El 5 de octubre a Brenda Valenzuela le arrebataron la mitad de su vida.
La normalidad no puede caminar, y menos bailar, sobre las huellas de desaparecidos ni sobre cadáveres
El 5 de octubre a Brenda Valenzuela le arrebataron la mitad de su vida.
Desde la madrugada de ese día, ella, de 42 años, no sabe nada de su hijo Emilio Galván Valenzuela, de 21. Su angustia es microcosmos del hoyo negro que traga la paz de las familias mexicanas. Y un urgente recordatorio que hay que repensar, una vez más, la lucha anticrimen.
Emilio Galván Valenzuela es de Durango y estaba de visita en Mazatlán con algunos parientes. La noche mazatleca es irresistible. Luego de cenar, el joven pasó al baño de un sitio llamado Terraza Valentino. Ahí se perdió su rastro.
La historia de esta desaparición se torció de inmediato. Por un lado, con natural desesperación, la familia elevó la denuncia. Por el otro, la autoridad hizo lo que sabe: arrastrar los pies. Un desaparecido más en medio de la guerra no quita el sueño a quien cobra por cuidar.
Nada es idéntico entre una tragedia y otra. Por eso hay que resistir la oda a las estadísticas. Cada persona merece dignidad, sobre todo en su hora sombría. Sobre todo si Emilio estaba en el bar del secretario de Economía de Sinaloa.
Que las autoridades de eso llamado procuración de justicia se oculten en el laberinto burocrático para no ser líderes en la búsqueda de un joven desaparecido, no extraña. Pero marca un nuevo nivel de desprecio que el dueño del bar sea un alto funcionario que se refugia por semanas en el puesto antes que convertirse en el primer interesado en encontrar a un cliente.
Ricardo Velarde Cárdenas fue antrero al mismo tiempo que secretario de Economía. Y casi tres semanas t-ardó en salir del gabinete de Rubén Rocha. No es su renuencia a dejar un equipo que de cualquier manera hace año y medio no funciona lo que es reprochable. La real indignación surge de descubrir, en medio de la tragedia de una familia, cómo ni en su calidad de dueño del establecimiento donde ocurrieron los hechos, ni en su responsabilidad de cogobernante, piensa en el otro, en Emilio, como un humano en desgracia a ayudar.
Y, por supuesto, la dimisión no ha servido de nada. Lo fundamental no ha cambiado. Brenda lleva su reclamo de ayuda al gobierno a cuanto foro puede. Es una nueva madre buscadora, el doloroso oficio que nadie quiere cerca de su familia.
Brenda denuncia dos crueldades en una entrevista con EL PAÍS el 11 de febrero. La cerrazón del obierno de Rocha para informarle diligencias sobre su hijo; y lo insoportable de que a los gobernantes les parezca que se puede promocionar el carnaval de Mazatlán.
La normalidad no puede caminar, y menos bailar, sobre las huellas de desaparecidos ni sobre cadáveres. Tal es el mensaje que Brenda. Ella habla por sí misma y desde que su vida tiene la mitad partida, habla, a querer o no, por otros desaparecidos y muertos.
Decir que Mazatlán es el nuevo epicentro de la guerra desatada en Sinaloa tras el secuestro del capo Ismael Mayo Zambada es decir una tontería. Todo Sinaloa es zona cero en ese conflicto, así las malas noticias luego parezcan concentrarse en una ciudad o región.
Mientras Brenda se negaba a que la vida siga como si nada en un lugar donde desapareció su hijo, y otros apostaban a que al correr de los días el olvido caería no solo en el expediente sino en los medios, llegó la realidad y le dio la razón a la indomable madre.
Ya en este año, otro puñado de jóvenes, estos procedentes del valle de México, desapareció en el puerto del malecón más bonito del país. Y a los pocos días, a menos de 50 kilómetros de Mazatlán, diez trabajadores de una empresa minera canadiense fueron levantados.
Los primeros no han aparecido. De los segundos se ha confirmado la identidad de la mitad en fosas que, por si fuera poco según varios reportes, vomitarán más restos humanos. Ay mi Mazatlán, qué te han hecho; o mejor dicho, qué te hemos hecho. A ti, a Sinaloa y a México.
Para empezar a contestar la pregunta anterior hay que ir a donde Rubén Rocha.
Que él estuviera convocado, así fuera como señuelo, a la celada donde los Guzmán traicionaron a los Zambada para llevarse al patriarca a Estados Unidos debe ser recordado: de ahí pa’l real todo es lógico, el gobernador no gobierna para los ciudadanos.
Los problemas de Sinaloa no comenzaron en el 2021 cuando Rocha ganó las elecciones en un proceso descrito, y documentado, bajo la sombra del narco. No, la pudrición viene de antes, pero es irracional pensar que quien así ganó iba a ser parte de una solución.
Rubén Rocha no es relevante (dicho esto sin sarcasmo). Lo urgente es ayudar a Brenda Valenzuela, a las familias de los otros desaparecidos, locales y foráneos.
Porque el problema es nacional. Y si para algo sirve la tragedia de Sinaloa es para demostrar que ni oleadas de cientos de soldados, ni visitas del secretario de seguridad Omar García Harfuch van a cambiar una realidad donde faltan fiscales, policías y gobernantes probos.
La presidenta Claudia Sheinbaum se embarcó desde octubre de 2024 en una empresa gigantesca. Decidió un cambio de estrategia de seguridad. En este tiempo ha demostrado compromiso y capacidad para reconfigurar institucionalmente tal esfuerzo.
Casi un año y medio después, la mandataria se aferra a estadísticas que señalan que el homicidio doloso ha bajado un 42%, como lo dijo el martes. Otros estudiosos —por ejemplo la ONG México Evalúa— apuntan a que la reducción andaría por la mitad.
Lo peor que podría pasar en el sexenio de Sheinbaum es el surgimiento de una torre de Babel, donde Gobierno y afines hablen de un éxito sin “peros”, mientras voces críticas desagregan índices y en los detalles encuentran demonios de otros crímenes al alza.
Algo de esa guerra de lenguajes ya aflora. Parte de ese conflicto discursivo lo inauguró este mes Clara Brugada, la jefa de gobierno de la Ciudad de México. Febrero le gustó para reclamar a la prensa, ya sea un pacto para no reportar “nota roja”, ya sea moderación.
Las palabras de Brugada desprenden algo más que el tufo de censura. La gobernante cayó en cuenta que los índices oficiales pueden decir misa, que el ciudadano de a pie tiene “los otros datos”, los de una realidad corroída por criminales empoderados e instituciones débiles.
Si así está la capital, supuesto oasis no violento que en tres décadas ha dado dos presidentes de la República además de candidatos que no alcanzaron esa posición, el resto se parece a Tequila, Jalisco, donde un alcalde detenido extorsionaba de la mano del cartel Nueva Generación. O a Tabasco, donde el exgobernador Adán Augusto López, de Morena, pasea en el Senado a pesar de que dio la policía de su Estado a un narco.
Habría que tomarle la palabra a Brugada. No para tener un pacto de silencio o prudencia. Nada más perjudicial para la causa de una Brenda Valenzuela y de las familias de los mineros, que han programado protestas en varias ciudades, dado que los ahí muertos y desaparecidos eran alumnos esforzados de una clase trabajadora que va por el sustento allá donde pueda conseguirlo, así se llame Sinaloa, Estado en guerra desde 2024.
La respuesta a Clara Brugada es exigir que convoque a un diálogo para discutir nuestras violencias, a mesas amplias y plurales, sin prisa y con método, donde se escuchen y sistematicen las causas y las propuestas transversales que no caben en los porcentajes festivos.
México tuvo un tiempo de tolerancia abierta con delincuentes que, según el PRI, aceptaban portarse bien y castigo de chivos expiatorios cuando alguien se salía de ese pretendido redil. No es cierto que tal modelo funcionaba. Es que a los muertos ni los veíamos ni los oíamos.
La historia superficial agrega que esas amarras se aflojaron en las alternancias. De nuevo, una versión bucólica en medio de experimentos fallidos para construir una policía federal cuyo jefe máximo hoy está preso por narco en Estados Unidos.
En el sexenio anterior, por si hiciera falta recordarlo, se militarizó la policía nacional y se instaló una tolerancia que fue más allá del discurso de los “abrazos no balazos”. Mientras todo eso pasaba, los criminales se armaron más, se multiplicaron y diversificaron.
Hoy jóvenes van a un bar y encuentran droga como si fuera goma de mascar. En el caso de Emilio Galván Valenzuela, en esa noche en Mazatlán tropezó con la desgracia nacional de un país que tiene gobiernos que no escuchan a las madres e ideología como escudo.
En México el absurdo es que ahora los trabajadores de una mina enfrentan más peligro a la intemperie que junto a explosivos o en túneles. Si no nos detenemos a repasar juntos lo que hay que cambiar, seremos una nación de madres con la mitad de su vida arrancada.
EL PAÍS
