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La presidenta está dispuesta a pagar el coste político de incumplir una de sus promesas a cambio de una de las grandes aspiraciones de la izquierda mexicana: la soberanía energética
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos
La presidenta está dispuesta a pagar el coste político de incumplir una de sus promesas a cambio de una de las grandes aspiraciones de la izquierda mexicana: la soberanía energética


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Aprovechar los pozos de Pemex, sobre todo de gas natural, para no depender tanto de las importaciones de Estados Unidos y soñar con una de las grandes aspiraciones casi míticas de la izquierda mexicana: la soberanía energética. O mantenerse fiel a su propia promesa de campaña, y de paso de todo el sector más duro de Morena, de que nunca recurrirán al fracking, o fractura hidráulica, por ser una técnica muy agresiva para el medio ambiente. Ese era el dilema de la presidenta Claudia Sheinbaum, que se ha decidido por la primera opción y está dispuesta a pagar el coste político.
Para entender más a fondo las razones de la mandataria, un equipo de mis compañeros de las secciones de política y economía hablaron con especialistas y políticos del círculo cercano a Sheinbaum. Los equilibrios con complejos para una presidenta que también es una científica experta en el cambio climático y que, a su vez, tiene el reto de avanzar en la meta de la autosuficiencia energética con una herramienta bastante oxidada: Pemex es la petrolera pública más endeudada del mundo y con la producción en mínimos históricos.
La presidenta ya tiene sobre la mesa, según las fuentes de mis compañeros, un plan que incluye la entrada de empresas privadas. Sola para reactivar los pozos ya identificados por Pemex, sobre todo en Coahuila, Tamaulipas y Veracruz, se necesita una inversión de más de 1.000 millones de dólares. Las proyecciones de los especialistas señalan que, una vez puesta en marcha la explotación por vía del fracking, conseguir sacar el gas natural y el aceite todavía puede tardar tres o cuatro años. “Lo que se hizo en la Administración pasada estuvo más guiado por dar números rápidos, pero la lógica de la industria petrolera pide una explotación racional que va asociada a una exploración de largo aliento”, apunta uno de los expertos.
El costo político es el principal obstáculo para abrazar sin titubeos de la polémica técnica, acusada de contaminar mantos acuíferos y gastar inmensas cantidades de agua. Hasta ahora, el Gobierno ha sido ambiguo y ha evitado utilizar el término. “Ya no sabemos qué otro término utilizar para evitar esa palabra maldita de fracking“, dice otra de las fuentes. Para superar el tabú, algunos políticos de Morena ya han comenzado a hablar abiertamente a favor, tras las ambigüedades del sexenio anterior, que no cerraron del todo la puerta. El subsecretario de Hidrocarburos de Tamaulipas dijo hace poco: “Aquí hablamos las cosas como son, ‘yacimientos no convencionales’, ‘yacimientos de baja permeabilidad’ o ‘fracturamiento hidráulico’.
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