La canción tiene 32 años, pero ahora, de repente, está por todos lados. Aquí no es así, de Caifanes, se ha convertido en el tema de la semana en México —uno de ellos, al menos—, elevado gracias al video que subió hace unos días la selección de fútbol a su cuenta de TikTok, la melodía de fondo. Con el partido de octavos del Mundial ante Inglaterra entre ceja y ceja, el vídeo y la canción han iniciado un intercambio epistolar con el país anglosajón y su selección, juguetón y peleonero: “Y vienes desde allá, donde no sale el sol, donde no hay calor”, cantan a los ingleses. Un pitorreo hermoso. El líder de Oasis, Liam Gallagher, se ha erigido en el portavoz del lado contrario y ha asegurado en X que canta canciones de Juan Gabriel todas las mañanas, en la ducha.
Una ola de ilusión desenfrenada arrasa con el pasado cercano en el país, donde ya todo es fútbol, esperanza y música. EL PAÍS traza cuatro perfiles para mostrar las aristas del entusiasmo
La canción tiene 32 años, pero ahora, de repente, está por todos lados. Aquí no es así, de Caifanes, se ha convertido en el tema de la semana en México —uno de ellos, al menos—, elevado gracias al video que subió hace unos días la selección de fútbol a su cuenta de TikTok, la melodía de fondo. Con el partido de octavos del Mundial ante Inglaterra entre ceja y ceja, el vídeo y la canción han iniciado un intercambio epistolar con el país anglosajón y su selección, juguetón y peleonero: “Y vienes desde allá, donde no sale el sol, donde no hay calor”, cantan a los ingleses. Un pitorreo hermoso. El líder de Oasis, Liam Gallagher, se ha erigido en el portavoz del lado contrario y ha asegurado en X que canta canciones de Juan Gabriel todas las mañanas, en la ducha.
La música canaliza la fascinante ola de ilusión que atraviesa México estos días, un tsunami desenfrenado que arrasa con el pasado cercano en el país. De repente no existen los problemas, ni el TMEC, ni la inseguridad, ni las muertes que dejó el festejo del último partido en la capital, todos pendientes del futuro inmediato, el partido del domingo en el viejo Estadio Azteca. Las comparaciones de Saúl Hernández con Robert Smith, de Marco Antonio Solís con Paul McCartney, o del mismo Gallagher con el Divo de Juárez inundan las redes sociales y reflejan un entusiasmo real y armónico, unas ganas de medirse, de saltar, de volar por los aires, de que llegue el juego contra Inglaterra y, a la vez, de que no llegue.
Ciudad de México parece un adolescente enamorado. Todo es excitación. El sexto partido —la posibilidad de ganar, de llegar a cuartos— figura en el horizonte como el sexto sol nahua, el advenimiento de una nueva era que emociona y aterroriza. Perder da miedo, pero, ¿ganar? Un escenario desconocido. La música ayuda a atemperar. Por eso el otro día, cuando México ganó contra Ecuador, miles de personas entonaron en el Azteca, con los jugadores, Mi mayor anhelo, canción romanticona, cantinera, con dos décadas de antigüedad, uno de los primeros éxitos de Banda MS. Desde luego, todo el mundo se la sabía: “Ser de ti, para amarte, ¡hasta la eternidad!, quererte… Y hacerte mucho, muy feliz, es mi mayor anhelo. Por siempre”. Ponía la piel de gallina.
Daniel Acosta, plaza Garibaldi

“¡Ah, sí, es Mi mayor anhelo!”, dice el ingeniero mecánico Daniel Acosta, una tarde esta semana en la plaza Garibaldi, en el centro de la capital. Solo ha tenido que escuchar el vídeo del cántico en el Azteca unos segundos. La ha reconocido de inmediato. “Me sé alrededor de 400 canciones cantadas, y unas 600 o 700 tocadas”, dice. No es un truco, Acosta trabaja instalando aires acondicionados entre semana, pero de jueves a domingo toca la vihuela en el salón Tenampa, local clásico de la plaza. Con su guitarra de cinco cuerdas y su traje de charro, el hombre, de 33 años, se toma un descanso y pide un café en un carrito que hay en la puerta.
El fútbol no afecta al mariachi. Estos días de Mundial, la gente que llega al Tenampa pide las mismas canciones de siempre, Hermoso cariño, Aquí entre nos, Si nos dejan, explica Acosta, que toca la guitarra desde los 11 años. Tan poca variación en las necesidades musicales de los clientes puede explicarse a la vista de la excitación general. El pico emocional de la música ranchera, del mariachi, el despecho, el desengaño, las promesas de amor eterno, pueden sonar un poco absurdas en un martes de febrero. Desentonan. Pero ahora mismo casan perfectamente con el sentir general, como si de repente hubieran encontrado su mundo ideal. Todo fluye.
“Estoy viendo todos los partidos, forzosamente”, dice Acosta. En el Tenampa, solo el fútbol compite con la música. “Cuando juega México, tenemos prohibido cantar”, dice, divertido. “He visto los partidos muy concentrado por lo mismo”, explica, “me ha gustado mucho Quiñones”, añade, refiriéndose al eléctrico extremo izquierdo de la selección, goleador el otro día contra Ecuador. “Puede ser que sí ganemos el domingo, el otro día jugamos muy bien, pero… No me quiero dejar llevar por mis emociones”, dice el mariachi, obligado a mostrarse ante su público como un “macho bravío”, característico del clan que representa.
“No”, dice, “nunca lloro cuando canto. Imagínate si toco esa de ‘por tu maldito amor’ y me pongo a llorar’, no no”, dice. Otra cosa será si México gana el domingo.
Brenda Cayetano, Fan Fest del Zócalo

Sonriente, dichosa, Brenda Cayetano se hace una selfie frente a la enorme pantalla del Fan Fest del Zócalo. Es jueves por la tarde, juegan Portugal y Croacia. Hay gente de pie, sentada, tumbada, mirando el partido. Otros se hacen fotos con una estatua de un ajolote gigante, junto a la entrada. La mujer, de 34 años, ha pedido el día libre en el trabajo y ha venido desde Azcapotzalco, en el norte de la capital, para visitar a su primo, que trabaja aquí de voluntario. “¡Se siente una emoción increíble!”, exclama, enfundada en una playera de la selección. “Al principio del Mundial, con las marchas y los bloqueos, no se sentía tan así, no se sentía la euforia, pero empezaron los partidos y se empezó a sentir una energía brutal”, añade.
Es la primera vez que Cayetano viene al Fan Fest, uno de los escenarios de la ilusión, donde miles de aficionados se han juntado estas semanas a ver fútbol o dar una vuelta. Hasta ahora, la mujer ha visto los partidos en bares, con amigos; se ha dejado contagiar poco a poco de la algarabía mundialista, que ahora ya la tiene atrapada por completo. “Yo no tenía idea de nada, ni veo fútbol. Sabía quién era Ochoa”, en referencia al portero de la selección, que participa en su sexto mundial, “y luego Messi, Cristiano, pero fuera de eso, nada”, añade. “Pero ahora, ¡me sé todos! Gil Mora, Quiñones, Jiménez –o Giménez, no lo aclara– o igual no sé sus nombres, pero los veo y sé quiénes son”, dice.
Es la magia de la ola mundialista, que transmite conocimientos por ósmosis, datos que incluso uno no sabía que necesitaba, cadenas de información exhaustiva sobre la cosa más absurda: las señas del hotel del equipo contrario. Se dan situaciones extrañas en Ciudad de México estos días, en el centro y su expansión moderna, el Paseo de la Reforma, convertido en el enorme salón de la nación, con pantallas en cada esquina, urinarios y la aparición de negocios singulares. Hay cafeterías que, durante los festejos, han cobrado 30 pesos por entrar al baño, hay techos de paradas de autobús que un puñado de irresponsables han convertido en adoratorios al dios fútbol. Entre la pasión y el desenfreno hay un trago de tequila. Como escribió Octavio Paz: “Dime cómo mueres y te diré quién eres”.
“Ser mexicano es fiesta para todo”, dice Brenda Cayetano. “Cumpleaños, bautizos, quince años, ¡todo es peda, hasta los funerales! Como un homenaje a la vida. Y ahora, todo esto de los lugares públicos, el gol colectivo, el salto, la emoción… Nunca había disfrutado así”.
Diego Acosta, Ángel de la Independencia

Ahí va el Diego, dándole besos al balón, anidando el esférico delicadamente, sin prisa, toque a toque, como un ángel caído del cielo, en la tarde gris del Paseo de la Reforma. Está viviendo su sueño, Diego, o el preámbulo de un sueño, por lo menos. En octubre, cuando vio que el Mundial se acercaba, este hombre de 42 años dejó su trabajo en una fábrica de palés en Coacalco, tomó su playera del clóset –Diego, 10–, agarró el metro y buscó un semáforo donde dar toques a la pelota. Así llegó a Reforma, debajo del Ángel de la Independencia. “Mi vida es el fútbol, mi sueño es ser entrenador. De hecho, aquí ahorro para los cursos”, cuenta. La imagen de la ternura.
Diego Iván Carmona jugó en las fuerzas básicas del Necaxa cuando era chico. Empezó a los seis años y de ahí fue creciendo. Le iba bien, parece. Jugaba de enganche. “De hecho, a mí me decían que jugaba como Maradona”, cuenta. Pero luego, la vida le puso una cerveza en la mano, y luego otra, y luego otra… “Agarré la fiesta, el desmadre y ya valió”, dice, con el semáforo en rojo. No es que lo diga y recuerde la oportunidad perdida y le alcance la tristeza. No. Si las cosas salieron así, asegura, fue por algo. “Además, ¿qué más puedo pedir? Hago lo que me gusta y gano más que antes”, añade, convencido.
Si los cálculos de Carmona son correctos, las ocho horas diarias que echaba en la fábrica de palés (que a veces eran 10), por seis días a la semana, más un domingo al mes, le dejaban menos que las seis o siete horas que pasa diario haciendo toques en el semáforo. Aquí, dice, puede sacar entre 800 y 900 pesos al día, unos 45 dólares. “Tengo varios semáforos, pero ya voy a quedarme aquí, después del mundial también. Tiene magia este lugar”, cuenta. Del partido del domingo, se siente optimista. “Todo puede suceder. Es el partido más difícil, Inglaterra no es un flan, y por ahí si ganamos, no mames, ya todo puede ser”, dice, emocionado.
Hay como una pelusilla en el ambiente, una pulsión eléctrica, suave, hecha de nubes caídas. “Mi jefe”, dice, su papa, “los ve jugar y como juegan bien, dice que los planetas se están alineando, jaja”, ríe.
Margarita Patricia, Centro Histórico

En una tiendita del centro, Margarita Patricio, de 78 años, cuenta muy divertida que el otro día no vendieron mucho, pero que no pasa nada, porque la gente estaba muy contenta. “Cayó un aguacerísimo, ¡y tooodos vinieron a taparse debajo del toldo!”, dice. Fue el día del partido contra Corea, o contra Sudáfrica, no se acuerda. “No les importaba nada, solo que México ganara”, añade. Patricio, que habitualmente pasa tranquila las tardes en su tienda, no suele ver demasiadas aglomeraciones, pero como el centro se ha llenado de pantallas, por el Mundial, ahora todo son hordas de locos con playeras de fútbol de acá para allá. “¡Disfrutamos el gentío!”, ríe la mujer, mientras sostiene, con la mano, su celular rosa.
Patricio es una veterana del centro. Originaria de Chilapa, en Guerrero, llegó a la capital entre finales de la década de 1970 y los años siguientes. “Mi esposo se fue del pueblo y ya no volvió”, dice, “así que yo me vine a buscar trabajo”. Durante muchos años, la mujer laboró limpiando casas en el lujoso barrio de Polanco. Con el paso del tiempo, encontró el amor de nuevo. Se volvió a casar… “En el 86, mi esposo”, dice, el nuevo, “empezó con estas tiendas, esta y dos más. Fue un éxito precioso el que tuvo, vendía muchísimo”, añade, artesanías, suéteres chiapanecos, pulseras, esas cosas.
Ahora el esposo nuevo ya no está y ella pasa las tardes sentada en una silla, esperando a que lleguen clientes. No ha mirado demasiado de los partidos, porque ha llegado tanta gente que no la dejan ver. Se entera de los resultados por los gritos. La agitación de estos días, cuenta, no se compara con nada, ni con el Mundial de 1986, que ya vieron desde la tienda, ni con los homenajes a cantantes famosos muertos, que paralizan el centro, de Bellas Artes a Garibaldi, como pasó con Juan Gabriel o, más recientemente, Paquita la del Barrio.
A Reforma no va a ir. Las aglomeraciones de estos días, con avalanchas, que dejaron cuatro muertos el martes, le dan miedo. “Fíjese que me tocó accidentalmente, porque el otro día tuve que ir por mi visa y había un gentío… Los jóvenes se echaban cerveza en la cabeza uno con otro, la espuma. Y gritaban, ¡México, México!”.
EL PAÍS
