Durante varias semanas, el mundo compartió una misma conversación. Millones de personas siguieron partidos, discutieron jugadas y celebraron goles casi al mismo tiempo. Esa atención colectiva hizo del Mundial una fiesta global, pero también creó las condiciones ideales para que circularan contenidos falsos y engañosos.
Preguntarnos quién creó una publicación, en qué fuentes se apoya, qué pruebas ofrece y por qué intenta despertar una emoción determinada es, una práctica indispensable para la vida democrática
Durante varias semanas, el mundo compartió una misma conversación. Millones de personas siguieron partidos, discutieron jugadas y celebraron goles casi al mismo tiempo. Esa atención colectiva hizo del Mundial una fiesta global, pero también creó las condiciones ideales para que circularan contenidos falsos y engañosos.
Porque la desinformación sabe aprovechar los momentos en los que la emoción se impone. Se mueve con facilidad allí donde hay pasión, incertidumbre, enojo e identidades en disputa. Su objetivo es simple: buscar el daño, provocar una reacción inmediata, antes de que tengamos tiempo de preguntarnos si aquello que vemos es verdadero.
Por eso, mientras las selecciones competían en la cancha, en nuestras pantallas se desarrollaba otro Mundial, sin pausas de hidratación. Videos manipulados, imágenes sin contexto, audios falsos y publicaciones engañosas que intentaron instalar relatos capaces de despertar indignación, reforzar prejuicios y profundizar divisiones.
Durante el Mundial vimos contenidos que atribuían declaraciones racistas a dirigentes y jugadores. También rumores falsos sobre supuestos cierres de fronteras por razones sanitarias y frases inventadas relacionadas con conflictos de soberanía territorial. Y hasta teorías conspirativas sobre el resultado de la final entre España y Argentina.
Podrían parecer episodios aislados o simples engaños posteados en redes sociales. Sin embargo, su alcance va mucho más allá. Estos contenidos no surgen en el vacío: toman prejuicios, temores y conflictos que ya existen, los amplifican y los convierten en material viral. De ese modo, la desinformación se combina con la polarización, fortalece la discriminación y ofrece nuevas vías para la circulación de discursos de odio.
Pero nada de esto comenzó con el torneo ni desaparecerá porque haya terminado. Los mismos mecanismos aparecen durante elecciones, conflictos internacionales, emergencias sanitarias o catástrofes naturales. Cambian los temas y los protagonistas, pero se repite la estrategia: captar nuestra atención, provocarnos y conseguir que compartamos antes de pensar.
Los acontecimientos deportivos de alcance global permiten observar este fenómeno con particular claridad. Funcionan como una ventana para entender qué emociones facilitan la circulación de contenidos falsos, qué prejuicios pueden activarse y cuántos segundos nos tomamos para evaluar algo antes de difundirlo. También permiten advertir cómo la inteligencia artificial interviene cada vez más en la producción de imágenes, voces y narrativas engañosas.
Pero la respuesta principal no depende solamente de mejores herramientas tecnológicas. Depende, sobre todo, de nuestra capacidad de detenernos y hacernos preguntas. De aprender a convivir con la duda. De reconocer cuándo un contenido intenta informarnos y cuándo busca, principalmente, provocarnos.
La verificación no puede quedar exclusivamente en manos de periodistas y organizaciones especializadas. Del mismo modo, la alfabetización mediática y el pensamiento crítico no deberían ser aprendizajes reservados para las aulas. Preguntarnos quién creó una publicación, en qué fuentes se apoya, qué pruebas ofrece y por qué intenta despertar una emoción determinada es, hoy, una práctica indispensable para la vida democrática, una necesaria competencia ciudadana para transitar en la era de la duda.
Porque este es un partido que se juega todos los días y no se define en una final: el de construir una conversación pública sostenida en evidencia. Para ganarlo, necesitamos cada vez más personas dispuestas a preguntar, verificar y hacer circular información confiable. Porque frente a la desinformación también podemos jugar en equipo.
EL PAÍS
