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Ante el colapso ambiental, los modelos alternativos en Latinoamérica no son solo otras formas de hacer economía, sino también de ser, sentir y pensar
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Una tarde de sábado, mientras visitaba una feria de semillas nativas en un pueblito del centro de México, me encontré con la posibilidad de obtener una planta bajo un esquema de trueque, es decir, una retribución no monetaria que fuera equivalente al valor de la planta. Confieso que mi cerebro, acostumbrado a realizar transacciones comerciales para obtener bienes y servicios, no podía procesar correctamente lo que estaba ocurriendo.
En una sociedad de consumo y producción desmedidos, de la primacía del tener sobre el ser, del culto al dinero, de la rapidez y la inmediatez de las experiencias, y de la profunda desconexión con la naturaleza, pocas veces pensamos de dónde vienen las cosas que utilizamos. ¿De dónde vienen los alimentos que consumimos, cuál es el costo social detrás de su producción o a dónde van los residuos que sacamos de casa (y que no desaparecen, solo los perdemos de vista)? Menos aún nos detenemos a reflexionar que la crisis civilizatoria en la que nos encontramos (guerras, hambruna, cambio climático, pérdida de biodiversidad, entre otras) está directamente relacionada con el sistema capitalista.
Este sistema nos inculca constantemente que somos sujetos de trabajo para elevar la producción y las ganancias, que nuestro valor personal depende de cuánto tenemos, de cuánto podemos pagar, que ser ganador en la vida implica comprar y demostrar que somos porque tenemos. Es precisamente este modus vivendi lo que beneficia al capitalismo, sin importar si eso rompe los equilibrios ecológicos o si desemboca en desigualdades extremas.
Sin embargo, existen cada vez más movimientos sociales de modelos alternativos al desarrollo, como aquel con el que me crucé hace poco y que me viene dando vueltas en la cabeza sobre cómo, desde nuestras capacidades individuales, podemos acompañar.
Nuestra región es protagonista de una resistencia feroz al colonialismo y a subsecuentes esquemas de discriminación y desigualdad. Hoy en día, los imaginarios de otros futuros posibles son liderados por pueblos indígenas, campesinos e incluso tribus urbanas que promueven modelos alternativos tales como el buen vivir, el ecofeminismo, la economía solidaria, el ecosocialismo, el postextractivismo y el decrecimiento. También de prácticas y organizaciones activas como La Vía Campesina, el Movimiento de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir o el EZLN.
Ante el colapso ambiental y la crisis del pensamiento, los modelos alternativos en Latinoamérica no son solo otras formas de hacer economía, sino también de ser, sentir y pensar; de relacionarnos con la Tierra y con la otredad. El buen vivir, por ejemplo, que emergió de los pueblos indígenas, activistas y juventudes para combatir el cambio climático y los distintos efectos del capitalismo —y que incluso ha sido incorporado en las constituciones de Ecuador y Bolivia—, prioriza las racionalidades indígenas, locales y comunitarias.
Lo indígena, porque son ellos quienes históricamente resguardan y viven en armonía con la Tierra. En Latinoamérica, por ejemplo, los bosques mejor protegidos están en los territorios de los pueblos indígenas. Desde sus prácticas y cosmovisiones, la naturaleza no es un mero recurso para explotar y saquear, sino un sistema vivo y sintiente. “La Tierra está viva, es madre, cada árbol es un alma, cada río es una vena que corre por el cuerpo del mundo, pero hoy ese cuerpo está sufriendo”, sostienen los koguis en Colombia, quienes han resistido a la colonización desde hace más de 500 años.
Lo local, porque priorizar a campesinos y bienes de nuestras tierras, siguiendo los saberes tradicionales por los que se respetan los ciclos de la tierra, consumiendo lo que ella nos ofrece en diferentes temporadas del año, rompe con los patrones económicos que favorecen el sobreconsumo, los monocultivos y la deforestación. La agroecología encarna esa práctica: ejemplo sostenible que conecta al productor con el consumidor y favorece la nutrición de la tierra misma. América Latina lidera este camino, con una revolución agroecológica activa en Brasil, América Central y otras zonas.
Lo comunitario, porque pensar fuera de la caja es hacerlo desde la reciprocidad, el cooperativismo y la complementariedad. Cualquier desarrollo debe estar orientado en beneficio de la colectividad, la relación sociedad-naturaleza, de la vida como un conjunto de relaciones entre la humanidad y la Madre Tierra. Esto implica situar el cuidado en el centro —noción clave del ecofeminismo— como forma de vincularnos con la naturaleza, reivindicando la responsabilidad humana de cultivar, cuidar, conservar y sostener las condiciones que hacen posible la reproducción de la vida.
Es en ese contexto que espero cruzarme con más mercados de trueque en el campo y en la ciudad, que puedo fomentar más lo local, lo comunitario, lo indígena y lo propio, y que en nuestra responsabilidad colectiva, nos llama a fortalecer las alternativas latinoamericanas que ya enfrentan el cambio climático, llevándolas a la práctica.
Ir más allá es cambiar nuestras aspiraciones, reconocernos como parte de un sistema planetario vivo que recibe las consecuencias de nuestras decisiones diarias y desmontar las lógicas economicistas impuestas por el capitalismo, un trueque a la vez.
EL PAÍS
