, caudillo de sus herederos ideológicos, también corre hoy a prosternarse ante el Gran Jefe, junto a Milei, que ganó sus elecciones insultando a un Papa argentino, aseverando que le gustaba más Pelé que Maradona y reverenciando a Margaret Thatcher, la ogresa de las Malvinas, a quien el ayusismo también dedica una plaza, porque a ellos también les importa menos Gibraltar que echarle unas monedas más a la piscina del Tío Gilito.

Los patriotas pueden ser antipatriotas; y los antipatriotas, patriotas de facto. La patria, en 1823, era Riego, y los patriotas lo arrastraron dentro de una estera hasta el patíbulo en que lo ahorcaron en la plaza de la Cebada. La patria, en 1953, eran Claudio Sánchez Albornoz llevando dos relojes de pulsera en su exilio de Buenos Aires —la hora de Argentina y la de España— y Luis Araquistáin llorándose “una Numancia errante”, mientras Franco le decía aquí un amigo un siervo a Dwight Eisenhower. La patria, en 2026, es el Gobierno de Pedro Sánchez y Yolanda Díaz diciéndole no a Trump, mientras Feijóo y Abascal le dicen que sí.

Pablo Batalla Cueto es traductor y ensayista. Su último libro es La bandera en la cumbre (Capitán Swing)

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