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  Política  Las mil vidas de la activista Samantha Jirón: “En Nicaragua tratan mejor a una asesina que a quien piensa libremente”
Política

Las mil vidas de la activista Samantha Jirón: “En Nicaragua tratan mejor a una asesina que a quien piensa libremente”

14 de febrero de 2026
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Samantha Jirón recuerda el 9 de noviembre de 2021 como el día en que su vida se detuvo. Con apenas 20 años, un grupo de agentes de inteligencia vestidos de civil la secuestró al salir de un hotel de Managua por denunciar un fraude en las elecciones presidenciales de Nicaragua de ese año. “La tenemos, la tenemos”, celebraron los policías, mientras grababan la captura en directo para sus superiores. Jirón se convirtió entonces en la prisionera política más joven de su país. La activista revive el trauma en una cafetería del centro de Madrid, donde reside desde 2024 y donde lucha para defender su derecho a ser una “chica normal”, que estudia periodismo en la Complutense, sale con sus amigos y trata de abrirse camino en una tierra que no es la suya, a más de 8.500 kilómetros de su natal Masaya.

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 La activista nicaragüense, desterrada por la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo, escribe un nuevo capítulo en Madrid, donde estudia para convertirse en periodista  

Samantha Jirón recuerda el 9 de noviembre de 2021 como el día en que su vida se detuvo. Con apenas 20 años, un grupo de agentes de inteligencia vestidos de civil la secuestró al salir de un hotel de Managua por denunciar un fraude en las elecciones presidenciales de Nicaragua de ese año. “La tenemos, la tenemos”, celebraron los policías, mientras grababan la captura en directo para sus superiores. Jirón se convirtió entonces en la prisionera política más joven de su país. La activista revive el trauma en una cafetería del centro de Madrid, donde reside desde 2024 y donde lucha para defender su derecho a ser una “chica normal”, que estudia periodismo en la Complutense, sale con sus amigos y trata de abrirse camino en una tierra que no es la suya, a más de 8.500 kilómetros de su natal Masaya.

“Cuando estás en un contexto como el de Nicaragua, toda tu vida gira en torno a eso… la situación del país, las malas noticias, los encarcelamientos…”, cuenta Jirón, mientras apura los sorbos a su taza de café para no llegar tarde a un coloquio por la presentación del documental Operación Guardabarranco, este lunes en Casa de América. “En España he tenido que aprender a respirar, a separar la parte profesional y política de mi vida personal, que en su momento creo que no tuve”, confiesa. Su día a día es un acto de equilibrismo permanente: entre el activismo y la universidad, entre los fantasmas del pasado y la sed de cambio a futuro, entre dos tierras: su patria adoptiva y la que el régimen le obligó a abandonar. “Es como tener una vida antes y otra después”, resume en tono reflexivo.

Jirón sobrevivió ocho meses en aislamiento total —de los 15 que permaneció encerrada junto a otras disidentes y presas comunes— en la cárcel de La Esperanza, el principal centro de detención de mujeres en el país centroamericano. El régimen de Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, la acusó de traición a la patria y difundir noticias falsas, y la condenó sin pruebas a 12 años de prisión. “En Nicaragua tratan mejor a una asesina que a quien piensa libremente, a quien tiene un criterio propio y habla con libertad”, afirma para ilustrar el trato que recibió entre rejas en comparación con otras reclusas.

“La cárcel es otro mundo”, asegura. Girón dice que en ella aprendió a escuchar y reconocer quién estaba del otro lado de la puerta con tan solo escuchar el ruido que hacían sus zapatos. Las secuelas siguen ahí. Admite que le cuesta trabajo concentrarse, recordar algunos nombres o adentrarse en ciertas lagunas que su cuerpo y su mente han creado para protegerse de lo que sucedió ahí dentro. Aprendió también a sobrevivir y sobreponerse a una sensación de estrés, vigilancia y peligro permanentes.

“En estos contextos, las mujeres pagamos un precio mucho más alto que los hombres”, sentencia. Jirón explica que, además de enfrentarse a la persecución del Estado y la represión, sus compañeras también se exponen a violaciones y abusos sexuales como métodos de tortura o a embarazos y abortos espontáneos producto de las golpizas. Todo esto mientras recaen sobre ellas las expectativas de cuidado y las obligaciones que los roles tradicionales de género les imponen. Son madres, hijas y hermanas. “Y Nicaragua es un país extremadamente machista”, señala.

El destierro

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Una noche antes de cumplir 15 meses en la cárcel, la situación dio un giro drástico. Eran las 21.00 o las 22.00, ya se había impuesto el toque de queda y las luces se habían apagado, cuando una de las custodias le pidió que se levantara. Estaba a punto de ser trasladada. “Me empezó a latir el corazón muy fuerte y no nos decían absolutamente nada”, recuerda.

Todas las presas políticas de la cárcel fueron llevadas a la misma sala; les pidieron que se quitaran los uniformes azules de la prisión y que se pusieran la ropa que les entregaron. Poco después, las esposaron, las fotografiaron y las subieron a un autobús con las ventanas cubiertas con trozos de cartón y sábanas para que no pudieran ver adónde las llevaban. En ese momento ninguna de ellas lo sabía, pero el régimen de Ortega había dado la orden de expulsar del país a 222 presos políticos.

“Vi cualquier cantidad de policías y de patrullas, una caravana interminable de buses, un dispositivo de seguridad enorme y en ese momento, me di cuenta de que no iba a ser una liberación normal”, rememora Jirón. Al cabo de unos 40 o 50 minutos, los prisioneros se percataron de que estaban en un aeropuerto y escucharon a los guardias cargar, uno tras otro, sus AK-47. “Teníamos miedo, pensábamos que nos iban a fusilar”, reconoce. “En Nicaragua todo es posible, incluso las ideas que parecen más descabelladas”.

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La activista nicaragüense Samantha Jirón, el lunes en Madrid.Álvaro García

Todos los presos fueron llamados por su nombre. Jirón fue la segunda en la lista. “Al bajar del autobús, me pusieron un papel por delante que decía: ‘Yo, Cinthia Samantha Padilla Jirón, acepto voluntariamente viajar a…’, y un espacio en blanco”, relata. Solo había dos opciones, firmar o regresar a la cárcel. Esa noche, 189 hombres y 33 mujeres fueron desterrados de su país y expulsados a Estados Unidos.

“Esos presos que están ahí son los hijos de perra de los imperialistas yanquis. Se los deberían llevar a Estados Unidos. ¡No son nicaragüenses, no tienen patria!”, había clamado Ortega el 8 de noviembre de 2021, un día después de las elecciones que le permitieron perpetuarse en el poder por seis años más tras encarcelar a cinco candidatos opositores y un día antes de que Jirón fuera detenida en Managua. Dos años después, consumó la venganza. Además del destierro, todos los presos políticos expulsados fueron despojados de su nacionalidad y de todos sus bienes en el país.

En ese vuelo chárter rumbo a Washington viajaban campesinos que nunca habían dejado Nicaragua; sacerdotes católicos que enfurecieron al régimen; jubilados que habían combatido a la dictadura de Anastasio Somoza y que después fueron traicionados por otros sandinistas, sus viejos compañeros de armas, y jóvenes líderes estudiantiles que fueron severamente castigados por opinar y pensar por sí mismos. Todos ellos sin dinero y sin ninguna garantía de poder quedarse en territorio estadounidense de forma permanente. “Es como si te arrancaran, sin previo aviso y de repente, de donde has nacido, de todo lo que conocés, de todo lo que amás, de tu familia y de tu vida”, zanja Jirón.

No fue la primera vez que la joven había sido orillada a abandonar Nicaragua por sus convicciones políticas. En 2018, con solo 18 años, la activista se exilió en Costa Rica por haber atendido a los heridos en las protestas que hubo ese año. Volvió a Nicaragua después de dos años, tras perder su trabajo por la pandemia de covid-19 y verse forzada a abandonar sus estudios universitarios en Ciencia Política.

Estados Unidos fue una nueva prueba de fuego. Amigos de la familia la acogieron primero en Nueva Jersey y después se mudó con su novio de entonces a San Francisco, donde trabajó en una empresa del aeropuerto que preparaba la comida que se servía en los aviones y más tarde, en otro negocio que vendía alimentos en el estadio de béisbol de la ciudad. “Fue extremadamente difícil”, recuerda. “Nunca he creído en el sueño americano”, se sincera. “Muchos jóvenes que lideraron las protestas en Nicaragua, gente valiosa, trabajan entre 12 y 13 horas al día en EE UU con miedo a que los capturen y los deporten”.

Un nuevo comienzo

Desde su llegada a territorio estadounidense, las autoridades de España ofrecieron a los nicaragüenses desterrados la posibilidad de recibir la nacionalidad española para que no quedaran atrapados en el limbo de la apatridia. Jirón fue una de las decenas de personas que se beneficiaron con la medida. Un año y ocho meses después, tras solicitar becas y apoyos para hacerlo posible, se mudó a Madrid. “Estudio, trabajo, sigo implicada en temas de derechos humanos y me gusta muchísimo vivir aquí”, dice agradecida.

Hay, sin embargo, un duelo que no se va. Jirón no oculta su lucha cotidiana contra el desarraigo. No esconde que atesora algunas memorias, no tan lejanas, de paisajes con montañas altas y árboles frondosos o de viejos amigos y conocidos que han decidido cortar el contacto con ella por miedo a las represalias. No olvida que no es de aquí y todos los detalles que se lo recuerdan a diario. No quita importancia a esa sensación de pérdida que habita en ella y que comparte con la inmensa mayoría de los cerca de un millón de nicaragüenses que han salido del país, según la ONU. “Honestamente, no es algo que se supere, es algo con lo que se aprende a vivir”.

Jirón cuenta que para aliviar el alma sirven algunas canciones, platos de comida que saben a casa y un círculo cercano que comparte su cultura. También alzar la voz en actos como la presentación de Operación Guardabarranco, que recoge la historia de los 222 presos políticos a los que de un día para otro les cambió la vida, o la esperanza de contar en un futuro lo que sucede en su país como periodista. “No sé cuándo volveré, trato de no pensar en el mañana”, dice sobre su regreso. “Me imagino llegando a una Nicaragua que habría que construir y levantar, pero con mucha esperanza de cambiar la historia y el rumbo del país de una vez por todas”.

 EL PAÍS

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