Abraham Santibáñez Martínez no tenía previsto morir. Ni este lunes, cuando eso sucedió, ni la próxima semana, ni acaso nunca. La semana pasada, anunciando que cumplía 88 años, escribió en un mensaje que tenía en preparación un proyecto de memorias, que debía “empezar por los días de Til Til, La Cisterna y más”. Hablaba de 1938, plena Guerra Civil española, el Gran Terror de Stalin, los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial. Otra era. Otro mundo. Pero Abraham Santibáñez los integraba todos, no sólo por su apasionada, ferviente, visión de la continuidad del todo, sino también porque todos esos momentos eran su vida, su querida vida.
La escritura de Santibáñez reflejaba algo muy profundo de sí mismo, de su bonhomía, su generosidad, su tolerancia, todo eso a lo que llamamos, por ser breves, una buena persona
Abraham Santibáñez Martínez no tenía previsto morir. Ni este lunes, cuando eso sucedió, ni la próxima semana, ni acaso nunca. La semana pasada, anunciando que cumplía 88 años, escribió en un mensaje que tenía en preparación un proyecto de memorias, que debía “empezar por los días de Til Til, La Cisterna y más”. Hablaba de 1938, plena Guerra Civil española, el Gran Terror de Stalin, los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial. Otra era. Otro mundo. Pero Abraham Santibáñez los integraba todos, no sólo por su apasionada, ferviente, visión de la continuidad del todo, sino también porque todos esos momentos eran su vida, su querida vida.
Pocas personas le habrán dejado tan poco espacio a la muerte. En el 2022 se pasó 119 días en el hospital, una cirugía tras otra, siempre al borde, sin otro sustento que unas reiteradas cadenas de oración, y salió indemne, poniendo como condición que no le tomasen fotos hasta que recuperase su barba Van Dyke. La muerte no había logrado mellar su fervor por la vida. Hay personas así: que sólo se conciben vivas. Son pocas.
Santibáñez fue un hombre de su tiempo. Un creyente devoto, un admirador de la doctrina social de la Iglesia, un seguidor del cardenal Raúl Silva Henríquez y del Episcopado que lo acompañaba. Admiraba a Adenauer, a De Gasperi, a Nehru, a Churchill y a Eduardo Frei Montalva; fue opositor a Salvador Allende y a Augusto Pinochet. Por esa trayectoria fue convocado en 1978 para ser uno de los primeros testigos de la apertura de los hornos de Lonquén, donde yacían los restos de quince cuerpos de tres familias de la zona, los primeros “desaparecidos” que aparecían pavorosamente.
Estuvo en la primera generación de periodistas universitarios de Chile y en los 60 se integró a Ercilla cuando ésta se transformaba en un producto con el modelo de Time: una revista política, bien escrita, moderada… centrista, para decirlo de una vez. Santibáñez reflexionó largamente sobre la adaptación chilena de Time. Y literalmente inventó de allí el modelo que más tarde las escuelas aceptaron como “periodismo interpretativo”. Su libro con ese título fue el único manual de la especialidad por más de tres décadas.
Cuando la dictadura ordenó tomar Ercilla, Santibáñez y todo el equipo de redacción, siguiendo al director Emilio Filippi, se fueron para fundar Hoy, que sería la primera revista de oposición al régimen de Pinochet. Santibáñez fue, por los diez años iniciales, el diligente subdirector que, con su inveterada pipa, hacía funcionar la máquina, presidía las reuniones y ordenaba las pautas, imponía la disciplina y vigilaba el rigor.
Santibáñez era capaz de escribir sobre cualquier cosa, aunque su especialidad era la política internacional, acaso porque pocos hablaban de eso en el Chile provinciano de los 60 y 70. Su escritura era elegante y exacta; no literaria ni menos poética. Anteponía la claridad y la precisión a cualquier otro valor, lo que era también otro tributo a la escuela de Time y una delicada afirmación de la humildad y el orgullo del oficio.
No hay nada estentóreo ni nada muy tajante en los textos de Santibáñez. Posiblemente creía que esas formas eran injustas e innecesarias; uno se podría arrepentir de usarlas, mientras que jamás lamentaría la prudencia y la discreción. La escritura de Santibáñez reflejaba algo muy profundo de sí mismo, de su bonhomía, su generosidad, su tolerancia, todo eso a lo que llamamos, por ser breves, una buena persona.
Amaba hacer clases. Tuvo a centenares de alumnos en cuatro o cinco universidades y siempre expresó su molestia por la falta de reconocimiento a la tarea difícil de los docentes universitarios. Tiene que haber revisado miles de trabajos, pero rara vez se quejó del nivel o la calidad. Tenía a sus favoritos; no lo ocultaba. Creía en la docencia, creía como nunca han creído los periodistas.
El periodismo fue su vocación, su orgullo, su vicio. Si el periodismo no hubiese existido, no hubiese nacido; y si el periodismo se hubiese acabado, quizás hubiese muerto mucho antes de ayer. Pero no fue así y eso permitió que por más de 60 años Chile tuviese a un periodista inmenso, un maestro de conducta y de moral, un ejemplo de profesional.
EL PAÍS
