La escena tenía su toque litúrgico: Lenny Kravitz caminando en el pasillo central del estadio GNP dando su mano al público y dejándose tocar mientras al unísono se escuchaba de manera repetida “Leeet looove ruuule” (que reine el amor). “Me siento en una iglesia, oremos”, dijo una asistente a su acompañante en la presentación estelar de este sábado en el primer día del festival Vive Latino 2026.
El músico estadounidense hizo de su presentación en el festival un ritual cercano a lo religioso en una jornada musical de ritmos y generaciones diversas
La escena tenía su toque litúrgico: Lenny Kravitz caminando en el pasillo central del estadio GNP dando su mano al público y dejándose tocar mientras al unísono se escuchaba de manera repetida “Leeet looove ruuule” (que reine el amor). “Me siento en una iglesia, oremos”, dijo una asistente a su acompañante en la presentación estelar de este sábado en el primer día del festival Vive Latino 2026.
El momento no dejaba lugar a dudas: entre los músicos que encabezaban el cartel del día, la presentación del rockero de 61 años, originario de Manhattan, marcaba la diferencia. Kravitz, declarado a sí mismo “ministro del rocanrol” en su canción homónima, Minister of rock ‘n roll, de 2004, elevó la potencia de lo que los asistentes habían escuchado hasta las 21.40 de la noche con un rock surgido a principios de los noventa que ahora suena a un clásico.

En la plancha del escenario principal era notoria una mayoría de público femenino, pero los gritos de euforia y la entonación de las canciones los lanzaban por igual hombres y mujeres. La experiencia pasó a otra escala sensorial cuando del escenario emanaban llamas de fuego hacia lo alto que podían sentirse en el rostro a varios metros de distancia como el calor de una fogata.
La atmósfera de un rock clásico provenía principalmente de la música: en la guitarra, el infaltable de la banda de Kravitz, Craig Ross (62 años), con sus rasgueos enérgicos, y en la batería Jas Kayser (24 años), cuyo aspecto de shorts vaqueros y pelo afro voluminoso se asemejaba al de Cindy Blackman, quien durante varios años acompañó al músico, con una fuerza imbatible en cada percusión. Pero también de los detalles, como las chamarras de cuero y los pedestales para los micrófonos, plateados y de base negra que se usaban en los años setenta.
A la jornada inicial del Vive Latino no le faltó variedad. De la banda española de post-punk Alcalá Norte al mexicano-estadounidense Cuco, de un estilo que mezcla R&B y lo-fi, la tarde fue protagonizada por músicos de distintas generaciones. En el caso de ambos, entre los más jóvenes. Enanitos Verdes —un clásico del rock latinoamericano que sobrevive a la muerte de su vocalista Marciano Cantero en 2022— y el gijonés Nacho Vegas, con su música entre el rock y el folk, entre los veteranos.

Al filo del atardecer, un grupo mexicano de reciente creación pero de integrantes con una trayectoria consolidada en el rock nacional fue la propuesta para los seguidores experimentados: Madreperla. Cecilia Toussaint en la voz, Alfonso André en la batería, José Manuel Aguilera en la guitarra, Federico Fong en el bajo, y Julián André —hijo de Toussaint y André— en las percusiones proclamaron el “nacimiento” de su banda durante su presentación. Su sonido evoca la unión armónica de los estilos de la vocalista, el baterista y el guitarrista en sus respectivas carreras: Toussaint como solista, André con Caifanes y Aguilera con La Barranca.
Con la noche llegaron los ritmos del colombiano Juanes, el Gran Combo de Puerto Rico —los creadores de la versión original en la que se inspiró Bad Bunny para su canción Nuevayol—, Los Amigos Invisibles, de Venezuela, y el hip hop de tono social de Cypress Hill. Los mexicanos Enjambre, Maldita Vecindad y Moenia agruparon a una gran cantidad de seguidores en sus respectivas presentaciones.







Los organizadores del festival esperan por cada día un promedio de 75.000 asistentes, con lo que alcanzarían alrededor de 150.000 en total. La mezcla de generaciones es notoria entre el público: desde los jóvenes de 20 años, o menores, hasta las personas de 50 a 60 años, aunque es evidente que la mayoría del público oscila entre los 20 y los 40 años en promedio.
A ras de tierra, el Vive Latino se respira desde las calles cercanas al GNP, donde los conocedores se ambientan con unas cervezas que cuestan un tercio del precio que encontrarán en el festival —la más barata por 200 pesos en el recinto— en comercios de colonia. Ya dentro, en el olor esporádico pero persistente a marihuana en las zonas con más aglomeraciones. Son parte también de la experiencia: las caminatas interminables para ir de un escenario al otro, el cansancio cuando anochece, encontrar el mejor lugar para ver y plantarse ahí, las lágrimas y los gritos durante las presentaciones, el deambular de los alcoholizados y hasta los niños en carriola.
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