“¿Qué es esto?”, solía preguntarse en un chiste de mi adolescencia mientras que quien hacía la pregunta inflaba los cachetes, abría los ojos cuidándose de parpadear y extendía los dedos de las manos como quien toca un vidrio invisible. “No sé. ¿Qué es?”, respondía uno, preparándose con resignación para el remate del chiste. “¡Un gomelo en una burbuja!”, cerraba el interlocutor entre risas, aludiendo a las costosas camionetas modelo “burbuja” en las que, se presumía, solo podían desplazarse los gomelos con padres que tenían los recursos para comprarlas.
“¿Qué es esto?”, solía preguntarse en un chiste de mi adolescencia mientras que quien hacía la pregunta inflaba los cachetes, abría los ojos cuidándose de parpadear y extendía los dedos de las manos como quien toca un vidrio invisible. “No sé. ¿Qué es?”, respondía uno, preparándose con resignación para el remate del chiste. “¡Un gomelo en una burbuja!”, cerraba el interlocutor entre risas, aludiendo a las costosas camionetas modelo “burbuja” en las que, se presumía, solo podían desplazarse los gomelos con padres que tenían los recursos para comprarlas. Seguir leyendo
“¿Qué es esto?”, solía preguntarse en un chiste de mi adolescencia mientras que quien hacía la pregunta inflaba los cachetes, abría los ojos cuidándose de parpadear y extendía los dedos de las manos como quien toca un vidrio invisible. “No sé. ¿Qué es?”, respondía uno, preparándose con resignación para el remate del chiste. “¡Un gomelo en una burbuja!”, cerraba el interlocutor entre risas, aludiendo a las costosas camionetas modelo “burbuja” en las que, se presumía, solo podían desplazarse los gomelos con padres que tenían los recursos para comprarlas.
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