Pese a su enorme sombra en la historia reciente, subestimamos al miedo. Las elecciones en Sudamérica, con el triunfo en los últimos años de sujetos de extrema derecha, que no esconden su violencia y que escenifican una política de la crueldad, son un ejemplo. Bolsonaro, Milei, Kast, de la Espriella, y ahora, Keiko Fujimori, parecen abrevar de miedos parecidos.
Pese a su enorme sombra en la historia reciente, subestimamos al miedo. Las elecciones en Sudamérica, con el triunfo en los últimos años de sujetos de extrema derecha, que no esconden su violencia y que escenifican una política de la crueldad, son un ejemplo. Bolsonaro, Milei, Kast, de la Espriella, y ahora, Keiko Fujimori, parecen abrevar de miedos parecidos. Seguir leyendo
Pese a su enorme sombra en la historia reciente, subestimamos al miedo. Las elecciones en Sudamérica, con el triunfo en los últimos años de sujetos de extrema derecha, que no esconden su violencia y que escenifican una política de la crueldad, son un ejemplo. Bolsonaro, Milei, Kast, de la Espriella, y ahora, Keiko Fujimori, parecen abrevar de miedos parecidos.
En el Perú, la victoria de la hija del exdictador, Alberto Fujimori, es un hecho. Para nadie es un secreto su vínculo con grupos de interés autoritarios, que controlan economías y tráficos, en un arco que une lo legal e ilegal. Su desprecio a las formas democráticas tampoco se oculta, al contrario, se exhibe.
¿Por qué se elige a alguien que no oculta su violencia? En las semanas alrededor de la jornada electoral, el fujimorismo ha ejercido su poder, ya que, de facto, gobierna el país desde el Congreso. Ha legislado para tener una nueva ley de amnistía, para dar más poder a la policía, para controlar el poder judicial, para perseguir periodistas. Estas acciones son visibles. No han sido maquinaciones secretas que aguardan una proclamación para efectuarse.
A nadie se le escapa que, con estas elecciones, se le está dando más poder a quien ya lo tiene y lo usa de manera abusiva. Un sujeto temible. ¿Qué temores pueden ser mayores, que lo hacen preferible?
En el Perú, la pesadilla no pertenece al reino onírico. Entre 1980 y 2026 se sucedieron momentos de violencia extrema, epidemias, miseria, caos político y regímenes autoritarios. Al menos cuatro generaciones interiorizaron el temor no a los problemas de la vida contemporánea, sino a la tragedia. Un modo de habitar el mundo como testigos y sobrevivientes.
El pasado es todo lo sufrido. Un tiempo de extrema vulnerabilidad donde no se tuvo agencia para controlar casi nada, ni el país, ni la propia vida. Está plagado de hechos traumáticos, imposibles de elaborar: coches bomba de Sendero Luminoso, masacres militares, fosas, represión. Cristalizados en la memoria, estos eventos no envejecen. Forman un paquete completo, tan destructivo, que, al invocarse, se enfatizan sus efectos y se “olvidan” a sus autores.
Los grupos de poder, los medios de comunicación corporativos, los personajes de las nuevas derechas, vinculan en sus discursos el tiempo pasado con un bloque que integra la violencia política, las luchas ciudadanas y las militancias de izquierda como un único “mal”. Esta amenaza imaginada, no por ser una fantasía deja de ser vivida de modo intenso, liberando pulsiones racistas y machistas que, en tiempos menos agitados, suelen reprimirse.
Este miedo es compartido por vastos sectores populares, que lo viven como pérdida, como riesgo a que se desintegre el mínimo de orden que los mantiene flotando el capitalismo brutal del Perú. Son innumerables los mensajes en redes sociales llamando a votar por Fujimori reconociendo su carácter antipolítico, pero prefiriéndola a lo que se estima como un regreso del caos. Por paradójico que parezca, para millones que trabajan en la informalidad, la precariedad es un bien que se puede perder, pues hay algo peor que la incertidumbre: la certeza de lo invivible.
Una forma de este miedo es especialmente triste. A los ojos de un sector considerable de la población, la resistencia, la praxis disidente, incluso la solidaridad, se traduce como peligro. Esta resignificación es promovida por los cultores de una neo lengua desinhibida, irracional, que se va imponiendo desde los influenciadores de las nuevas derechas.
El uso de la categoría “terrorismo” como el resumen de las prácticas disidentes, se interpreta desde el poder como habilitante del abuso desproporcionado y la impunidad. Ante el desafío, el poder aniquila, masacra, expande su castigo sin límites precisos, generando la sensación de que puede afectar a cualquiera.
Los diferentes candidatos de izquierda, sus simpatizantes, los organismos de derechos humanos, los líderes indígenas o sociales, los ciudadanos que se oponen al autoritarismo, generan miedo, no por la justicia o carácter de su praxis, sino por la violencia que se va a desatar como represalia, lo inconmensurable que será el daño colateral que genere la represión desde el poder.
No se trata de una hipótesis. En 2023, las protestas ante el gobierno de Dina Boluarte, sostenido por Fujimori y sus aliados, fue respondido con una masacre. Estas semanas luego de la elección, como preparando el terreno al inicio del gobierno de Keiko, el Congreso se apuró en presentar normas que garantizan a las fuerzas de seguridad que los crímenes que cometan no serán investigados en la justicia ordinaria, que limitan el alcance de los delitos de lesa humanidad, que crean un registro nacional de organizaciones terroristas.
El miedo moviliza sensibilidades heridas, acelera traumas mediante la manipulación, premia una subjetividad conservadora, tanto en las élites como en los sectores populares. Así empieza un nuevo fujimorato, 26 años después de la caída de su primer régimen. Aprovechando estos temores. Prometiendo nuevos. A este mapa de miedos deberá enfrentarse la ciudadanía, desde un coraje que también es persistente.
EL PAÍS
