En su flamante estadio, retornando a la Copa Libertadores después de cuatro años, la hinchada de la Universidad Católica reprochó a los gritos a su dirigencia por la falta de ambición. Habiendo superado a Boca Juniors, Cruceiro y Barcelona de Guayaquil en primera fase, fue vapuleada por Estudiantes de la Plata sufriendo lesiones y expulsiones que diezmaron al equipo, sobre todo por la ausencia de Zampedri.
La hinchada y la directiva se enfrentan por la falta de ambición con que encaró la institución la fase final de la Copa Libertadores
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
La hinchada y la directiva se enfrentan por la falta de ambición con que encaró la institución la fase final de la Copa Libertadores

En su flamante estadio, retornando a la Copa Libertadores después de cuatro años, la hinchada de la Universidad Católica reprochó a los gritos a su dirigencia por la falta de ambición. Habiendo superado a Boca Juniors, Cruceiro y Barcelona de Guayaquil en primera fase, fue vapuleada por Estudiantes de la Plata sufriendo lesiones y expulsiones que diezmaron al equipo, sobre todo por la ausencia de Zampedri.
Cada verano, cuando se sortean los cruces de Libertadores y Sudamericana, los clubes chilenos celebran el boleto como si fuera un ascenso de categoría. Pero la temporada 2026 vuelve a exhibir la otra cara de esa moneda: jugar copas internacionales, lejos de fortalecer a los planteles, termina desgastándolos en el frente que sostiene sus finanzas y su continuidad institucional, el torneo local. Audax Italiano, Palestino y Universidad de Chile cambiaron de entrenador apenas quedaron eliminados; Cobresal pelea el descenso; Huachipato navega en la medianía sin brillo. Solo Coquimbo Unido y O’Higgins -que perdieron en definiciones a penales- lograron mantenerse a flote sin sobresaltos, aunque lejos del funcionamiento que les permitió acceder al premio del boleto al continente.
La explicación no es misteriosa, aunque suele minimizarse: los planteles chilenos, salvo excepciones, no están construidos para sostener dos frentes competitivos de exigencia física y futbolística distinta. Los viajes, la logística, la necesidad de rotar figuras, y el desgaste anímico de competir contra rivales de mayor jerarquía —muchas veces con derrotas dolorosas incluidas— generan un quiebre que se traslada al campeonato local. Ahí, con el margen de error reducido al mínimo por la fortaleza de Colo Colo y otros animadores habituales, cualquier bache se paga caro, y el primer eslabón que salta suele ser el cuerpo técnico, por muy exitosa que haya sido la clasificación anterior.
Hay además un problema estructural más profundo: la clasificación internacional se sigue leyendo puertas afuera como un logro deportivo y financiero, pero puertas adentro casi nunca viene acompañada de una planificación que la sostenga. No se refuerzan los planteles pensando en el doble frente, no se ajustan los cuerpos técnicos con suficiente profundidad, y las dirigencias rara vez comunican con claridad qué prioridad tiene cada competencia. El resultado es una desconexión entre el objetivo declarado —“queremos estar en copas”— y los recursos reales destinados a sostenerlo sin que el torneo local se resienta, por más jugosas que sean las recompensas que otorga la Conmebol.
Si la eliminación de la Universidad Católica viene acompañada del divorcio entre los hinchas y la directiva, el castigo puede ser mayor. Toda la inversión en el estadio nuevo no servirá de nada si el equipo no logra acceder nuevamente a los torneos continentales. Y para eso deberán remar con el plantel escaso del que hoy disponen. Si logran el objetivo, deberán invertir para renovarlo, porque sus principales son veteranas y las apuestas jóvenes aún no dan réditos.
Definitivamente lo que cada año parece un premio, se transforma, al menos en Chile, en un doloroso castigo.
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