En los últimos días, las izquierdas se han volcado en un debate relevante, pero que no es suficiente para que estas salgan de su condición de letargo.
Lo terrible en toda esta discusión es que el debate sobre la extrema derecha chilena solo concierne a quienes más se interesan por la política, especialmente a quienes se autodefinen como de izquierda
En los últimos días, las izquierdas se han volcado en un debate relevante, pero que no es suficiente para que estas salgan de su condición de letargo.
Tras un posteo en la red X del exembajador de Chile en Estados Unidos Juan Gabriel Valdés y del exministro de Seguridad Luis Cordero, en donde cada uno a su manera emitía sus dudas sobre la pertinencia del calificativo de extrema derecha para nombrar al gobierno de Kast, las tomas de posición han arreciado. Se sumaron a las dudas el periodista Patricio Fernández en una entrevista televisiva, y el sociólogo Eugenio Tironi en una entrevista al periódico La Tercera. Criticando de modo exagerado a estos escépticos mediante un reproche de blanqueo de José Antonio Kast, Pierina Ferreti y Carolina Tohá entregan algunas buenas razones para argumentar sobre el carácter ultraderechista del nuevo gobierno: desde la adhesión de Kast sin ningún asomo de culpa al golpe de Estado de 1973 hasta la celebración del dictador, pasando por la relativización de las violaciones a los derechos humanos en dictadura, se argumenta además sobre las malas influencias de Kast (Trump, Orbán, Milei) y el carácter regresivo de la megarreforma económica por parte de su ministro de Hacienda.
Todas estas cosas son ciertas, incluyendo las dudas emitidas por parte de quienes no se han propuesto blanquear a Kast, sino entenderlo a través de una correcta tipificación. ¿De que es un político ultraconservador? Qué duda puede haber, sobre todo si se considera que presidió el influyente Political Network for Values entre 2022 y 2024, un órgano que forma parte de la internacional reaccionaria. ¿De que tiene sintonía con Trump, Orbán y Milei? Es evidente. Pero al mismo tiempo, ¿alguien puede dudar de la influencia del gremialismo y de su principal ideólogo Jaime Guzmán en el actual presidente de Chile? Claramente no, aunque es cierto que Jaime Guzmán cumplió un papel político e intelectual de derecha ultra al justificar la dictadura de Pinochet e idear su constitucionalización. ¿Todas estas cosas transforman a Kast en alguien de extrema derecha? ¿Son estas razones necesarias y suficientes?
De lo que nos hablan todas estas tomas de posición es de luchas de clasificaciones que explican más la confusión de las izquierdas que la “naturaleza real” de un adversario que no es fácil entender ni tipificar. A decir verdad, el problema viene de mucho antes, ya que el propio expresidente Sebastián Piñera fue calificado como de extrema derecha por Daniel Jadue y no pocos frenteamplistas en el contexto febril del estallido social e, incluso, como “fascista”. ¿Por qué será que nadie ha calificado hasta ahora a José Antonio Kast como “fascista”?
Porque sus prácticas políticas reales no lo permiten, y penan en clasificarlo como de extrema derecha. Esto es relevante ya que en la floreciente literatura especializada sobre “iliberalismos” (por ejemplo en el Oxford Handbook of Illiberalism dirigido en 2024 por Marlène Laruelle, así como en el Routledge Handbook of Illiberalism de 2022 liderado por András Sajó, Renáta Uitz y Stephen Holmes), se distinguen bastante más cosas del fenómeno iliberal que su nombre: desde su ideario hasta sus fundaciones ideológicas, pasando por los estilos de los gobernantes y sus prácticas políticas. Pues bien, algo parecido ocurre con el calificativo de extrema derecha (también abordado en estos libros), el que hasta ahora funciona más como estigma que como categoría que le entrega sentido a lo que está siendo nombrado. Hasta el momento, no es posible acusar al gobierno de Kast como de extrema derecha bajo el argumento de haber iniciado la ruta hacia el iliberalismo, esto es esa forma de llegar al poder a través de las elecciones y desnaturalizar el régimen democrático a través del debilitamiento de los contrapoderes. Pudiese ser que esto ocurra: es en ese momento que el gobierno podría adoptar una orientación lo suficientemente inquietante, justificando con creces el calificativo de extrema derecha y, eventualmente, de fascista. Hacerlo antes, sin mucho control lógico sobre las categorías, invocando lo que el periodismo deportivo llama “alarma de gol” sin que el gol necesariamente se materialice, o condenando a un criminal antes de que cometa un crimen (como en la película Minority Report de Steven Spielberg en 2002) puede ser entretenido, pero sobre todo pueril y poco serio.
Todas estas discusiones semánticas y de vocabulario nos hablan de un adversario que no entendemos bien, que muta y que, tras tres candidaturas presidenciales logró confundir a sus adversarios, enredándolos en clasificaciones y luchas tácticas (para qué hablar de estrategias, actualmente inimaginables). Este problema no es solo chileno: se le ve con mucha claridad en Francia a propósito de la de-diabolización de Marine Le Pen y de su partido, un proceso de largo aliento que le ha permitido reducir el miedo del electorado, transformándose en favorita para ganar la elección presidencial del próximo año. Lo terrible en toda esta discusión es que el debate sobre la extrema derecha chilena solo concierne a quienes más se interesan por la política, especialmente a quienes se autodefinen como de izquierda: es en estos que la extrema derecha, la derecha ultra, radical, el fascismo y tantos otros calificativos disponibles producen una emoción, concretamente el miedo, en la más completa indiferencia por los chilenos comunes y corrientes que no se formulan este tipo de preguntas, que votaron por Kast (y por Kaiser) ya que sus miedos no son abstractos, tampoco semánticos. Los miedos populares son ferozmente prácticos.
EL PAÍS
